Con su chaqueta de Tweed marrón y su paraguas siempre a punto le podías ver esquivar de manera sistemática el centro, él conocía sus razones y trataba de mantenerse sereno porque su trabajo siempre lo requiere, cruzaba el puente de Vauxhall y llegaba ahí a Thames House porque trabajaba en el MI5, el Servicio de Seguridad, tan popularizado por el agente 007, Bond, James Bond. A veces, quienes le conocían bien (y le soportaban), le hacían la broma, pero él, que sufría de gelofobia, miedo a ser objeto de burla, cortaba en seco el comentario. Quizá esta era razón por la que no tenía muchos amigos, la gente no entendía que no pudiera disfrutar con un buen chiste malo.
Cada día, al llegar a casa oreaba su traje completo, la chaqueta de tweed era repasada varias veces con aquella maravillosa plancha de vapor vertical que quitaba todos los olores que había atraído durante el día: el restaurante en el que comió, la panadería en la que compró el pan, la tienda de perfumes que visitó hoy para comprarle el regalo de cumpleaños a su madre, ¡ni que decir del metro con sus variopintos aromas! Nunca nadie le había dicho que oliera mal, todo lo contrario, aquellas chicas con las que había salido, siempre se fijaban en ese olor a limpio, a su colonia con la que impregnaba los lugares por donde pasaba. Sí, él sabía que padecía de autodisomofobia, que es el miedo extremo a oler mal. Por eso siempre estaba con el desodorante bucal y corporal, o lavándose las manos, u oliéndose la ropa. En el trabajo le decían que nunca llegaría a ser agente secreto porque lo reconocerían por el olor, doble disgusto por el mal chiste y por la referencia a su olor personal.
Cuando le tocaba pasar por la elegante Bond Street con sus escaparates de tiendas supercaras, lo pasaba muy mal. Casi que se le aceleraba el pulso y comenzaba a sudar, lo cual, además, le provocaba el ataque de autodisomofobia, que sólo podía controlar entrando a alguna tienda, decir que estaba interesado en probarse alguna prenda para así poder entrar en el vestidor y verificar que todos los olores estuvieran en un nivel aceptable, a sabiendas, claro está, de que los normales: el smog, el del restaurante, y el suyo estaban ahí y tenía que soportarlos hasta que el vapor esta noche, y la ducha, hicieran su trabajo de neutralización. La cosa es que en Bond Street trabaja su novia, la cosa es que en Bond Street hay demasiados espejos y a él, particularmente, no le gustaba verse reflejado en ellos, se llama eisoptrofobia. Lo mismo le sucedía cuando llovía y tenía que verse reflejado en los charcos, o cuando caminaba al lado del Támesis y veía esa sombra maltrecha que decía que era él. En el trabajo, a veces, tenía que soportar que le dijeran si se había visto en el espejo por lo pulcro y bien vestido que iba, una especie de mal chiste irónico sobre su aspecto, que, ya sabemos, lo que le provocaba.
Su vida era normal, cuando la gente conoce sus limitaciones hace de los pequeños escollos parte de su autobiografía, que algunos interpretan como rarezas, manías, y otros, en cambio, lo encuentran insoportable hasta el punto de, que si hay poco aprecio o interés por esa persona, estas son excusas perfectas para romper cualquier vínculo con ella. Este no era su caso, porque, en general, era bastante amable.
Ahora tenía una novia que había conocido, precisamente un día que se desvió por Bond Street porque rehuía el bullicio de Picadilly Circus, y para no bajar por la concurrida Regents hasta la Royal Gallery, no porque tuviera una agorafobia, ya que, en general los espacios abiertos le encantaban, sino porque sentía una verdadera repulsión por el viento, catalogada como ancrafobia. Y justo por ese miedo irracional, que lo llevó a desviarse, aunado a su conocida fobia a oler mal, su autodisomofobia, que lo llevó a entrar en esa tienda a comprobarlo, pero la tienda estaba llena de espejos y eso le disparó su eisoptrofobia, aun así decidió probarse un batín de seda, como excusa para estarse en el vestidor un buen rato mientras respiraba y controlaba su sudoración y su malestar. Pero no contó con que al ver esas hermosas manos blanquísimas, envolver con sumo cuidado en papel de seda el batín azul, sufriría una descarga muy parecida a un rayo, a eso no le tenía miedo, por lo que fue libre de sentir un placer inconmensurable.
Contra todo pronóstico hizo de su paso por Bond Street una rutina, porque más le podía ese recuerdo de esas manos, esa voz cálida y esa sonrisa que todos los reflejos del mundo en una calle plagada de reflejos. Entonces cerraba los ojos y pensaba en cómo articular esa próxima frase, cómo justificar su paso por la tienda. Decidió no pensar, pero su miedo a la imperfección, conocido como atelofobia, le iba jalonando hacia otra calle, a un paso más ligero, a ocultarse en otro vestidor, a olerse la solapa. Entonces, se detuvo y vio hacia el cielo, detalló todas las fachadas y sintió anablefobia, un miedo irracional a mirar por encima de su cabeza. Aun así, respiró profundo y siguió, sudando y hecho un guiñapo, entró en la tienda con la excusa de preguntar si podía cambiar el batín, ella amablemente le respondió que sí.
Amanece otro día en su vida normal. Sus compañeros le saludan y hacen algún chiste malo, como siempre, sobre el tiempo, la política o el último ganador del Got Talent, le es igual, no los soporta, pero sonríe como parte de la dinámica social, siempre había tenido miedo a ser observado, es escoptofobia. No quiere destacar, quiere pasar desapercibido, pero no para ella.
Enfundado en su chaqueta de tweed marrón, sale del MI5 y se dirige hacia la estación de King Cross, previendo alguna espera, cosa que le saca totalmente de quicio, ya que se trata de una simple macrofobia, miedo a las largas esperas.
No vale decir, que esa devolución le llevó a una invitación a cenar, adornada con alabanzas sobre la simpatía, la belleza y otras cualidades más, pertinentes en estos casos. Y como tiene miedo a fracasar, atiquifobia, se cercioró de no ver anillos en esas manos blanquísimas, ni sombras de ninguno, preguntó descuidadamente, si acaso le gustaría aceptar su invitación para conocerse más. Porque, suele suceder que cuando una persona conoce sus propias limitaciones, es más asertiva y más sincera ¡ya bastante tiene con mantener encerrados a sus propios demonios!
Esa tarde él la fue a buscar tal como lo acordaron. Había sido un día casi perfecto, no hubo esperas en el metro, tampoco chistes malos, y en cuanto a su olor corporal, estaba absolutamente controlado, tampoco viento, no miró hacia arriba, se repitió mil veces la frase: todo va a salir bien, y así fue. Fue al verse, ya fuera de la tienda, cuando se reconocieron como dos enamorados. Él le ofreció su brazo y ella se adhirió con toda naturalidad, como si siempre hubiera sido así. La invitó a un trago y hablaron como si siempre lo hubieran hecho. Después de la cena, llegaron algunas confesiones.
Ella le dijo que a veces se sentía un poco rara, que no todo el mundo lo sabe, porque ella es cuidadosa de no ponerse en situación, pero que sufre algunos miedos irracionales. Le teme a las tormentas, o sea es brontofóbica, él le contestó que siempre la abrazaría ante cualquier cambio atmosférico, que el universo no osaría a interponerse entre ellos, le besó las manos. Ella le dijo que había algo más, era coulrofóbica, por tanto, no podrían nunca ir al circo por miedo a los payasos, él le contestó que no había problema porque él era gelofóbico, rieron al unísono. Ella insistió en una última cosa, sentía muchas veces miedo a ser envenenada, por lo que siempre le pediría que probara su comida antes, se llama iofobia. Él se le quedó mirando sorprendido, de pronto la música, esa que le acompañaba todo el rato, cesó porque pensó que ella estaba dispuesta a verlo morir envenenado que a morir ella, ¡un poco egoísta de su parte!
Pero, el amor es así, se reanudó la música, y él sólo le dijo que a lo único que más temía en este mundo era a que ella fuera filosfóbica, habesfóbica o ablutofóbica. Ambos rieron, ella lo tranquilizó: ¡de eso nada!
Y la noche discurrió tan bonita, sin payasos, sin viento, sin olores extraños, sin venenos, sin tormentas, sin fracasos, sin esperas, sin observadores, sin espejos, ni charcos... porque, la vida, en general, está más hecha a la medida de nuestras ilusiones que de nuestros miedos, mientras haya alguien que siga bajando por Bond Street.

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