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¡Otra de Bollinger, por favor!

Francisca siempre fue muy espabilada. De pequeña, y eso lo recuerda su mamá Anna Marcillo, era experta en engañar a todos. Un día, a los cuatro años llegó a casa con una buena cantidad de dinero en los bolsillos, llevaba la cara sucia, estaba despeinada y se había roto una manga de la bata escolar. Asombrada le preguntó qué había pasado y de dónde había salido ese dinero, Cesca le explicó que estaban jugando en el parque y que se disfrazó de mendiga y se puso en la puerta de la iglesia. Anna no lo podía creer, la riñó, la castigó, pero no podía devolver el dinero, cosa que, al fin y al cabo, siempre contaría como una victoria en la inocente cabecita de Francisca.

Ya adolescente, como le gustaba escribir y se le daba muy bien, corrió la voz en el instituto de que, por un pago convenientemente pactado, era capaz de escribir notas de disculpa, permisos e incluso amonestaciones a los profesores firmadas por padres ficticios. Sus compañeros, todos, de todo el instituto eran sus clientes: que si hoy mi hijo ha estado con náuseas y no ha podido hacer los deberes, que ayer faltó porque su abuela..., que mañana no podrá venir porque..., que le ruega al profesor que explique de nuevo..., o que no ponga deberes tan difíciles y un larguísimo etcétera, hasta que se dieron cuenta de que las notas eran demasiado frecuentes. Había que reconocer que el esfuerzo de Cesca por cambiar la letra e imitar las firmas era digno de un artífice del engaño.

A sus padres les preocupaba esta tendencia a la falsedad y la mandaron a estudiar a Barcelona, se alojaría con la tieta Carme que vivía en el Poblesec. La niña, que era muy inteligente, decidió estudiar en la Facultad de Bellas Artes. Allí conoció a un montón de facinerosos artistas intelectuales, que disfrutaban haciendo pequeñas trampas tanto en los estudios como en la vida real. Cuando entró en el grupo de teatro descubrió, sin sorpresa, que era muy buena actriz, fue entonces donde perfeccionó el arte del engaño. 

Una noche después de un montaje muy particular de los Pastorets, Cesca salió triunfante, espléndida como es ella, con esa hermosa melena rubia. A la salida del teatro, que estaba en Sabadell, quedaron todos para tomar algo, entonces Manu, que estaba en la mesa de enfrente, la vio y se enamoró de ella al acto (nunca mejor dicho si se trata de una actriz). Ese amor, le costaría a Cesca sus estudios, su relación con la familia y la llevaría a un futuro que jamás se podría haber imaginado.

Así se convirtió en la Paqui, esa mezcla explosiva de dos culturas: la propia y la adquirida. La propia es la de la niña catalana conservadora, de los Palau i Marcillo de Olot, que enviaron a la niña a estudiar a Barcelona y a vivir en el Poblesec con su tía. ¿Y la adquirida? Lejos de lo que se pueda pensar, no es la cultura universitaria a la que estuvo expuesta, sino aquella que se le pegó de su marido Manolo, la que la llevó a vivir a Gràcia y estar en plena movida de la rumba catalana con Peret, el Pescailla y el Gato Pérez.

Cesca, ahora Paquita, también se enamoró perdidamente de Manu, ahora Manolo. Jóvenes, guapos y atrevidos, podrían haber escrito un libro de sus correrías como si de unos Bonnie anda Clide gitanos catalanes, se tratara. A ambos les unía un desapego total a la responsabilidad, a lo convencional y al compromiso, por eso vivieron en Francia y en Portugal, adónde iban a vendimiar, por supuesto, con Lléferson a cuestas, ese hijo que llegó por accidente, aunque a ella ya le pareció que estaba bien porque todo en su vida, había sido  atropellado. 

Paquita se sentía como en casa siendo paya, pero se esforzaba por ser gitana como la mejor de ellas. Ese desparpajo, esa manera de entender las reglas, esa defensa de la libertad a ultranza y, sobre todo, el poder vivir sin apegos, con respeto absoluto a sus costumbres, más una defensa única de su identidad, le calaban hasta los huesos. Francisca Palau los admiraba y Paquita Carmona, que así se hacía llamar porque había tomado el apellido de su Manolo, también.

Hoy recordaba el día en el que saliendo de un ensayo del grupo de teatro se le ocurrió una idea. Estaba muy bien vestida porque así lo exigía el papel que interpretaba, la acompañaba la Trini, Trinidad Escudero. La Trini era una gitana, muy guapa y casi tan deslumbrante como la Carmen Amaya. La cosa es que se le ocurrió hacer una travesura, irían caminando a la Gran Vía, y entrarían al Hotel Palace a tomar una copa. La Trini se le quedó viendo incrédula, le contestó que estaba loca, ella la convenció con un ya verás.

Muy decididas, atravesaron la imponente puerta con su alfombra y cortinas rojas, sus candelabros y su petulancia. No miraron a su alrededor, ese era el plan. Un botones les salió al encuentro, quizá para hacerlas desistir de entrar, pero, ella se le adelantó, lo miró por encima del hombro,  se deshizo de su abrigo, diciendo al mismo tiempo: ella viene conmigo, es mi asistenta. Trini hizo lo mismo y el botones, diligentemente cogió una ficha del ropero y se las entregó.  La belleza de ambas mujeres lo descolocaron.

Pidieron dos martinis, aunque, como era de esperar, ninguna de las dos traía dinero. Ella comentó que eso no era impedimento, que ya se las arreglaría para que las invitaran, o sino para no pagar y salir corriendo. Trini se rio al recordarle que antes de salir de ahí necesitarían sus abrigos, ambas brindaron por su astucia. Conversaron sobre el lugar, disfrutaron de su lujo, imaginaron cuantas celebridades y gente rica podrían haber pasado por ahí, mientras ellas en su pisito de Gràcia hacían tortillas de patatas y se conformaban con escuchar al loco de Pedro Pubill cantar su Burriquito como tú que no sabe ni la U. Pidieron el segundo Martini,  se lo estaban pasando bien, hasta que llegó el momento de pensar en irse antes de ponerse bolingas. 

Ella dijo que no sabía cómo iban a pagar aquello, la Trini se rió y le contestó que ya lo sabía antes de entrar. Ella encendió un cigarrillo y dijo entre risas: y si simulamos un incendio, o sea, si le prendo fuego al mantel, tú tiras lo que queda del Martini en la esquina contraria, porque no se trata de apagarlo, ambas gritamos y salimos corriendo gritando fuego, fuego, y en plena confusión, cogemos los abrigos y nos vamos, ¿te parece buen plan? Rieron, porque no sonaba del todo descabellado, era un poco exagerado pero, lograrían su cometido que era no pagar la cuenta.

En eso, la mirada penetrante de un hombre las dejó en silencio porque era terriblemente atractivo. Les sonrió y las invitó a hacerle compañía. Ella murmuró: este payo va a pagar los martinis. Tenía una cabellera negra y abundante que enmarcaba perfectamente su rostro blanco con esos ojos azules intensos, su sonrisa era seductora, ella supo enseguida que si se levantaban e iban a esa mesa, el plan de incendiar el hotel se iba a la borda y se sustituiría por el de engañar a ese hombre. Le sonrieron en consecuencia. Al llegar a la mesa, él caballerosamente abrió sendas sillas para las dos damas, tenía un castellano muy rudimentario, hablaba inglés. Ella se entendió con él e inició una charla muy animada en la que no faltaron los lugares comunes, y otra ronda de martinis, bromearon con lo de las dos aceitunas como lo hacía James Bond, y al tipo le salía perfecto el clásico Bond, James Bond, porque era británico como el 007.

Ella quería divertirse esa noche antes de llegar a casa a lo de siempre: el biberón de Llefri, Manu con su ropa para la lavadora y sus zapatos sucios, pidiendo la cena con un poco de malhumor porque la situación económica lo tenía agobiado. Trini, por su parte, le seguía la corriente porque también necesitaba huir de la rutina con Cándido con su ropa para la lavadora y sus zapatos sucios, pidiendo la cena con un poco de malhumor porque la situación económica lo tenía agobiado. 

Ella instó a Trini a que le siguiera la corriente y arrancó con un parlamento en inglés mediante el cual le explicaba al caballero que su asistenta, que es gitana, leía la mano. Entonces lo ilustró sobre lo que es un gitano, exageró cualidades, construyó un relato tan fantástico que ni en las mil y una noches podría haberse superado. Envuelto ya por ese halo de misterio, el inglés cayó rendido al encanto de las exóticas mujeres y pidió que, por favor, le leyeran la mano. Acto seguido, le ordenó al camarero que lo llevara a un reservado y le trajera  una botella de Bollinger, el champán que suele beber 007. Trini comenzó su actuación mientras Paqui la iba traduciendo, poniendo un poco más de color en todo. Ambas se sorprendieron por lo que iban descubriendo: la vida de este hombre, era increíble: emocionante, con dinero, fama y un anillo que seguramente les resolvería algunos problemillas económicos y que Trini no dejaba de tocar, para saber cuán apretado le quedaba. Ella también le  puso el ojo al reloj, pero no son raterillas ni ladronas, aunque estaban pensando en cómo hacerse con ellos. 

El tipo la estaba pasando muy bien y ellas también. Llegó otra botella de champán.

La Trini siguió metiendo retazos de quiromancia en la conversación para hacerlo sentir generoso, espléndido y derrochador, y tanto fue así, que él mismo les confesó que tenía mucho dinero. A ella se le ocurrió, entonces, decirle que erán actrices, que estaban casadas y que no eran prostitutas, que no se equivocara con ellas. Él rió estertóreamente, quizá por culpa del alcohol, las abrazó, les dijo que eran increíbles y que hacía tiempo que no pasaba una velada tan divertida, les confesó que él también era actor, las miró fijamente, se sacó el anillo y lo tiró dentro de la copa de la Paqui.

Desde ese momento fueron fieles seguidoras de la carrera de Pierce Brosnan, cada vez que él venía a Barcelona quedaban para beber unos cuantos martinis y de paso, para leerle la mano. “La mejor cualidad para un actor es ser mercurial, esto es, saber adaptarse a la temperatura de cada momento”, decía Vittorio Gassman, Francisca Palau lo repetía, Pierce brindaba por ello cuando les daba por hablar de teatro.

Aquella mañana, hablando con los empleados de la casa que la habían acompañado al coche en el que su prima esperaba porque estaba dañado y tenía que ir al hospital, ella y Trini recordaban aquella tarde, seguras, de que esta noche o acaso mañana pedirían otra botella de Bollinger, en el Palace, para celebrar.

(Este relato es la continuación de "Transformado por el Arte")



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