Ir al contenido principal

Bienvenidos al Paraiso. Emma

Si bien en El Paraíso las gentes eran felices con su hermosa avenida y arboladas calles, los que no vivíamos allí también lo éramos a nuestra manera. Una cosa que sus habitantes desconocían eran la añoranza, nosotros, en cambio, convivíamos con ella cada día. Por fuera del Paraíso las cosas eran diferentes, sólo basta fijarse en el nombre de sus alrededores: San Martín, La Vega, El Silencio... Lugares que expresaban el sufrimiento de un santo, (porque nadie es santo, así como así), o acaso una denominación irónica porque el silencio era bullicioso, y lo de la vega sería una hermosa zona verde en donde pastaban animales, era en realidad la entrada cochambrosa a un barrio periférico. Por eso el Paraíso era especial.

 

Y como cada tarde, o la mayoría de ellas, nosotras, como dos no habitantes de tan idílico lugar (fantaseado por nuestros jóvenes espíritus), ya habíamos hecho el periplo del liceo hasta nuestros respectivos hogares. Éramos Emma y yo, que solíamos tomar el autobús para continuar el camino que nos llevaría al Silencio y a San Martín. Y, aunque parecería que después de El Paraíso no había vida, nosotras si la teníamos, por eso algunas veces, cuando por alguna razón no teníamos clases, yo me iba con ella a su casa.

 

La recuerdo como un piso diminuto, pero muy luminoso que daba a la Avenida San Martín, muy agitada y concurrida: pasaban autobuses de todo tipo para ir a Catia, Antímano, La Vega o El Paraíso y el famoso San Ruperto que pasaba por todas partes. Aún hoy me gustaría poder dibujar en mi mente su ruta, pero me resulta imposible, siempre estaba en cualquier lugar. A día de hoy pienso que era un autobús aleatorio cuya ruta había sido diseñada por el mismísimo Schrödinger. En casa de Emma también podíamos salir a jugar con otros muchachos, pero, no había demasiados de nuestra edad por lo que quedarnos allí se resumía a: nosotras dos hablando de algo trascendente, sentadas en un muro muy alto de un lado y muy bajo del otro, tanto, que pensarlo hoy da escalofrío, pero en aquel momento, ¿a quién le importaba? 

 

Ya hace días que subo sola al autobús. Ya hace días que hago el trayecto con nuevos amigos, entre ellos Manena, que es una chica muy simpática y tranquila, lo opuesto a Emma. Cuando mi autobús para enfrente de la Maternidad Concepción Palacios, un edificio enorme que siempre ha llamado mi atención, miro hacia el edificio de Emma, las Residencias San Martín y busco rápidamente su balcón y me doy cuenta de que comienzo a extrañarla, porque ya estábamos viviendo los días de no vernos con tanta frecuencia.

 

A punto de entrar en las vacaciones, ella había reprobado todas las asignaturas y seguramente repetiría el curso. Eso significaría que definitivamente nuestros caminos se separarían, yo iría a otro liceo en el que se estudiaban los dos últimos años del bachillerato y de allí a la Universidad. Yo hablaba de vacaciones y viajes lejos de allí, yo quería estudiar Humanidades, ella no, y yo no conseguía convencerla para que hiciera un esfuerzo, decía que haría el bachillerato nocturno, que era más fácil.

 

Hoy sabía que extrañaría las tardes en su casa, sentadas en el muro del patio del edificio, hablando con otros niños que como nosotras no salían de vacaciones. O aquellas otras tardes, que eran las más, en las que ella venía a mi casa, y escuchábamos a Don McLean, Carol King, Chicago, Bread o Neil Young a nuestras anchas. A veces nos íbamos caminando hasta el centro histórico de Caracas, que era bonito y pintoresco. Había muchos comercios en las esquinas de Marrón, Gradillas, San Jacinto o Sociedad, nos encantaba ver las vidrieras para soñar con cosas de las gentes que no pueden comprar.

 

Para salir de ese vértigo de frustración nos íbamos a un oasis de tranquilidad, a la Casa Natal de Bolívar, era gratuita y no nos cansábamos de pasear por aquellas habitaciones, para imaginar la infancia de un héroe al que admirábamos. Entonces nos sentábamos en el patio y mientras escuchábamos una tímida y cantarina fuente, volvía la conversación sobre nuestros anhelos o tristezas.

 

De allí volvíamos a sumergirnos en el escándalo del centro con sus coches, gentes y voceos, mientras nosotras nos íbamos a encontrarnos con mi mamá en su trabajo de La Cartografía Nacional, ubicada en un par de edificios nuevos con una enorme mezzanina desde la que oteábamos la Plaza Diego Ibarra y las Torres del Silencio, llenas ambas de transeúntes que nos recordaban hormigas o alguno que otro pensamiento existencialista adolescente sobre el rebaño, la rebeldía o la autenticidad.

 

Para llegar allí habíamos atravesado el Pasaje Zing con sus escaleras mecánicas y ese aire de modernidad dado por una estética art deco. Cuando mi mamá salía nos íbamos conversando y haciéndole preguntas por los pasajes subterráneos del Centro Simón Bolívar. Nos encantaba escuchar sus anécdotas sobre la Caracas de los techos rojos, de cómo era antes de la construcción de El Silencio, de aquellas calles hoy irreconocibles para nosotras según sus descripciones.   En la esquina de Angelitos, esperábamos el autobús de Emma y nosotras dos seguíamos nuestro camino, yo le contaba de los planes de Emma, ella me decía que eso era problema de su mamá, no de nosotras. Señalaba con acierto que nosotras habíamos intentado hacerla cambiar de parecer, que hiciera un último esfuerzo e intentara salvar el año, que yo le había ofrecido ayuda, pero que si ella no quería: que hiciera lo que quisiera.


Y mientras yo pensaba que no era justo, mi inteligencia me decía que mi mamá tenía razón la mayoría de las veces y que mi mamá no era injusta. Así las cosas, la geografía del Paraíso iba cambiando y sus gentes ni se percataban, encantados, como estaban de vivir en un lugar inalterable.

 





Comentarios

  1. Me encanta la creatividad de los nombres. Impregna el relato de verosimilitud y hace de la fantasía algo real.

    ResponderEliminar
  2. Pasaje Zingg o Zing ? Don McLean, Carol King, Chicago, Bread o Neil Young a nuestras anchas... toda una estética de la convivencia. Si me lo preguntasen, diría que ese es el verdadero paraíso perdido, nuestro cinema paradiso, nuestra manera más sublime de entender el amor y la paz

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Devuelta de la tristeza

Riéndome como una cualquiera, de cualquiera. Como quien llora la muerte de un amigo en Diciembre. Reírse en medio del tren y que los demás volteen. Riéndome del último chiste de mi mamá y en su entierro. Reírme de las caras patéticas de la gente seria. Riéndome de la risa forzada de las comedias americanas. Reírse de la cara que pones cada mañana cuando me río de tu cara. Reírme de los chistes de Pedro que en vez de contarlos los ‘descuenta’. Riéndose todos del cuento del boquineto y la taza de café. Riéndome de los excesos de la razón y la exigencia. Reírme en Canaima como en Badalona. Reírse del mendigo que no inspira lástima. Reírme con el que me saca el duro con simpatía. Riéndome de una estúpida receta de cocina, de un cocinero afectado que combina los huevos, la mayonesa y la bechamel. Reírse de las teorías cósmicas recitadas por el conejo de Alicia —reírme del doble sentido si Alicia me conociera. Riéndome del chiste veloz. Reírse de las ocurrencias ociosas: del autobús mutante,...

Irreparable

" Recuerdo el tiempo en que pensábamos que habíamos venido al mundo a elegir entre el mal y el bien. Luego supimos que había que abrazar dilemas, elegir entre lo malo y lo malo, elegir entre lo bueno y lo bueno, y todavía era llevadero porque parecía posible elegir lo menos malo, o lo más bueno. Hasta que nos dimos cuenta de que no habíamos contemplado lo irreparable. La vida se empeñaba en colocarnos ante elecciones que comportaban pérdidas irreparables, una y otra vez".    (Belén Gopegui) Me desperté con una sensación de liviandad, parecía que ya había pasado la tormenta. El cielo de anoche era un espectáculo digno de cualquier cuadro de Caspar David Friedrich, parecía que todo se iba a desplomar en un segundo, porque desplomar es una buena palabra que describe la caída aparatosa y a la vez ese color plomizo de las turbulentas nubes que provoca pavor.  Lo siguiente fue un episodio sin precedentes, por lo menos para mí: vientos fuertes que azotaron sin parar puertas...

Zurumbático

De él se decía que no era demasiado inteligente, un pasmado, eso decían. A él le resultaba exactamente igual lo que se dijera en el pueblo porque, al fin y al cabo, no era relevante para su existencia. Es verdad que no era demasiado vivo, su madrina le decía: Ay, mijo, no seas tan achanta'o, tienes que echarle pichón y no echarte las bolas al hombro, en la vida no todo es mango bajito, mira si te pones las pilas hay muchas cosas que están a pata'e mingo. ¡No seas cabeza e'tapara! Pero, él no hacía caso y vivía  de pescar un pescado al día y como no tenía cómo conservarlo, se lo tenía que comer con una arepa, o con un trozo de yuca, o con un tostón, o con un jojoto, con suerte un aguacate, dependiendo de la época y de la suerte, pero como no era un tipo con suerte, jamás había probado un aguacate. Un día arrancó una lechosa verde, creyendo que era uno, y no le gustó. Por aquellas costas plagadas de mosquitos y jejenes en la tarde, de calor insoportable al mediodía, no le qu...