Amaba lo que hacía. Desde muy joven descubrió la extraña seducción de la mirada. Sus amigos le decían que era un fisgón, un metiche, un mirón, un impertinente, un voyer que, siendo un término culto, servía para despreciarlo igual.
Recordaba, con una extraña sensación de pecado y gozo a la vez, su época de adolescente cuando, sentado en la última fila y haciéndose pasar por un chico tímido escondido tras sus gafas redondas a lo John Lennon, miraba de reojo los escotes de sus compañeras. Todos sabemos que no era su culpa que el aula fuera tan pequeña, que todos quedaran amontonados y que ellas quisieran mostrar sus lindezas fruto del descontrol hormonal de esa etapa de la vida.
Cuando llegaba a su casa, y sin que nadie lo notara, se iba a la biblioteca en la que anidaban unas revistas Time Life con sus espectaculares fotos del alunizaje, de la Tierra vista desde el espacio, o de la guerra de Vietnam. Otras veces se distraía viendo a las celebridades del momento como Elizabeth Taylor, Jaqueline Kennedy o los Rothschild. Eran fotos perfectas y eso le calaba el alma.
De aquello quedaba el vago recuerdo de su infancia, mientras se iba haciendo adulto a duras penas porque no conseguía entender ese mundo feo y en movimiento en el que le tocaba vivir, pero eso era la realidad: escoger una carrera, servir para algo productivo, tener una familia y así hasta el día del Juicio Final.
Si hubiera tenido la idea de elegir algún estudio relacionado con eso que le apasionaba, lo habría hecho, pero no, el menú era limitado para él. Había decidido ser profesor de algo, como el resto de sus amigos o quizá de sus hermanos, esto no lo sabe, porque en verdad no le importaba esa decisión en lo absoluto, entendía su destino como el de alguien raro que se deleitaba mirando y congelando imágenes en su cabeza.
Un día, un amigo de la familia le propuso trabajar en una óptica, le enseñó el oficio de atender a la gente y de memorizar las quejas de los clientes cuando el optometrista no estuviera ahí, lo hacía con desgano como todo lo relacionado con la vida real. Cuando nadie lo veía jugaba con lentes cóncavas y convexas, de tal manera que le permitían ver a la florista de enfrente cuando componía los ramos o se inclinaba para recoger flores y arreglos antes de cerrar la tienda: su escote era demasiado tentador.
Pero, ese tampoco era su destino, porque esos juegos ópticos, unidos a la apatía con que aceptó su elección como estudiante de magisterio, acabaron por hacer que no rindiera en ninguna de las dos actividades, echándolo de ambas como consecuencia. ¿Y qué haría ahora que se sentía un bueno para nada? ¿Cómo justificar su apatía, o quizá esa anhedonia de la que padecía? ¿Qué haría ahora para demostrar que no era un idiota (que de alguna manera sí lo era)? Los cuerpos femeninos no eran lo único que captaban su atención, eran las escenas bonitas, las flores bien puestas, los árboles del paseo, incluso los atascos que dibujaban serpenteantemente el skyline de su ciudad.
Cuando llegaba a su casa, se encerraba en su habitación después de haber escuchado la retahíla de su mamá, repitiéndole, por enésima vez, que buscara algo qué hacer, que no estaba dispuesta a mantenerlo. Entonces se ponía a jugar con las lentes que se trajo de la óptica y que iban a ser desechadas, miraba a través jugando con formas y colores. De pronto, algo dentro de él, le fue dictando qué hacer, alambres, un soldador, reflexión de la luz y ahí lo tenía después de dos semanas de arduo trabajo, su artilugio ya estaba listo. Él no sabía bien qué era, pero era su artilugio. Miró a través de él a la ventana de enfrente y vio un florero, instintivamente pensó que su ingenio servía para reflejar los objetos desde la distancia, una especie de transportador de imágenes (todavía hoy no sabe de dónde sacó esa idea). Giró la imagen del objetivo y la trajo hasta su habitación, ¡vaya susto! El florero ahora estaba en su mesa. Lo tocó y era real. Probó con otra ventana vecina desde la que se veía una fuente de manzanas: ¡tenía manzanas en una fuente sobre su escritorio! Lo genial es que los originales seguían en su sitio. Se le ocurrió una idea, por probar no perdía nada. Se fue a la cafetería más cara de la ciudad, vio pasar al camarero con un Peach Melba y como le gustaba tanto ese helado, dirigió el artilugio y ¡zas, ahí estaba su helado! Previendo que se lo harían pagar, volvió a usar el artilugio y dejó la copa vacía en otra mesa (la suya se la tuvo que llevar porque una vez con la copia hecha ya la tarea no se podía deshacer y el objeto permanecía).
Con su nueva habilidad y una nueva felicidad que le recorría el cuerpo entero cada vez que copiaba algo, pasó por delante de una tienda de cámaras fotográficas que a la vez era estudio fotográfico. Estaba de suerte porque pidió trabajo allí y se lo concedieron, estaba tan feliz que olvidó el artilugio, ahora ya encima de una estantería. Fotos de personas, señoras o niños que sin ser bellos, una vez pasaban por su lente y su buen gusto eran verdaderamente hermosos. Su fama como fotógrafo recorrió la ciudad, él estaba feliz, pero se sentía solo.
Solo en su habitación, un domingo por la tarde, se preguntaba porqué le era tan difícil entablar amistades o una relación. ¿Sería por esa costumbre incómoda de mirar a la gente fijamente sin decir palabras? Seguramente.
Entonces se le ocurrió una idea mientras miraba distraídamente por la ventana, cosa que nunca hacía porque siempre veía con alguna intención: buscando un detalle llamativo, listo con su obturador para captar ese momento. En el piso de enfrente vio una chica muy hermosa que le recordaba a alguien, y como si fuera una ráfaga de imágenes inconexas, volteó repentinamente hacia la estantería donde hoy se encontraba el viejo artilugio, y pensó. Entre la vorágine de contradicciones, sintió la voz de Mary Shelley que le hablaba de Frankestein, o chistes sobre teletransportación defectuosa, o algún pacto faustino: no le importó, estaba decidido a hacerlo. ¿Si puedo tener una fuente con frutas de mi vecino copiada, por qué no puedo copiar a esa chica y tenerla conmigo?
Fue corriendo, desempolvó todo el aparato, lo dirigió a la joven que apaciblemente tomaba el sol de la tarde con una taza de infusión y ¡aquí estaba! Al verla en su habitación, la imagen se desvaneció. El aparato no funcionó. Probó con un objeto como el vaso de agua de la cocina de otro vecino y si funcionó. Después de varias pruebas con ceniceros, macetas, perros y pájaros o niños, concluyó que el artilugio sólo funcionaba con objetos inanimados, ¡qué pena! Ahora tendría que deshacerse de este montón de objetos inútiles, pero era necesario comprobar el alcance de su invento. Seguiría solo un rato más o acaso, el resto de su vida.
Fue al estudio como cada día, allí le esperaba su jefe con una caja de fotografías en blanco y negro. Esto era de mi padre, le gustaba la fotografía y se inspiraba en estas fotos del Hollywood de los años cuarenta, cincuenta, sesenta. Creo que te deben interesar, a mí ya no. Y la cogió y se la llevó a su casa.
El domingo, el día destinado a la nostalgia y a enfangarse en su soledad, mientras veía por la ventana a las familias con sus hijos y sus esposas comiendo juntos, abrió la caja y allí estaba ella: Margarita Carmen Cansino, ella era la que estaba buscando, era la mujer de su vida y él lo sabía, de ese modo raro como sólo él se enteraba de las cosas.
Cogió el aparato, lo enfocó a la foto que tenía delante, la reflejó en la cama (no por nada, no tenía malas intenciones, lo que le faltaba era espacio) y ¡zas! Allí estaba, le sonrió, lo llamó por su nombre y le correspondió con una frase parecida a un siempre he querido conocerte y sólo hasta hoy lo he conseguido.
A la mañana siguiente, después de una velada maravillosa, conversando, cenando, y haciendo el amor, (¿Cómo iba a ser de otra manera?) Se despertó con el olor a café y un cuidado desayuno en la cama: ella seguía allí. La invitó a salir y le compró ropa adecuada, porque en verdad salir con Gilda por la calle temprano estaba siendo muy llamativo. Y así fue cómo, con sus zapatos deportivos, sus vaqueros deshilachados y su camiseta que dejaba al aire su ombligo, Margarita Carmen estaba viviendo una vida llena de amor, caricias nunca compartidas e imágenes estancas que se sucedían a su alrededor. Era feliz por primera vez y él también.
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