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La música de sus vidas

La casa es muy grande y más si eres una niña pequeña, sin embargo, al ir creciendo siguió siendo grande, porque en verdad era muy grande. Tiene un centro en el que acontecen la mayoría de las cosas normales (no quiero decir las cosas interesantes, sino más bien las cosas que nos atañen a todos, porque las interesantes sólo las conozco yo, y sabemos que dejan de serlo cuando alguien más las sabe, como por ejemplo, cuando mi mamá sabe que estoy en su habitación curioseando algunas zonas prohibidas).

En el centro está la sala del comedor, allí tenemos: la televisión y un sofá para verla, el tocadiscos que nos regaló mi tío José que es enorme y suena bien, pero ya no es moderno, y los diversos muebles que componen un juego de comedor cuya época gloriosa arranca justo el día en que mi papá lo compra porque mi mamá fue invitada a comer en esa casa, junto con un juego de copas y unos vasos muy bonitos que ella luce y guarda celosamente en una de las tantas vitrinas. El comedor con sus sillas y armarios de todo tipo, que no se me olvide, es laqueado en blanco y negro, las sillas son tapizadas en color turquesa. 

El comedor conecta con la cocina a través del patiecito, un pequeño patio que por razones de comodidad fue techado, allí teníamos la nevera, otra mesa auxiliar en la que se comía (para proteger a la otra mesa grande), y sobre la nevera: la radio, que en verdad era la que le daba sentido a esa parte de la casa y que competía con el ruido de la televisión.

En la radio se escuchaba música, siempre había música en mi casa, a veces las noticias, pero nunca radionovelas como en la casa de Delia. Escuchábamos Radio Caracas, nunca Radio Rumbos, entonces comencé a intuir que una de las diferencias con la casa de mi tía Delia era esa: la emisora que escuchaban y las cosas que escuchaban.

Mi mamá era de escuchar boleros y no le desagradaba la música americana. Conforme fueron creciendo mis hermanos, a ella no le quedó otro remedio que seguir la corriente. Imagino que todo habría empezado un poco antes con Frank Sinatra y su Extraños en la noche, no lo sé,  lo que sí me queda claro es que mi relación con la música tiene por cuna esa parte de mi casa: la radio, el tocadiscos y la televisión, sobre todo viendo el Show de Renny y los dibujos animados de la Warner Brothers.

Yo escuchaba lo que escuchaba todo el mundo, digamos lo que escuchaba la casa, porque los niños no teníamos derecho a escoger ni emisoras ni canciones. Esa pasividad me dejaba la felicidad de estar atenta solamente a lo que me interesaba, creo que  fue entonces cuando desarrollé un oído selectivo, que aún hoy me acompaña. 

Pero, vayamos al grano: para mí hay un antes y un después del Pata Pata de Miriam Makeba. Tendría unos siete años o menos, no lo sé, ese ritmo se me metió por todas partes, aprendí a bailarlo porque mi hermana se compró el disco. Yo la cantaba: Zacucú, bazá kukeia, azi Pata Pata... no sabía lo que decía, eso me hizo pensar que la música, para sentirla, no siempre debe entenderse.

La música venezolana ocupaba un lugar privilegiado para mí, porque sí la podía cantar: Ansiedad de tenerte en mis brazos... Chelique Sarabia. Llanero que amaneces pasillaneando, pasillaneando, en lomos del caballo caracoleando, caracoleando...María Teresa Chacín. Dame la tierna luz, que tiene tu mirar, que es como el titilar de una estrella de amor, y en éxtasis profundo de pasión... Marco Antonio Muñiz. Río Manzanares déjame pasar que mi madre enferma, me mandó a llamar... Quinteto Contrapunto. Era un reto aprenderme las canciones, y luego tratar de entender esas palabras, o preguntarle a mi mamá: Mamá, ¿qué es éxtasis? Ay, mija es como estar en otro mundo, muy distraído. ¿Y cuando me pongo a pensar en otras cosas porque no me interesa lo que me explica la maestra, estoy en éxtasis? No. ¿Entonces? Bueno, imagínate que estás comiendo un helado muy sabroso y cierras los ojos y sólo piensas en el sabor del helado y se te olvida todo... así es el éxtasis. Ah. Descubrí que tenía una nueva palabra y que tendría que aprender a usarla. Cuando iba en el autobús hacia Antímano, era una ruta larga que yo aprovechaba para cantar, sobre todo si mi mamá se había aburrido de mi conversación y yo de la ella, esa niñita sabe cantar muy bien. Decían las gentes.

Después de que mi tío José nos regalara el tocadiscos enorme, empezaron a llegar discos a casa. MacArthur Park de Richard Harris y Qué días aquellos de Mary Hopking eran canciones que escuchaba mi hermano, quien como buen adolescente las repetía hasta el cansancio. También en la radio comenzaron a aparecer unos nuevos invitados gracias a que cambiamos de emisora, ahora era Radio Capital: Gotas de lluvia caen sobre mi cabeza de B.J.Thomas, Mrs. Robinson de Simon and Garfunkel, y la Bossa Nova o la orquesta de Burt Baccarat, era la nueva banda sonora de mi infancia que me impedía cantar pero no tararear y desear al mismo tiempo hablar esa lengua americana lo más pronto posible.

En la cocina se bailaba también, porque de tanto en tanto, a alguien le aburría tanto inglés y se ponía salsa: Los Melódicos o La Billo's Caracas Boys, Celia Cruz, a quien mi madre adoraba, Joe Cuba, Tito Puente y por supuesto, la Reina: La Lupe. Cabe decir que en algún momento a mi hermano le dió por oír salsa y cambió a Radiodifusora Venezuela, y así, a las doce del día un estrafalario locutor anunciaba: la hora de la salsa y el sabor .

La Lupe era una cantante extravagante a quien todos admiraban porque se transfiguraba en el escenario como si estuviera poseída por un espíritu (eso decía mi mamá). Tenía ese aspecto moderno de los sesenta de peluca y zarcillos grandes, vestidos de poliéster a rayas, bacterias, o cuadros. Poseía una voz potente y por encima de todo, no podía dejar de mirarla. La música era, en mi casa, una cosa de contagio, nos contagiábamos todos, grandes y pequeños, se nos oía tararear las mismas canciones sin darnos cuenta. Y bailábamos, en la cocina se bailaba, en la cocina mientras se hacían las arepas se aprendía a bailar, menos mi hermano que era un poco reacio a las manifestaciones familiares aunque se le escapaba una media sonrisa cuando se divertía, y yo me preguntaba si era que estaba en éxtasis, a lo mejor, eso lo tendré que averiguar.

La música definitivamente quiso apoderarse de ese espacio porque antes de que alguien se diera cuenta y de que el tocadiscos continuara con su Cómo curar un corazón Herido de los Bee Gees, Aquarius  de la Quinta Dimensión (con el alunizaje en la mente y en la piel y ... mi hermano con todas las revistas Time Life dando los pormenores y... yo leyéndolas sin permiso), la televisión también se incorporó a la dinámica musical.

Cuando veía los dibujos animados escuchaba música clásica, como por ejemplo: la Obertura de Guillermo Tell de Rossini, El  Peer Gynt Suite No. 1 primer movimiento (Morning Mood) de Edvard Grieg, y otros tantos como Liszt, Brahms, Beethoven o Strauss estaban en las batutas y en los dedos de Mickey, Bugs Bunny o en las carreras alocadas de Tom y Jerry. Pero, también el jazz con esos negros caricaturizados que cantaban al sonido de Cab Calloway, Louis Armstrong, Fats Waller y Bill ‘Bojangles’ Robinson, con ellos, de tanto en tanto, se colaba Ella Fitzgerald o Billie Holliday. Era otra música, y estaba ahí, llenando mis tardes infantiles en las que me dejaba absorber por la televisión (porque en este instante era yo la que escogía qué escuchar).

La televisión estaba lista para ofrecernos lo nuevo, sobre todo los domingos con Renny Presenta: Miriam Makeba en directo, y Tom Jones, Ray Charles, Stevie Wonder, Charles Aznavour, Jimmy Hendrix, Nat King Cole, Demis Roussos todos eran increíbles para mí y para el resto de nosotros, nos unía la música y no sólo la americana porque en el mismo espacio estaban los grupos emergentes venezolanos de los sesentas: Los Darts, Los Impala y los cantantes de moda como José Luis Rodríguez, Henry Stephen o Mario Suárez.

Un día, y esto es muy triste recordarlo, se vendió la casa. Yo fui la última en despedirla, junto con mi mamá, cerramos la puerta del comedor y ya no se escuchaba nada. 

Y sin ese espacio común, con cada uno de nosotros viviendo sus vidas, recuerdo que, años después, compartíamos al son de Yordano mientras otros niños nuevos escuchaban la música de sus vidas: Se supone que yo, no tengo corazón, no tengo cerebro, ay no, porque yo soy sólo otra cara bonita, otra cara bonita... la, la, lá.






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