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Las visitas

Nuestra casa tiene un jardín trasero alargado protegido por una valla que da a la calle principal. Por una de esas cosas topográficas de la vida, la calle principal está inclinada, pero nuestra casa que está en la calle adyacente, es recta, lo que hace que desde la terraza que antecede al jardín podamos escuchar las conversaciones de la gente que pasa con una claridad impresionante, puede que los árboles del parque vecino hagan una acústica muy especial.

Es sábado y esperamos a unos amigos a cenar, hemos estado todo el día, mi esposo y yo, ordenando la casa, dejándola impecable, como deber ser cuando se tienen invitados. Tenemos fama de ser buenos anfitriones, no es para menos, porque nos encanta recibir a la gente.

Sentados en la terraza, esperamos que nuestros invitados lleguen. De pronto vemos unos geranios que comienzan a perder sus flores, mi esposo se levanta, busca las tijeras y se va al fondo del jardín. Yo me quedo bebiendo un vaso de agua fría con hielo y rodajas de limón.

En eso oímos unas voces que subían por la calle principal. Son unos pesados. Fue una invitación que no pude rechazar.Él es un poco mafioso con el  negocio ese de los coches eléctricos y siempre fanfarroneando con el dinero que gana. ¿Y ella? ¡Vive del negocio de esteticista de medio pelo, y sólo  piensa en reformas, marcas y peluquería, es muy vanidosa!  

Mi esposo y yo nos quedamos de piedra al escuchar lo que escuchamos tras la verja. ¿Y ahora qué hacemos? Y él que es muy listo, me insta a que haga como si no hemos escuchado nada, que le siga la corriente, que nos vamos a divertir. Se van a enterar, dijo.

Ding, dong. Suena el timbre. Le siguen abrazos y besos. Cada día te ves mejor, estás preciosa. Tú igual, querida. ¿Qué y cómo van los coches, imagino que pasando estos tiempos raros como todos, no? En verdad no, ahora nos está yendo muy bien con lo de los coches eléctricos, es cierto que no los compran los particulares, hay que tener la cartera preparada, tú mismo lo dices: que hasta que el tuyo no diga basta, no lo cambias. Pasen están en su casa.

Somos simpáticos, pero hoy toca dejar de serlo. Recibimos las flores con sonrisas falsas de agradecimiento. Están muy lindas, lástima que hoy compramos las que nos gustan, estas las pondré en el lavabo de invitados, así las podremos disfrutar toda la noche. Me encanta su cara de nomelopuedocreer. La ví, y creo que comienzo a entender cómo va a ir la noche, busqué el florero más corto que tenía y las corté hasta dejarlas en su mínima expresión, o sea, horribles. Las manipulé sin delicadeza y las dejé sobre el mueble del aseo y cerré la puerta: ¡quedan preciosas ahí! Ven, vamos a sentarnos en la terraza, Óscar se encargará de los cócteles de bienvenida. Espero que nos sorprenda.

Hubo un intento de acompañar a Óscar que fue atajado por un no fastidies las sorpresas y hazme un favor. ¿Podrías bajar esa planta de ahí? Es que yo no puedo, pesa un poco y nos quita vista al parque. Y como un invitado educado que es, no pudo decir que no. Y como las plantas estaban recién regadas, y como llevaba un pantalón blanco de lino, y como era predecible, el agua se derramó e hizo lo suyo. El lino blanco cuando se mancha de agua con tierra no queda impoluto. Al hecho le sucedió una falsa exclamación de sorpresa y pesar, seguida de una carrera a buscar un trapo que desgraciadamente acababa de ser usado para limpiar pimentón en polvo cuando aderezaba el pulpo a feira. La mancha ahora con sus tonos rojizos era increíble, exclamaciones, pedidas de perdón, que qué torpeza, gritos a Óscar que por qué no había puesto ese trapo en la lavadora directamente. Pero, lo más era su cara de horror, que contenía una rabia profunda, él que, según su mujer era bastante irascible.

Cuando, Óscar llegó con los cócteles y vio todo el desaguisado, no tuvo que fingir una cara de estupefacción mientras pensaba que la noche sería o larga o corta, pero divertida.

Manuel dijo que ya volvería, que iría a su casa a cambiarse, Luisa lo acompañó hasta la puerta y se escuchó un: ¡Lo tiraré, esto está inservible, y eso que me los compré ayer, tú y tus invitaciones! En aquel momento pensé en que no habría tregua, ¿cómo podían ser tan miserables?

Luisa me había contado que acababan de pagar la hipoteca ayer, la razón de nuestra invitación era celebrarlo. La idea era hacer un pica pica en casa y después irnos a Torre Simón a cenar, un pequeño restaurante registrado en la Guía Michelin que está muy bien. Yo tenía revueltos en la mente y en el corazón los comentarios que nos trajo el viento y si soy sincera, más que rabia tenía pesar y no sé si eso es suficiente para desencadenar una venganza.

Luisa estaba nerviosa y creo que bastante descolocada, espero que el cóctel no le afecte demasiado. Son amigos de mi mujer y como tales, yo los acepto, mas no tengo por qué perdonarles ninguna insolencia. Le ofrezco el cóctel, está un poco cargado, un Manhattan con una poco de ginebra no es lo usual, pues sólo debe llevar vermut, bourbon, angostura y su cereza marrasquino, este llevaba una buena de bourbon, ginebra y azúcar para que suba y por si acaso dos cerezas con su aceituna, lo último se me ocurrió en un ataque de mal gusto. El de él era un Negroni subido con un poquito de vodka, si bien todo el mundo sabe que sólo lleva Campari, ginebra, vermut rojo, naranja y hielo.

Aquí está Manuel, con otros pantalones. De nuevo le doy la bienvenida con un efusivo abrazo, porque se de buena tinta que no soporta a la gente efusiva. Hombre, no te molestes, ha sido un desafortunado accidente. Sí, entiendo, aunque eso no me quita el disgusto. ¡Eso es agua pasada! Te he preparado un Negroni, recuerdo el día que contaste que fueron al Café Giacosa en Florencia sólo a probarlo. Si, fue magnífico, gracias,  un detalle por tu parte. ¡Vamos, hombre, ya pasó!

Yo sabía que este par de hipócritas, por no dejarse ver tal cual eran, eran capaces de beber amoniaco sin chistar, en su retorcida socialización aguantan cualquier cosa para no quedar mal. Al fin y al cabo, como no hay confianza para unas cosas, tampoco la hay para otras. La cara al hacer el primer trago, después del obligado brindis con sus descripciones en el que no faltó la justificación para nuestra última afición a las Margaritas después de haber pasado un mes recorriendo México, e insistiendo en lo maravilloso del viaje, concluímos: ¡Es que no hay nada como viajar, salud, amigos! ¡Y no tener hipoteca!, dijo Rosa.

Después de dos Negronis y dos Manhattans los ojos chispeaban y las risas se sucedían. Sin los inhibidores sociales eran adorables, cabía pensar donde radicaba el mal de las personas. Picamos cuatro cosas y ellos pidieron agua, por razones obvias. Me daría por satisfecho si se levantan mañana con una buena resaca.

Nos fuimos al restaurante. Óscar se aseguró de acaparar la conversación con ventas de coches, viajes hechos o por hacer, compras en El Corte Inglés, o clubes a los que no pertenecíamos, pero que habíamos sido invitados. Yo, por mi parte, preparé toda mi artillería aprendida en las revistas de decoración, en reformas a la vista y si caso en la posibilidad de comprar una casa más grande en La Suiza, un sector que es carísimo y precioso. Insistí también en lo de los viajes, y en la moda. Óscar y yo no somos así, pero ellos nos percibían de ese modo. Siempre habíamos compartido chistes, anécdotas graciosas. Jamás habíamos entrado en esta competición, es más, coincidíamos en temas tales como la política, cosa difícil en estos tiempos.

Evidentemente, pedimos el vino más caro, en eso Óscar es experto en hacerse el maestro de ceremonias. Los platos más caros, postres, cafés y chupitos. Creo que Manuel y Luisa pensaron que nos haríamos cargo de la cuenta. Al pedirla, se la dan a Óscar y yo se la quito de las manos: Ni te atrevas a pagarla toda, no querrás que nuestros amigos se sientan mal, vamos a medias. Yo había notado que ellos habían pedido muy comedidamente, mientras nosotros nos excedíamos. Pagaríamos el doble de la cuenta por volver a ver sus caras de asombro, el titubeo de Manuel que casi dejó caer una respuesta y el nerviosismo de Luisa que dejó caer una amplia sonrisa, quizá por culpa de la última copa de cava, le hizo decir: Deja, ya pagamos nosotros, estamos de celebración. Quizá creyeron, ambos, que nosotros nos opondríamos, pero sólo les dimos las gracias, entre copas y otra ronda de cava, ¿por qué no?

La noche estaba a punto de acabar. Veníamos caminando, hablando distendidamente de la cena. Gracias por la invitación, no hacía falta, si bien debo decir que Torre Simón ha decaído en calidad. Después que se habían gastado tanto, este comentario sobraba. Se rebozó el vaso, pensé. Ellos abrieron los ojos como platos, Manuel no podía contenerse, si bien se le notaba el esfuerzo. Luisa, por su parte, le daba pequeños codazos y miradas de reprimenda. Nos despedimos.

Unas semanas después nos tocó a nosotros ser las visitas. Sabíamos que se vengarían. No llevamos flores, a cambio un horroroso elefante de cerámica con un hueco en el medio de la espalda en el que habían sembrado cactus, buscamos la pieza más horrenda del vivero. En cuanto a mover objetos, de eso nos cuidamos. En cuanto a los cócteles, también, no hubo cócteles, era el vermut de la bodega del pueblo. Todo era normal, la conversación, todo. De hecho, cenamos en su casa. La comida era exquisita.  La conversación amena. Fue la noche perfecta. Reconocemos que todo el rato nos estuvimos preguntando si acaso, en verdad, el modo cómo nos comportamos fue exagerado, si acaso eso sólo revelaba la manera en que somos realmente.

Y mientras, Luisa, que es muy buena lectora, comentaba que en esos días había leído un artículo sobre las profecías autocumplidas que decía que, si una persona tenía una creencia sobre un resultado futuro, eso contribuía a su propio cumplimiento, como por ejemplo si creíamos que unas personas eran gilipollas, éstas se comportarían tal cual nosotros habíamos esperado, y que eso sucedía porque las expectativas inconscientes pueden influir sobre las acciones y comportamientos. 

Nosotros estuvimos de acuerdo, aunque Óscar no pudo reprimirse y le dió la razón con este comentario: por eso, yo siempre me cuido de prejuzgar a las personas. Intento en la medida de lo posible soportarlos, es mi trabajo. Y yo añadí que si en mi profesión como estilista, le dijera a la gente la verdad, no tendría clientes, por lo que me había acostumbrado a escuchar. Y viene Manuel y pregunta: ¿y a qué se debe que hoy la noche haya ido tan bien y la última vez un desastre? No es por nada, pero nosotros siempre hemos ido a vuestra casa con mucha ilusión y esto no procuró una velada ideal. Rosa no se pudo contener y contó todo, ellos se quedaron sorprendidos.  Nosotros no dijimos eso, fueron Fernando y Cristina, los vecinos de la esquina de abajo que subieron con nosotros, os conocen, parece que los habíais invitado una vez y eso piensan.

No hubo palabras para las disculpas. Les hicimos una transferencia a cuenta por el importe total de la cena más el pantalón de lino. Nos dieron las gracias, nos dieron un par de besos e insistieron ¡Ni volver a hablar de esto!, ¡Nunca más!

¡Ay, Manuel, y tú no creías que nuestro plan funcionaría! ¡Luisa, las visitas son así!




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