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José Manuel Luna, alias Pampiluna

"Mi viaje es inquebrantable. Me prepararé para unos años más y coleccionaré instrumentos. Me quedaré en Italia entre un año y un año y medio para familiarizarme con los volcanes. Luego, vía París, iré a Inglaterra, donde fácilmente podría quedarme un año más [...], y luego, en barcos ingleses, a las Indias Occidentales"

Eso piensa Alexander von Humbolt cuando llega a Madrid para embarcarse a América con su amigo Aimé Bondpland, pero justo en el momento en que estaban preparando el equipaje para embarcar en la corbeta Pizarro, un simpático gallego se le presentó diciendo que los quería acompañar. Amé y Alexander lo miraron un poco despectivamente y como quienes quieren poner a prueba a su posible compañero, lo primero que le preguntan es si quiere cobrar, a lo que él contesta que no. Entonces José Manuel Luna comienza su extraña historia.

Soy hijo de corsarios ingleses judíos, de ahí mi apellido, y siempre me han gustado las aventuras. Por los marineros me he enterado de que habéis llegado a España a pie desde Marsella, entrando por Barcelona. Y que ahora queréis ir a América y yo siempre he querido atravesar el Atlántico, ir más allá de Las Islas Afortunadas. Además, por los instrumentos que sé que lleváis y por vuestras vestimentas no me equivoco si digo que sois hombres de ciencia y yo también lo soy, pero sin estudios oficiales. Me gusta observar y desollar animales para estudiarlos y dibujar lo que veo. También las plantas. Y como soy recio y fuerte os puedo ser de mucha ayuda. No quiero dinero, sólo quiero estar ahí con vosotros.‒ dijo aquel individuo bajito y musculoso, de cabello muy negro y abundante que resaltaba sobre su tez blanca y sus ojos oscuros e inquietos. Su hablar era característico porque arrastraba mucho las eses y escupía debido a la falta de los dientes frontales. Esta carencia le hundía un poco el labio superior, sólo un poco porque aún era joven, o eso parecía detrás de esa pátina de mugre que le cubría. Alexander y Aimé estaban dispuestos a perdonar esta falta de higiene a cambio de su simpatía y buena disposición, que ya había mostrado.

El alemán y el francés lo vieron con incredulidad, pero ambos pensaron que era buena idea llevar a alguien cuya lengua materna fuera el castellano y que además estuviera dispuesto a la aventura. La travesía comenzó serenamente y llegaron a las Canarias, que deben su nombre a la gran cantidad de perros que encontraron los romanos al llegar a las islas, y eso lo sabía José Manuel porque algún monje se lo había contado, es que, entre otras cosas, había servido en un convento como mozo de cuadras.

Subieron al Teide, y José Manuel mostró interés por cuanto escuchaba e iba tomando sus propias notas, si bien su caligrafía era desordenada y burda, pero sus dibujos... también eran horribles e ininteligibles. Después del descenso les muestra sus notas a los dos científicos y estos muy educados comentan en sus lenguas maternas, cada uno en la suya: ils sont très bizarre! (Son muy extraños) Ja,Ich glaube, wir werden mit diesem Mann viel Spaß haben. (Si, yo creo que con este hombre no nos faltará diversión)

Mientras José Manuel duerme, los dos naturalistas deciden hurgar en sus cosas para buscar las libretas y no pueden creer lo que ven: apuntes sobre toros, perros, gatos y todo tipo de alimañas comunes. Los dibujos son raros como bien había observado Bondpland, tenían algo de garabato, de simplificación de la forma, de excesivas lineas rectas, como si fueran de un niño pequeño. En la parte dedicada a la flora, que él bautiza como Flores hay dibujos de cebollas, ajo, coles, lechugas. Ambos se ven las caras y sienten verdadera pena por ese individuo curioso pero inculto, que sólo ha visto el mundo que le cabe en la palma de la mano. Ahora entienden por qué ha querido venir con ellos.

Llegan a las costas venezolanas, y en Cumaná comienzan su aventura que les llevará a la península de Araya, Cumanacoa, Caripe, la Cueva del Guácharo, en la que José Manuel casi se desmaya debido a los gritos y los aleteos de los bichos. Ahí descubren una de las fobias de su compañero de viaje. Sin embargo, esto no mermó su voluntad de seguir, y como era hombre de mar, agradeció cuando cogieron la embarcación hacia la Guaira.

En Higuerote, Bondpland decide continuar el viaje por tierra, pero Alexander que estaba cansado, considera que es mejor subir a Caracas donde le espera el gobernador. A José Manuel tanta pompa le aturde, y huele de miedo, porque entre el calor y los mosquitos, si ya venía hecho un asco, ahora es sencillamente menos elegante que un leproso. De hecho le dieron habitación en las cuadras, con los mozos y las bestias. A él poco le importa, está ilusionado porque cree que descubrirá algún bicho, pero sobre todo quiere darle su nombre a algo, para la posteridad, para el renombre de su familia, los Luna.

Alexander y Aimé se encuentran en la elegante mansión con todos los refinamientos criollos, entre ellos una bañera por la que desciende un canal cogido de algún riachuelo del Ávila, ambos se miran y parece que están de acuerdo: hay que bañar a José Manuel, si quieren seguir compartiendo con esa especie de mascota humana que se les ha pegado como un lazarillo.

Lo van a buscar a las cuadras, le dicen que le quieren enseñar algo, ya sabían que habría que emplear la fuerza, porque además de la oscuridad, los ruidos fuertes y los insectos, José Manuel le tenía miedo al agua, ya lo había demostrado el día que tuvieron que cargarlo entre los dos para cruzar un río.

Engañado, José Manuel les sigue, porque le dicen que le quieren mostrar un artilugio. Allí estaban dispuestos los sirvientes del gobernador con sogas y trapos. Cuando vió la tina de agua, su cara se cubrió de espanto y quiso echar a correr pero, una afortunada zancadilla de Aimé cortó el intento. Los gritos fueron intensos, atado le enjabonaron, con esponjas le quitaron años de suciedad. Tiraron sus andrajosas ropas y ya seco lo vistieron. Estaba exhausto del miedo y resignado. Con tijeras adecentaron el abundante cabello negro y dieron forma a su barba y bigote. Era otro.

Alexander, siempre refinado e ingenioso le mostró su figura en el espejo: nuevas ropas, zapatos, afeitado y le dijo: Ahora si pareces lo quieres ser, un naturalista, un científico como nosotros. Y es que, habían descubierto que era un muy buen observador con una gran capacidad para esquematizarlo todo en sus extraños dibujos que eran como apuntes, pero no.

‒ Esta noche ‒ dijo Alexander‒ vendrás con nosotros a la cena, trata de mantenerte limpio. Queremos que observes a las personas, que nos digas cómo piensan, lo que hacen, porque nosotros seguramente estaremos ocupados, bebiendo y contando nuestras hazañas. De esta manera le quitaron la rabia que llevaba encima por haberle bañado.

José Manuel hizo lo requerido, pero bebió un poco de más, él que no estaba acostumbrado. Con Don Andrés Bello, parloteó buena parte de la noche, mientras éste sonreía encantado por la prosa de sus aventuras, a él le contó lo de la Pampiluna.

El resto del viaje fue bastante movido, subieron a la cadena montañosa que está por sobre Caracas que los indígenas llamaban Waraira Repano. De allí se fueron a los valles del Tuy, a los llanos centrales y siguieron hacia la selva amazónica hasta San Carlos de Río Negro, en donde se encontraron con los misioneros que les acogieron amablemente. Llegaron al Orinoco y se quedaron en Angostura, allí en una tranquila noche tropical, comienzan a planear la vuelta. Volverán a Cumaná. José Manuel estaba triste porque aún no había podido realizar su misión. A lo mejor se tenía quedar, seguir sin ellos, demostrar que sabía lo que sabía y que era tan bueno como sus colegas, estudiados y de los cuales había aprendido mucho.

Los naturalistas verdaderos parten hacia Europa, José Manuel se quedó. Tenía dinero para su propia expedición, se había hecho amigo del Gobernador Guevara y por la simpatía que se había procurado con Don Andrés Bello, se comprometieron a financiar una corta expedición por el Caribe. Su idea era comparar los resultados de sus colegas con los suyos por el prestigio de la Corona de España. José Manuel nunca se habría imaginado ser el jefe. Ahora se duchaba, tenía ropas decentes y había aprendido a hablar con propiedad, hasta había aprendido un poco de latín para poder usarlo en la clasificación de las especies.

Trinidad, Tobago, Barbados... eran para él frutas, hojas, árboles exuberantes, flores exóticas. Con su peculiar estilo las dibujaba y las copiaba para enviarlas a Alexander y Aimé. Y un día se atrevió con su bien más preciado: era como una naranja dulce pero amarga, era rosada por dentro, era grande pero no enorme, su olor era mucho más penetrante que cualquier otro cítrico. Él la había imaginado, era la Pampiluna que deseaba encontrar.

Nunca nadie había imaginado una especie antes de verla, pero él sí. Deseaba encontrar algo nuevo y clasificarlo científicamente como los verdaderos naturalistas y ahora, él lo era. Cuando partió de La Coruña, lo tenía muy claro: descubriría la Pampiluna, fuera lo que fuera, no sabía si sería un insecto o un árbol gigante, un cuadrúpedo o un ave, una flor o una fruta. Allí estaba su Pampiluna. Le envió todo a sus colegas, ellos le contestaron agradecidos con un ¡Lo has logrado José Manuel, felicitaciones! . Ahora faltaba que ellos le indicaran donde presentar su descubrimiento. Era hora de volver.

El Caribe es un mar tranquilo, pero también hay tormentas. Embarcado desde La Dominica un huracán engulló la embarcación y todos sus tripulantes murieron, entre ellos José Manuel y sus notas, su descubrimiento y sus sueños.

Una tarde en Berlín, Alexander recibe la noticia. Siente pesar. Busca los apuntes sobre la Pampiluna, si fuera otro se apoderaría del descubrimiento, José Manuel era su amigo, no lo podía hacer, aunque desgraciadamente tampoco podía presentarlo a la sociedad científica, pues la Pampiluna, con un nombre parecido ya había sido catalogada por Wouter Schouten, Hans Sloane, Griffith Hudges, Patrick Browne, Richard de Tussac.

¡Gloria a todos aquellos que descubren lo descubierto! Fue el sencillo responsorio que Aimé y Alexander hicieron un año después a su amigo en su paso por el Caribe.




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