Todos saben cómo es la vida en El Paraíso, y todos los que viven ahí se jactan de su tranquilidad como si fuera una condición exclusiva a la que están obligados. A través de sus ventanas disfrutan de la tranquilidad de las mañanas antes de que comience el ajetreo de transportes escolares y niños corriendo porque llegan tarde a la escuela. La gente comienza su rutina camino a la parada del autobús que los llevará al otro lado de la ciudad, y los más afortunados, porque en El Paraíso eso también existe, se suben a sus autos americanos enormes y se van a trabajar al Este en alguna petrolera americana o al Centro a algún ministerio. Es interesante saber que entre todos ellos se conocen, incluso son capaces de identificar las casas por el apellido de sus habitantes: los Herrera, las Leal, las Diamante… ese gentilicio siempre conlleva alguna que otra habladuría, sin pecado, claro.
Yo iba reconociendo las características de ese espacio porque habíamos ido a menudo a visitar a mis tíos con su casa moderna e impoluta, y ahora, como ya se sabe, mi liceo está en El Paraíso, pero en aquel que llamaban El Paraíso Viejo, entre la plaza Madariaga y el Puente Junín. Ahí todo era viejo, pero con clase: casonas amplias al estilo de las villas españolas de principios del siglo XX con grandes jardines, muchos árboles y, algún edificio pequeño de arquitectura cincuentona. Mi liceo estaba justamente en una de esas casonas grandes reconvertida.
Cuando pasaba por ahí con mi mamá, el espacio se llenaba de otras historias diferentes de las que me ocupaban a la salida o a la llegada del liceo. Justo un día, cuando veníamos de casa de mis tíos, el autobús pasó por delante de un edificio feo y viejo que me sorprendió y se lo comenté a mi mamá. Ella enseguida, señalando ese edificio feo y gris, me dijo que allí estuvo la temida Seguridad Nacional de los tiempos del Dictador Pérez Jiménez. Nunca imaginé que a esa pregunta se tejerían dos historias paralelas: una familiar que era harto compleja, y otra, digámoslo así, de educación democrática.
Empezaré por la más fácil: la de educación democrática, o sea, la pedagógica. Mi madre siempre había sido vigilante de enseñarnos que una dictadura era mala y punto. Contaba que el dictador había caído un año antes de yo nacer, y que lo mejor era la democracia con todos sus defectos. Mi madre, particularmente, era crítica con los partidos del establishment y siempre nos recordaba que había que vivir según nos conviniera a los más pobres y que todo lo que lográramos en la vida estaba fuertemente ligado a nuestros esfuerzos, eso explica que hayamos tenido becas y ayudas que dependían de nosotros y no de un carné. Esta explicación me chocaba un poco con el talante de las gentes de El Paraíso, a quienes parecía no afectarles en lo absoluto la vida más allá de su Edén, fuera política o no.
Sin embargo, en El Paraíso Viejo estaba ese edificio que ahora mi madre señalaba y que estaba dispuesta a contarme todo lo que sabía de él. Ahí estaba la Seguridad Nacional, decía. Lo veo en pie, pero tapiado. Para mi sorpresa, como respuesta a mi pregunta, me dijo con tono grave que ahí torturaban a la gente que estaba en contra de Pérez Jiménez. Y yo la escuchaba atentamente como si ya supiera entonces que yo estaba predestinada a escribir sobre esto.
Mi madre, que era muy buena narradora, era emotiva, ordenada en las cronologías y nunca le faltaba esa pizca de humor o ironía que demuestran los narradores inteligentes. Quizá sin querer a través de su relato me llevó al lugar en el que torturaron y asesinaron a personas inocentes por pensar diferente al régimen, que estaba localizado ahí, justamente en El Paraíso, con sus calles arboladas cuya tranquilidad cotidiana sólo se veía afectada por el canto dulce y melódico de los sapitos que comenzaban, sin falta, cada día a partir de las seis de la tarde. Para mí era imposible imaginar que tanta calma pudiera ser arrasada por los gritos y la muerte que se daban cita en aquel lugar, a ella le tocaba hacérmelo entender.
Sin embargo, si he de ser sincera, quizá por un asunto de economía, no insistía en que me contara esa historia. Sentía que no tenía nada que ver conmigo, que era parte de los libros de historia y que yo era aún muy joven para formar parte de eso. Mi imagen del mundo era escueta y la resumía en que para salir del centro de la ciudad era necesario tener otro lugar al cual aspirar y, para mí, eso era El Paraíso.
Mi madre era incansable cuando se trataba de tejer historias y sabía muy bien cómo captar nuestra atención, y digo nuestra porque quiero imaginar que hacía lo mismo con mis hermanos. Así un día se sacó un as de bajo de la manga, era la otra historia que se escondía detrás de la historia oficial de la Seguridad Nacional y que nos tocaba a nosotros, como familia.
Entonces me explicó, aquella tarde, bajando por Puente Junín, lo que era un esbirro. Enseguida entendí que era un tipo muy malo que torturaba a inocentes. Me contó de Rosarito, su prima, madre de seis hijos con ideologías diferentes, fue víctima de la dictadura. ¡Rosario, esa señora simpática siempre risueña y de conversación ágil y refranera, no podía ser! Rosarito vivía en El Silencio, y yo conocía a esos primos segundos: Manuel José, Gilberto, Edecio, los morochos y Álvaro al que la Seguridad Nacional mató por guerrillero. Ella se compadecía de su prima porque, según decía, en esa casa había de todo: dos militares, un comunista, un adeco, y el mayor Manuel José, que había sido esbirro. Ella contaba que cuando mataron a Álvaro se congregó gran cantidad de gente en el velorio, entre los cuales estaban sus compañeros de lucha, y que, por otro lado, estaban los militares amigos de sus hermanos, y detrás de ese tumulto estaba la Seguridad Nacional intentando rodearlos para llevárselos presos a todos, menos a los militares. Que hubo un momento de gran tensión en el que los militares se enfrentaron a la SN, con disparos al aire y pidiendo que dejarán en paz a sus familiares, que ya habían matado a Álvaro y que no podían añadir más sufrimiento a su familia, Manuel José también estaba llorando a su hermano, y fue él quien les pidió a sus compañeros de la SN que se marcharan, que hoy no era el día adecuado para actuar. La SN se marchó.
Esa historia, entre árboles frondosos, me calaba por dentro. Yo hacía preguntas, y si no las hacía, ella me las hacía a mí: ¿Te imaginas el dolor que puede sentir una madre al ver a un hijo muerto? ¿Te imaginas la angustia de Rosarito? Yo estuve ahí, pero cuando vimos el panorama y cómo comenzaron a llegar, por un lado, los adecos y los comunistas, por otro los de la aviación, por otro, los de la marina, por otro, los compañeros de Álvaro y luego, Manuel José y los esbirros… nos temimos lo peor y nos fuimos.
Entonces me hice adicta a ese relato y con mis preguntas, ella se crecía en explicaciones, suposiciones y opiniones. Decía que en la madrugada allanaban la casa de Rosarito en busca de panfletos comunistas que ella escondía bajo su camisón de dormir, que seguramente esos que allanaban su casa eran compañeros de Manuel José “El loco” también conocido como "Cielito Lindo", por el lunar que tenía junto a su boca, según decía ella, haciendo referencia a la conocida ranchera. Y mientras yo imaginaba fotogramas en blanco y negro, hombres con trajes cruzados y zapatos brillantes, coches americanos enormes (si negros mejor) corriendo y frenando a toda prisa delante de una casa colonial en el centro de Caracas, tocando con sus puños las gruesas puertas de maderas con su ruido ensordecedor a las tres de la madrugada y Rosarito, blanca muy blanca, les abría, temblando por dentro y agarrándose el vientre para que los panfletos no se cayeran al suelo, mientras, el ruido de los sapitos y la suave brisa de El Paraíso, ponía el contraste para poder proyectar, sin contratiempos, esa película en mi mente.
En la vida que todos vivíamos, los hijos de Rosario aparecían en nuestras fiestas con su sentido del humor, ocurrentes, hermanados como hermanos. Manuel José solía visitarnos en nuestra casa de San Juan, al igual que Gilberto y Edesio con su impecable uniforme blanco de la Marina. Eran cariñosos y afables, eran los hijos de Rosarito, y yo los veía detenidamente para intentar descubrir algún fragmento, alguna grieta que revelara la fatal historia. Nada, no quedaba nada de ese pasado, quizá borrado por el mismo dolor, acaso sellado por el cariño de los hermanos o por el respeto a la madre.
Con los años creía que olvidaría esa historia, pero no era posible porque el edificio maldito quedaba a escasos metros de mi liceo. Seguía siendo lúgubre, seguía tapiado, seguía siendo el lugar en el que se dieron cita la muerte y la infamia. Pensaba que en El Paraíso ese sitio estaba de más. Pero, ya lo he dicho, en El Paraíso no todo es lo que parece y siempre se impone una justicia particular.
Un día quise saber si ese Manuel José que yo conocía, simpático, con apariencia de bonachón, corpulento y grande, hijo de Rosarito podía ser un esbirro como mi madre contaba. La respuesta fue sí, era José Manuel Hernández Sandoval, alias “El loco”, condenado a cuatro años de prisión por lesiones a un detenido.
Todo era posible en El Paraíso, también la deshonra, pero allí no había lugar para la impunidad y por eso ni Rosarito ni su familia, nunca, vivieron ahí.
Muy buen relato, desde El paraíso que también yo veía como una meta, allí vivían las Planas, y conocí la casa de tu tío , pero lo mejor fue el recuerdo de Catalina , su voz, y su risa inolvidables para mi 🫶
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