En las conocidas laderas de Cacerill, todos nos conocemos. No es fácil porque nuestras referencias no son nuestros padres, ni la casta a la que pertenecemos, ni siquiera nuestro parecido. Desde tiempos inmemoriales nuestro pueblo luchó por una única cosa: no promover la identidad como aquello en lo que se asienta la conciencia. Sabemos que era una idea tan absurda que contrastaba con el denuedo con el que se llevaba a cabo.
Así comienza su discurso cada año el gobernador de turno de aquel hermoso valle rodeado de laderas fértiles, bosques frondosos y una fauna maravillosa envuelto por el mejor de los climas, aunque su historia, tan singular, hoy nos parece un poco rocambolesca.
Y es que la costumbre allí obliga a apartar a los recién nacidos de sus padres para intercambiarlos. En primer lugar, con ello se evitaba el riesgo del parecido y la herencia y en segundo lugar, como los padres lo sabían, hasta lo deseaban porque no querían tener a un ser caprichoso que estuviera siempre excusando sus defectos o sus virtudes gracias a su filogénesis. Eso provocó que por ley se suprimieran los apellidos y todos compartían el mismo: Cacerill, como el sitio. En otras comarcas ya sabían de lejos cuando una familia venía de allí porque ninguno se parecía y no hacía falta ni preguntarles el apellido.
En Cacerill las parejas podían permanecer juntas el tiempo que quisieran, aunque se aconsejaba cambiar para evitar conflictos de identidad, es decir, para evitar que se fueran mimetizando con el tiempo, cosa que ocurre a menudo entre las parejas. Es cierto, y cabe decirlo, que no era fácil estar comprometido en un lugar en el que da lo mismo que no conozcas al tío que se te asignó, o al suegro, aunque el asunto de la monogamia se lo tomaran muy en serio por aquello de las reasignaciones de familiares. En este aspecto todavía pasados los años había los defensores de la monogamia estática y los de la monogamia dinámica.
El origen de esta costumbre viene de tiempos inmemoriables. Sucedió que un día, a partir de una herencia, las tierras del pueblo fueron repartidas entre dos familias: los Arquególaga y los Defiruendos, eso fue una sangría que acabó con la paz en el valle. Nunca pudieron ponerse de acuerdo sobre los límites, como tampoco sobre la cantidad de tierra que tocaba a cada uno. Llegaron a extremos absurdos, como cuando Arispo Arquególaga quiso hacer un censo de hormigas en ambas tierras y repartirlas luego a partes iguales, a lo que Evilasio Defiruendos respondió con fuego abierto, tenía muy mal carácter y un odio insano hacia los insectos, pero es que Arispo también era un provocador.
Al suceder este contratiempo, otros familiares abogaron por la paz, ofreciéndose como intermediarios e incluso sugiriendo que olvidaran la rencilla y que unificaran la tierra otra vez, como antes de la muerte del patriarca. No hubo suerte y siguieron años de lucha encarnizada, que si ahora el uno suelta una bandada de pájaros pitohui en las tierras del otro, que si el otro ofrece las tierras a colonos acordionistas. Y de allí al desastre final no pasaron sino dos semanas.
Sucedió que los acordionistas atraídos por los bellos colores de los pitohui quisieron atraparlos para tenerlos en casa y enseñarles a seguir el ritmo del acordeón. Pero, antes de que ambas cosas fueran posibles, aquellos que los atraparon murieron envenenados porque estas son aves cuyo plumaje tiene un alto porcentaje de neurotoxinas alcaloides. Evilasio tomó aquello como una afrenta diciendo que Arispo las había enviado para matar a sus colonos acordionistas, y para colmo también murieron unos primos de ambos que estaban aprendiendo a tocar el acordeón.
Cuando llegaron al lugar, avisados por los tíos de ambos, tanto Arispo como Evilasio se miraron las caras compungidos, cogieron las escopetas y mataron a todos los pitohui al vuelo, a esta algarabía se unieron todos los primos, sobrinos, hijos y abuelos y, dicen que, aprovechando la confusión se mataron todos entre sí, no se sabe si por fuego amigo o enemigo porque tampoco se sabe si murieron disgustados o reconciliados.
La cosa es que una vez que pasaron las máquinas quitanieves por el lugar, ya nadie más quiso saber de herencias ni de muertos, y fue entonces cuando Cacerill, que así se bautizó el lugar, se convirtió en un pueblo pacífico debido a su impecable sistema de desidentificación. Por eso se procedió a destruir todo el registro de nacimientos y árboles genealógicos, las familias fueron recompuestas, es decir, la madre de uno pasó a ser madre de otro, y los padres también y los primos, todo intercambiado por ley. Ante la extrañeza de sus habitantes, se les explicó que esta era transitoria y que con los años se acostumbrarían. ¿Y se acostumbraron? Sí, y hasta lo agradecieron, sobre todo cuando había reuniones familiares como los bautizos, las bodas, las comuniones y también la Navidad.
Todo el mundo sabe lo aburrida y, en algunos casos, hasta peligrosa que puede ser una reunión familiar. Por alguna razón los conflictos se avivan cada vez que se reencuentran los familiares, esto es inevitable porque el primo es el mismo, el cuñado es el mismo, el hermano es el mismo, y el padre y la madre, y la hermana, y la cuñada y la prima. Ni hablar de abuelos, suegros o padrinos. Una panda de borrachos, sabelotodos, saheridores, impertinentes e intransigentes desfilan, sin aviso y sin protesto, delante de nuestras empobrecidas almas. Madres y hermanos con opiniones diferentes, padres que siempre quieren tener la razón, en fin, en Cacerill eso se acabó ya que se cambiaron todos los parientes, pero no el parentesco. Y fue muy bueno porque en todos los casos estas nuevas familias se llevaban bien, e incluso llegaban a hacer comparaciones con la anterior, y no es que no tuvieran cariño familiar, lo seguían teniendo, sólo que ahora no era improvisado ni forzado, sino que era un deber con la comunidad. Las familias se volvieron más dinámicas, porque te podía tocar un tío del que no sabías nada, pero que fingía conocer tu historia, porque era de obligación saber la historia familiar que el gobierno había diseñado por el bien de todos. Tu padre sabía que no eras su hijo biológico y lo agradecía porque prefería los defectos de un desconocido que los de su querida esposa. En cuanto a la raza, todos estaban contentos, pues si había diversidad racial, todos quedaban mejor en la foto y ninguno era más hermoso que otro.
Desde entonces la vida en Cacerill discurre tranquilamente, aunque siempre hay alguno que quiere recordar aquello de las familias estáticas (como las llaman allá).
Cada año se commemora la sangrienta batalla del Río Limón, en la que dos familias acabaron con casi todos los habitantes. Es por ello que el día nacional de Cacerill celebra este hecho, para que no vuelva a suceder. Y por si fuera poco y para ser verdaderamente inflexibles, se prohibieron los acordeones y los pájaros pitohui en todo el valle.

Una historia fantástica!
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