Hace más o menos un año, mi amiga Laia me llama por teléfono diciéndome que necesitaba encontrarse conmigo, que era urgente. Pensé, para mis adentros, que en qué líos se habría metido esta vez.
Quedamos en su casa, conversamos un buen rato, de esas cosas de amigas, aunque sabía que no me había llamado por la aventura del sábado en la noche, o porque su jefa le hubiera pedido que hiciera un informe a la hora de salir. De pronto, ante mi negativa de prolongar su parloteo fui directo al grano. Entonces, de uno de los estantes de su biblioteca surgió un sobre marrón, desgastado y un poco manchado por los años, la humedad y algunos dedos curiosos. Recortes, fotos, cartas. Ella sabe que esa es una de mis debilidades, manosear la historia, recomponerla como si fuera un rompecabezas.
Mi abuela me ha confiado este sobre, dice que necesita que yo lo entienda. Ella es demasiado reservada, nunca habla de su pasado. Me dice que necesita que yo sepa esta verdad, que la averigüe. Para eso me pidió que ordenara estos papeles, pero yo soy un desastre y a ti este tipo de cosas se te da mejor, además hay un montón de cartas en francés y el tuyo es más fluido que el mío. ¿Me harás ese favor? Yo nunca le he negado nada a Laia, además tenía mucha curiosidad. Llévate los papeles, hojéalos.
Al desplegar la carpeta marrón que estaba dentro del sobre, inmediatamente me sumergí en ese pasado. Había un paquete de cartas ordenadas por fechas, firmadas por una tal Nadine y siempre finalizadas con la fórmula, J'tembrasse o Gros bisous. La tal Nadine siempre preguntaba por Anne Marie, la pequeña, o por su ahijada. Las primeras que databan del año 1943, insistían en que se cuidaran, que no se metieran en problemas.
Había otro grupo de papeles que comprendían noticias del éxodo masivo de los españoles, también en francés. Me llamó la atención, un papel arrugado dirigido a los exiliados, en castellano, que decía que Franco perdonaría a todos aquellos que no hubieran cometido ningún crimen de sangre.
Comencé a entender que todo el asunto tenía que ver con La Retirada, que así se conoce la huida de casi medio millón de españoles hacia Francia después de la caída de Barcelona. Huyeron por Le Partús, Cerbère, Prats de Molló y Bourg-Madame. El gobierno francés, al verse absolutamente desbordado, abrió campos de internamiento, uno de ellos, el de Argelès-sur-mer. Cesca o Francesca Rius había huido con su marido Jaume Vila, antes de que cayera Barcelona, pensaron que si se iban hacia el interior la cosa se calmaría, pero no fue así, la Guerra Civil bullía por todas partes.
A través de una carta que estaba en otro paquete y que no era de Nadine, porque estaba escrita en castellano, y le faltaba la mitad, alguien narraba la odisea. Habían salido en carro hacia Ripoll, con la esperanza de pasar por Bourg-Madame y tuvieron mucho miedo porque les dijeron que por allí había nacionales, además de que alguno advirtió de un posible bombardeo a las filas de gentes que ya se iban aglomerando. Decidieron cambiar de sentido y continuar hacia Figueres, por allí, les dijeron, el paso fronterizo era menos peligroso.
En otra carta, esta de una tal Carmen, refiere que está más tranquila desde que sabe que por lo menos no los han matado las bombas, que han llegado a Francia, que le cuente cómo es todo por allá y si están comiendo algo. En otra correspondencia con un tal Antoni, dice que es un horror lo que se vive aquí, y que, aunque allá esté viendo niños y mujeres morir de frío siempre tendrán la opción de sobrevivir, cosa que las personas en España ya ni siquiera cuentan con ello. Dice que cada noche oyen los camiones que pasan delante de su casa cargados de presos que se dirigen al Campo de la Bota, y que después de las detonaciones regresan vacíos. Dice que le alegra mucho saber que los exiliados se están organizando para ayudarse, y que no todos los franceses les rechazan, que siempre hay gente bondadosa a tocar, que tenga fe, y acaba con un seguiré rezando por vosotros, amén.
Era muchísima información, la tarea que me encomendó mi amiga me llevó a ver las fotos de Robert Cappa de la famosa maleta mexicana, a leer testimonios de sobrevivientes e ir descubriendo que cada vez que comentaba a mi alrededor algo al respecto, alguno decía: mi abuelo estuvo allí, o mis tías perdieron a un hermano, o tengo una parte de la familia por allá. La historia de Cesca y Jaume no era una historia aislada, estaba metida en un enjambre de historias entrecruzadas, dolorosas unas, esperanzadoras otras.
Un día escuché a alguien hablar sobre la enfermera suiza Elisabeth Eidenbenz, quien, viendo a las mujeres parir a sus hijos en la fría arena de las playas de Argelès, Barcarès y Rivesaltes, decidió darles la oportunidad de vivir, se ocupó de sacarlas de allí y consiguió que le dieran una casa en la villa de Elne. Allí, en esa casa hoy conocida como la Maternidad de Elne, muchos niños que estaban condenados a morir de desnutrición o disentería junto con sus madres, vieron la luz del futuro por primera vez. Tengo un vecino que nació allí y no lo sabía, hasta hoy.
Cesca y Jaume huyeron solos, con poco equipaje, eso lo dice una carta de su hermana Catalina Rius, que refleja que la familia no estuvo muy de acuerdo con esa decisión: habéis dejado atrás el horror para instalaros en otro peor o incierto, pero me alegro de que estéis vivos. Cuídate mucho mi querida hermana, por aquí rezamos por ambos. Espero que ese niño que viene en camino tenga mejor suerte que nosotros. Al tío Eugenio, en Martorell, lo fusilaron hace dos días, esto está siendo insoportable.
Me habría encantado poder leer las cartas de Cesca, aquellas que arrancaban tantas respuestas y consejos. Hay una de marzo del 1941 en la que su hermana la felicita. Me encanta el nombre que has escogido, Anne-Marie, Anna Maria, sea que te quedes por allá o regreses, es hermoso. Me encantaría verla, cargarla. ¿te atienden bien, comes, estás contenta? Suerte de esa familia francesa que os ha acogido de manera indirecta. Me dices que te pasan comida cada día, que dos niños de esa familia se cuelan a través de la alambrada para hacerlo, esa gente se ha ganado el cielo con esa acción. Creo que la madre de esos niños debería ser la madrina de Anna Maria. Cesca tiene una hija en el campo de internamiento, pero ¿quiénes son Cesca y Jaume? Si no lo sé, francamente, me parece estéril seguir, sobre todo si es que tienen alguna relación con Laia o su familia yo no la encuentro, estos nombres no me suenan, su abuela no se llama Francesca, ni su madre, ni hay ningún Jaume, que yo sepa. Se lo comento a Laia.
Todo esto me parece muy extraño, ¿sabes qué? Voy a hablar con mi abuela y que se deje de crucigramas conmigo, o me habla de lo que me quiere hablar o le digo que voy a quemar esos papeles. Así es Laia, impulsiva y sin medias tintas.
Es domingo por la tarde en el piso de Poble Nou en el que desde hace tiempo no pasa el tiempo. Tiene sus visillos de organza, sus tapizados de damasco, su cocina de formica color coral, sus baldosas de flores. Todo es impoluto y atemporal: los portarretratos con las fotos de los nietos, la boda de su hija Marta, el bautizo de Laia.
Según me contó Laia fue directa al grano. Su abuela, con la frialdad que le caracteriza le explicó esta historia. No soy de mucho contar y menos de las cosas de las que no estoy orgullosa, pero creo que hicimos lo mejor. Cuando Cesca y Jaume llegaron todos temblábamos de miedo porque la represión estaba siendo muy dura. Sabíamos de muchos que habían regresado, los habían venido a buscar de madrugada y los habían fusilado, temíamos ese final para Jaume. Nuestra familia era muy católica y no quería problemas. Aquí en casa los acogimos de la mejor manera. Jaume comenzaría a trabajar en la fábrica de gas, mi padre se lo había conseguido, aunque sabíamos que era un rojo. Yo quería muchísimo a Cesca, era mi amiga. A Jaume lo vinieron a buscar de madrugada y no volvió nunca más, Cesca no lo pudo soportar y un día amaneció muerta, se ahorcó. Su familia quedó destrozada y la nuestra propuso una solución: nosotros nos quedaríamos con la niña, la inscribiríamos como nuestra y nunca sabría su pasado, era lo mejor. Su familia accedió.
Laia me cuenta que no podía dejar de imaginar esa terrible historia, preguntó lo impreguntable, si ella era la hija de Anna Maria y su abuela le dijo que sí. Y entonces, continuó con su petición. Quería que buscáramos a esa familia francesa, a Nadine que nunca supo nada más de sus amigos ni de su ahijada, que les contara la desdichada historia, pero que por sobre cualquier cosa, les diera las gracias por todo lo hecho. Laia y yo nos miramos las caras, ella visiblemente conmocionada, yo igual. Había escuchado a tanta gente de aquí hablar del horrible comportamiento de los franceses con los españoles de la Retirada y ahora encontraba una historia al revés, pensaba que, si no hubieran regresado, Jaume y Cesca estarían vivos, y nunca habría conocido a esta amiga tan querida.
Un sábado en la mañana cogimos rumbo a Argelès, su mercadillo bullía de gentes mientras nosotras buscábamos un lugar para aparcar. Teníamos una dirección, la última de Nadine, la que aparecía en la última carta que jamás fue respondida.
Delante de una casita de ladrillos vistos, adornada con unas buganvilias en la entrada, en uno de esos pasajes adyacentes a la iglesia, tocamos la puerta y preguntamos por Nadine a un hombre de unos sesenta años que gritó, Maman, il y a quelqu'un ici qui veut te voir. Y luego, cambiando a un español muy rudimentario nos dijo que esperáramos. Nadine apareció delante nuestro como una caligrafía que se hizo carne, era la dueña de aquellas palabras que conocía tan bien. Se nos quedó viendo, se fijó en ambas, pero su mirada penetró en Laia, y la abrazó. ¡Debes ser hija de Anne Marie, eres idéntica a Cesca!
Nos hizo pasar y nos contó aquella historia, llamó a su hijo, le suplicó que le avisara a su hermana, eran los niños que se colaban por la alambrada para llevarles comida a Jaume y Cesca. Nosotras, desgraciadamente, terminamos de contar el resto: Anna Maria creció como Marta, hija de Ester y Joan. Laia era hija de Marta y Josep. Marta, o sea, Anne Marie está muy enferma, por eso no pudo venir y no sabe nada. Nadine lloró. Nadie sabe lo que nos costó seguir sanos y salvos, de no ser por los españoles nunca habríamos podido organizarnos como resistencia aquí, en el sur de Francia, porque ellos sabían de guerrillas y sabotajes, mi esposo y yo los encubrimos y fuimos miembros activos de la resistencia, nadie iba a sospechar de una familia como la nuestra.
En el piso de Poble Nou siguió sin pasar el tiempo. Ester continuó viviendo su desgraciada vida mientras, para su pesar, la muerte tardaba en venir. No habría jamás paz para aquella que hizo la llamada acusando a Jaume, ni tampoco para aquella que se lo confesó a Cesca.

Que es lo que hace que las personas, ante semejantes adversidades, tengan "la voluntad" de seguir adelante? Para mí es un misterio. La vida misma nos empuja a sobrevivir. Las guerras: lo vemos cada día. Y, sin embargo, en medio del desastre, hay historias bonitas, como esta.
ResponderEliminarAsí es, la humanidad no puede nunca desvincularse de la esperanza o la bondad, pese a sus denodados intentos.
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