Ir al contenido principal

Todos los hombres mueren

Esa gente era muy supersticiosa, pensaban, porque se había puesto de moda hacerlo, que si creían en algo de verdad eso se cumpliría. Uno de sus dichos, extraños a muchos oídos prudentes, era aquel que decía que cada uno crea su propia realidad. Esa manera de ver el mundo comenzó a extenderse, de tal forma, que el mundo se dividió en dos: los que pensaban así y los que pensaban asá.

El otrora orden mundial con sus superpotencias, su loca carrera conquistadora, su imposición de valores religiosos o culturales, quedó reducido a: los que hacen su propio destino y los que creen que la vida debe sortear un sinfín de circunstancias y que cualquier deseo se supedita a condiciones externas que unas veces pueden ser favorables y otras no. Cabe notar que los más marginados eran los que creían ciegamente en el destino, o en un Dios que los controlara.

Esta mentalidad, modo de pensar, convicción o nuevo credo, como se le quiera llamar, no podía ser admitido sin más ni más porque había algunas estructuras tradicionales del orden social, político, religioso, económico que desmentían por completo ese Nuevo Comienzo, como les gustaba llamarlo a sus más fanáticos adeptos, sin darse cuenta siquiera del pleonasmo. Y no era mero fanatismo, era el convencimiento de que la vida, si no era entendida así, no era y punto.

En lo que si estaban todos de acuerdo es que para ello se necesitaban pensadores, ideólogos, que junto con los nuevos políticos pudieran ir conformando y organizando a la sociedad alrededor de esa idea. Entonces concibieron, buscaron y dieron poder a los influencers y escritores de medio pelo de la antigua New Age, que fueron convertidos en sus brújulas.

Comenzaron, los congresos, las cumbres, las alineaciones, las divisiones para acabar de poner los límites y se pusieron. Eso llevó a que los de un lado no se relacionaran con los del otro lado, como si fuera una especie de muro de Berlín autoimpuesto: nadie de este lado quería siquiera relacionarse ni tener que ver con alguien del otro lado. Unos, porque juzgaban a los otros de cortos de miras y de derrotistas mediocres, los otros porque pensaban que aquellos era unos ilusos prepotentes de quienes la realidad se burlaba en su cara.

Con los años se adoptaron nuevas costumbres y la más extraña es la que contaré a continuación. Lo sé de buena tinta porque yo misma lo vi, pese a que se comentaba en este lado como una de las estupideces más grandes cometidas por la humanidad. Y no se trataba ya de los retos virales de hace años, o de las uñas larguísimas que no dejaban a las mujeres limpiarse correctamente sus partes íntimas al acabar sus necesidades, tampoco de haber convencido a los hombres de depilarse todo el cuerpo, ni a las gentes de tatuarse lo intatuable, no, esto iba más allá.

Como durante años me he desempeñado como periodista politóloga socioarqueóloga de investigación comparada, (una nueva profesión que nos tuvimos que inventar dada la cantidad de tontería que nos tocaba desmentir), un día me tocó pasar al lado contrario. He de insistir que no hay fronteras físicas, sino autoimpuestas, por lo que para pasar al otro lado lo único que requiere es rellenar un test sobre el contenido de estupideces y falsedades que conforman las bases de su organización cultural, política, científica y económica: lo que aquí se conoce como negacionismo extremo.

Y pasé, hice mi viaje para descubrir algo sorprendente: habían arrasado con todos los cementerios, monumentos mortuorios, recientes o milenarios. Algunos, sobre todo los más antiguos, eran modernizados y para darles un sentido totalmente desvinculado de la muerte, se habían instalado Mac Donalds, Taco Bells o Pizza Huts en ellos, un caso llamativo era el de la Columna de Trajano que ahora soportaba un Mega Drop. Era normal, era la conclusión normal, porque en todos lados había esos eslóganes del Vive el hoy, Vive el presente, Cultiva tu conciencia plena y el más curioso: La muerte es un estado mental.

En la televisión del hotel vi a uno de sus múltiples líderes que mediante la inteligencia artificial era igual a D. Trump, un antiguo presidente norteamericano reconocido como el padre fundador. Este decía en su discurso que gracias a él y a su gestión se había vencido a la muerte y recordaba que en el pasado no hizo falta matar a nadie para conseguir lo que hoy es conocido como Los Estados Unidos de Oriente. La gente le aplaudía, y yo me quedaba muy triste, recordaba que me lo habían advertido, por eso me tomé el antidepresivo antes de que una depresión profunda diera paso a una caída de mis convicciones.

¿Y la muerte, seguía ahí? Pues, sí. Lo que pasaba era que no había cementerios ni crematorios porque al negarla se dejaban a los seres vivos ahí donde habían decidido dejar de vivir (no se podía decir muerto porque ese estado no existe, no hay pruebas). Descubrí entonces que utilizaban la farmacogenómica y la biotecnología para evitar la descomposición de los cadáveres con sus consecuencias, así los muertos se disecaban en pocos días y se convertían en polvo que luego era barrido y triturado por las máquinas de la limpieza. Eso suponía que la memoria, el duelo, el pasado ya no existía, por eso otro de sus credos: el pasado es una carga, el pasado no existe, eres producto del presente y tú construyes tu futuro, salía fortalecido.

Volví a casa espantada, me senté en uno los bancos de Queensferry, leí una de las tantas placas conmemorativas, pero esta, precisamente, me devolvió la lucidez: Todos los hombres mueren, pero no todos los hombres viven.





Comentarios

Entradas populares de este blog

Devuelta de la tristeza

Riéndome como una cualquiera, de cualquiera. Como quien llora la muerte de un amigo en Diciembre. Reírse en medio del tren y que los demás volteen. Riéndome del último chiste de mi mamá y en su entierro. Reírme de las caras patéticas de la gente seria. Riéndome de la risa forzada de las comedias americanas. Reírse de la cara que pones cada mañana cuando me río de tu cara. Reírme de los chistes de Pedro que en vez de contarlos los ‘descuenta’. Riéndose todos del cuento del boquineto y la taza de café. Riéndome de los excesos de la razón y la exigencia. Reírme en Canaima como en Badalona. Reírse del mendigo que no inspira lástima. Reírme con el que me saca el duro con simpatía. Riéndome de una estúpida receta de cocina, de un cocinero afectado que combina los huevos, la mayonesa y la bechamel. Reírse de las teorías cósmicas recitadas por el conejo de Alicia —reírme del doble sentido si Alicia me conociera. Riéndome del chiste veloz. Reírse de las ocurrencias ociosas: del autobús mutante,...

Irreparable

" Recuerdo el tiempo en que pensábamos que habíamos venido al mundo a elegir entre el mal y el bien. Luego supimos que había que abrazar dilemas, elegir entre lo malo y lo malo, elegir entre lo bueno y lo bueno, y todavía era llevadero porque parecía posible elegir lo menos malo, o lo más bueno. Hasta que nos dimos cuenta de que no habíamos contemplado lo irreparable. La vida se empeñaba en colocarnos ante elecciones que comportaban pérdidas irreparables, una y otra vez".    (Belén Gopegui) Me desperté con una sensación de liviandad, parecía que ya había pasado la tormenta. El cielo de anoche era un espectáculo digno de cualquier cuadro de Caspar David Friedrich, parecía que todo se iba a desplomar en un segundo, porque desplomar es una buena palabra que describe la caída aparatosa y a la vez ese color plomizo de las turbulentas nubes que provoca pavor.  Lo siguiente fue un episodio sin precedentes, por lo menos para mí: vientos fuertes que azotaron sin parar puertas...

Zurumbático

De él se decía que no era demasiado inteligente, un pasmado, eso decían. A él le resultaba exactamente igual lo que se dijera en el pueblo porque, al fin y al cabo, no era relevante para su existencia. Es verdad que no era demasiado vivo, su madrina le decía: Ay, mijo, no seas tan achanta'o, tienes que echarle pichón y no echarte las bolas al hombro, en la vida no todo es mango bajito, mira si te pones las pilas hay muchas cosas que están a pata'e mingo. ¡No seas cabeza e'tapara! Pero, él no hacía caso y vivía  de pescar un pescado al día y como no tenía cómo conservarlo, se lo tenía que comer con una arepa, o con un trozo de yuca, o con un tostón, o con un jojoto, con suerte un aguacate, dependiendo de la época y de la suerte, pero como no era un tipo con suerte, jamás había probado un aguacate. Un día arrancó una lechosa verde, creyendo que era uno, y no le gustó. Por aquellas costas plagadas de mosquitos y jejenes en la tarde, de calor insoportable al mediodía, no le qu...