Era muy temprano, estaba preparado para el día a día, en el que no le falta la ilusión, como siempre. Acaba de anudar su corbata y se apresura para entrar en el enjambre de coches que, arremolinados en frente de su casa, le esperaban para hacerle un hueco en esa sempiterna serpiente que conduce al centro de la ciudad.
Sentado frente al volante mira a través de la ventana y ve a un hombre fumar, otro sintoniza la radio y una madre trata de mantener a los niños a raya dentro del habitáculo de un viejo Renault. En medio de la avenida un tipo ofrece algo en venta y toca los cristales de las ventanillas de los coches que van delante de él, él también dirá que no porque es lo que hacen todos, aunque haría lo contrario si pudiera. Enseguida, en la próxima esquina ve a un malabarista que aprovecha el cambio de los semáforos para hacer un numerito que debe ser pagado, no sabe si prefiere a los malabaristas o a los limpiacristales, no lo sabe, pero teme que muy pronto encuentre a uno. En efecto, avanza hasta el próximo semáforo y ahí está el tipo con el papel y la botella de agua con jabón. Sigue escuchando la música que le invita a encontrarle sentido a todo aquello. Gira la mirada, y en la acera yace un tullido que pide dinero con un perro. Ahora ve venir a unos policías a toda prisa que van en dirección al tullido, éste se levanta y sale corriendo, el perro se enfrenta a los policías y corre detrás de su amo, se pierden en un callejón. Le toca girar a la izquierda.
Sigue el tráfico, sólo que ahora está totalmente parado, un camión descarga en el supermercado de más adelante y está bloqueando la calle, mira hacia un balcón y ve a una mujer despeinada tender las sábanas, acaso sudadas de la noche anterior. Los contenedores de basura están a rebosar y pisa los cartones que han sido dejados en medio de la calle. Tararea esa melodía que le gusta tanto: La Pequeña Serenata Nocturna de Mozart.
Por fin parece que puede avanzar en medio de aquella estrecha calle que decidió tomar para evitar la gran avenida en la que, según la radio, había un accidente, un choque de un coche contra el tranvía, eso estaba haciendo este día especialmente complicado. Si lograba avanzar un par de calles más, podría recogerla, como habían quedado, es su nueva compañera de trabajo con la que se siente tan a gusto.
Allí está, elegante como siempre. Su cabello recogido, sus zapatos de tacón. Recién han comenzado a trabajar juntos, pero se compenetran muy bien.
– ¡Por fin has llegado, llevo rato aquí, creo que va a ser un día horrible! Tenemos que apresurarnos, no van a estar ahí todo el día esperándonos. ¿Traes las llaves, no? – Se sube al coche y cierra la puerta con violencia, lo mira fijamente, se pone el cinturón sin siquiera quitarse la gabardina, baja el espejo del parasol, se arregla el carmín de los labios y un par de mechones son regresados a su sitio –… ¡Y encima un viento que me despeina y me deja como una loca!
No dice nada, se le queda viendo, cree que tiene que aprender mucho de ella, es tan educada, tan segura de sí misma.
– Si se da la venta, no voy a compartir la comisión contigo, quedamos en que estás de aprendiz y aunque vengas del otro lado de la ciudad me da igual, este es mi trabajo. Yo sé que pasaste a buscar las llaves, pero eso no te da derecho. Imagino que estás de acuerdo. Bueno, te daré algo para los gastos y porque no quiero que digas que soy injusta. ¿Qué te parece, estás de acuerdo, porque si no me bajo y voy a mi aire... ¡Nunca mejor dicho!
Asintió con la cabeza, le gustaba esa franqueza, esa seguridad, estaba con la mejor de todos los que había conocido hasta ahora. La mira fijamente, ella se lo reprocha, él se corta un poco y tararea su melodía para sí. Está nerviosa, mueve las piernas y hace como si fuera ella la que condujera, sólo dice que haga esto o aquello, que frene, que acelere, que ... Él siente que es su manera de preocuparse por el bienestar de ambos, y le sigue la corriente, respira y los músculos de su cara, esos doce o diecisiete hacen su trabajo, mientras que los cuarenta y tantos de ella hacen el suyo.
Consigue aparcar cerca del edificio. Ella le pide las llaves, y él le da el manojo que le entregaron ayer en la tarde. Como de costumbre: entre el bolso, el móvil, la bufanda y el manojo de llaves, a ella se le hace imposible abrir la puerta, cabe decir que también intenta, al mismo tiempo, controlar su cabello alborotado por el viento. Él coge el manojo de llaves y abre la puerta principal. Ella lo mira enfadada, lo aparta con un empujón acompañado por su bolso, en eso se le mete el tacón en una hendidura del suelo, se le queda el zapato atrapado ahí. Él se apresura a socorrerla, le da la mano y con toda diligencia recupera el zapato y se lo calza arrodillado, ella de pie, como si de un príncipe se tratara.
Ahora es él quien la guía, mientras ella hace sus llamadas. Le abre la puerta, ella se abre paso. La luz es hermosa, un apartamento regio, como los de antes, con sus puertas de madera labradas. Las ventanas del balcón adornadas con unas vidrieras multicolores, y los suelos de mosaicos hidráulicos. Hay algunos muebles, algo de papel tapiz de otra época y una cocina que puede ver tiempos mejores. Él respira, le parece que el apartamento es muy bonito, que hay belleza por todas partes, en cada detalle, en cada historia que esa casa pudiera contar.
– Cuando lleguen me dejas hablar a mí, no quiero que metas la pata. Este piso es una verdadera mierda. Las vidrieras están en muy mal estado, costará un dineral restaurarlas y ni qué decir del suelo, por no añadir las capas de papel tapiz que esa gente tendría que arrancar para llegar a ver una pared, ¡y a saber en qué estado! La cocina está vieja y la grifería opaca por culpa de la cal. Hay varios azulejos rotos en el suelo y ese no se consigue ahora. Ya verás como una profesional se lo pinta bonito y los convence de comprar. ¡Tú aprende!
Él la escuchó, le pareció todo tan correcto, desde la cadencia de su voz hasta la asertividad con que describía cada cosa. Pensaba que no podía estar en un sitio mejor, ni con una persona mejor. Cuando se van los compradores ni siquiera le mira la cara, han firmado unos papeles. Ella coge el teléfono.
– Sí, ya está hecho, tenemos la transferencia y firmaremos la venta la semana que viene. Lo acordado: son cinco mil para mí de comisión y para el pasmado este que me acompaña, doscientos. No me importa si estás de acuerdo o no, no te he pedido tu opinión, él está de acuerdo, lo otro ya lo hablaremos, voy para allá.
Mientras ella va hablando y haciendo sus gestiones con el teléfono, él vuelve a ver el piso, echa las llaves y murmura algo para sí. Ella lo mira y él le sonríe.
– ¿Estás contento con el trato o quieres discutirlo?– Le dice en tono desafiante.
Él le contesta que le parece bien, mientras detalla esas manos arregladas y limpias, todo en ella denota buen gusto.
– Vamos a tomarnos un café para celebrar, tú invitas.– le dice como quien ordena y manda.
En la esquina había un café muy acogedor, con sus detalles antiguos, un amplio ventanal que dejaba ver a la calle y permitía el paso del sol. Las tazas humeantes de café llegan a la mesa cual lo acordado. Ella le inquiere, directa como es, con un háblame de tí, es que, por no acordarme, no me acuerdo ni de tu nombre. Él obedeció y habló.
– Hoy está siendo para mí un día muy especial, me levanté motivado por hacer mi trabajo y por trabajar contigo. El tráfico fue un poco pesado, pero vi a un hombre fumando mientras conducía y seguí su mirada por curiosidad y vi cómo le conmovía la familia de al lado en su Renault viejo, con la madre intentando poner disciplina a unos niños llenos de vida y de alegría. También me topé con varios personajes en los semáforos: un vendedor de toallitas desechables, quien probablemente habrá podido conseguir parte del dinero necesario para satisfacer lo más inmediato, era el mismo caso del malabarista a quien vi más contento porque estaba empeñado en demostrar sus habilidades y luego, los que estaban ofreciendo sus servicios a todos aquellos que olvidan limpiar a fondo su parabrisas, me parecieron muy oportunos. Hasta la policía quiso ayudar a un hombre impedido con su perro, pero, menos mal que éste se pudo incorporar y seguir su camino. Después, a causa del accidente con el tranvía, giré por otra calle y pude entender que el gesto de una mujer que abre las ventanas para ventilar su casa es una llamada a la vida y que, si bien, había un poco de desorden en la calle con las basuras, tampoco se podía decir que desentonara totalmente con el barrio, es como si se impusiera un orden que pocos entienden, pero que apunta coherencia.
Ella se le quedó viendo sorprendida, casi con la boca abierta, él prosiguió:
– Sí, y cuando te vi, tan bien arreglada, tan segura de ti misma, con todos tus gestos hacia mí que me trasmiten esa transparencia que tú tienes, me sentí afortunado. Por supuesto que no me esperaba el detalle de los doscientos, eres muy generosa. Pero, por un piso tan bonito como ese y para una familia como esa, vale la pena trabajar.
Lo vio como nunca antes había visto a un ser humano, estaban en un café asqueroso, con un ventanal totalmente opaco porque nunca nadie lo había limpiado jamás, con unas mesas desnudas y pegostosas, puede que alguien les hubiera pasado un trapo más sucio que aquello que trataba de limpiar, las tazas estaban desportilladas, el café era horrible, el barrio decadente. Imaginó el trayecto desde donde él vive a esta parte de la ciudad y sabía que el tráfico, los personajes de los semáforos y la incomodidad lo acompañaron... Que logró la venta de ese piso, in extremis, porque era horrible y destartalado, que la gente que lo estaba comprando, seguramente lo destinaría a inmigrantes sin papeles para explotarlos y chantajearlos. Se lo tuvo que decir, no se pudo contener, le preguntó que si era idiota o se estaba burlando de ella, que no parecía darse cuenta de la realidad, que ella no era elegante ni nada de eso, que era lo más parecido a una hija de puta, que se las arreglaba con su maquillaje de Mercadona, un peinado improvisado porque hace tiempo que no puede pagarse una peluquería y que su ropa es de mercadillo, que... desde hacía mucho tiempo ella no vendía nada y para colmo, tenía que compartir sus míseras ganancias. Que no le darán los cinco mil, sino tres y sin protestar.
Él la miró sin entender nada, ella calló.
Todos los que conocemos a Juan Armilla sabemos que él tiene esa tendencia a ver las cosas más bellas de lo que son en realidad, se llama kalopsia, eso es todo (por eso quiere dedicarse a la venta de inmuebles).

Que bonito. No conocía esa palabra. Que bueno ser kaloptico?
ResponderEliminarWao!!!! Muy bueno 👏🏽👏🏽👏🏽👏🏽, yo también creo tener kalopsia 🤓 porque en estos momentos veo el mar y me parece más bello que ayer 🌹🌹🌹
ResponderEliminarMe encantó.
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