Llefri Carmona tienes que hacerlo, es tu padre y te está pidiendo ese favor. No debiste haberlo invitado a esa subasta para que te viera hacer tu trabajo en esa casa de subastas tan famosa pero, querías que te viera adónde habías llegado gracias a él. Se sacrificó por ti, te lo dio todo: educación, idiomas, masters, y tú respondiste como un buen hijo. Ahora no le puedes decir que no. Te ha dicho, y con razón, que nunca te ha pedido nada a cambio, que ha llegado el momento y no te puedes negar. ¡Ay, Llefri!
Lléferson Carmona, Lléferson Carlos Carmona Palau, ese es su nombre completo. A su padre le gustaba mucho Jefferson Air Plane y le puso su nombre en consecuencia, pero, cabe decir, que no sabía escribirlo y, por eso, ha pasado vergüenza ajena toda su vida. En el mundo profesional firma como Carlos Palau, no quiere revelar sus orígenes a nadie, suerte que salió a la familia de su madre. Todos tienen prejuicios y él también, le dicen en la familia que se comporta como un payo, y es verdad.
Esa mañana se encuentra con el otro Carlos, Carlos Antonio Romero Palau, su primo. Estudiaron juntos y llegaron hasta la universidad; Carlos Romero se inscribió en Informática y él en Bellas Artes, así de iguales y diferentes eran, ambos muy estudiosos, ambos muy ambiciosos. A Carlos Antonio su padre le hizo la misma petición y Carlos Antonio no se pudo negar. Le dijo exactamente lo mismo, y remató con que no le volvería a pedir nada nunca más.
En un café en Recoletos, ambos se dan cita para hablar sobre el asunto, les cuesta porque ninguno sabe si al otro le han hecho la misma petición. Lléferson es mucho más abierto y directo, Carlos, su primo , es, además, su mejor amigo, su confidente. Le cuenta que cree que todo vino a raíz de aquella invitación a su padre y, como no pudo decirle que era exclusivamente para él, tuvo que mentir y decir que vendría acompañado porque tenía problemas de movilidad. Él pensaba que el comentario que le hizo en la noche era broma, y le siguió la corriente. Le pasó el listado de los clientes de la casa y la cosa quedó así. Su padre, que está a punto de jubilarse, le dijo que estaba asombrado de cuánta gente rica había en este mundo.
Carlos Antonio estaba asombrado, ahora caía en cuenta porque, su padre le había pedido que le contara sobre su trabajo, cosa que nunca le había interesado. Era jefe de operaciones en una compañía dedicada a la seguridad. No era una compañía cualquiera, era seguridad para museos, casas de subasta o millonarios. Le explicó cómo funcionaban y lo contento que estaba de que por fin no lo considerara un informático rarito. Su padre pagó otra ronda de cervezas y un par de tapas, se fumó un cigarrillo y se fue, como si nada.
Ahora ambos sabían que la cosa pintaba mal, que no se podían negar, que ese par seguramente estaba planeando algo. Así que acordaron en seguirles la corriente porque, muy a su pesar, ambos sabían que detrás de ese negocio de limpia chimeneas, que detrás de la mugre propia de los deshollinadores, se escondía otro tipo de insensatez. Sabían que, mientras hacían su trabajo medían centímetro a centímetro las posibilidades de acceso que ofrecían puertas y ventanas, evaluaban el poder adquisitivo de sus habitantes y, después, con calma, planeaban el golpe. No lo hacían a menudo, sólo si había que comprar un coche o pagar un máster o irse de vacaciones. ¡Es que, pensándolo bien, con sus sueldos no los habrían podido llevar a Disneyland Paris!
Ambos, Lléferson Carlos y Carlos Antonio se han puesto de acuerdo para observarlos muy de cerca, han acordado darles todo lo que les pidan porque piensan que es la única manera de evitar que se metan en un lío grande.
En un bar en Alcorcón, cerca del negocio, Manolo y Cándido citan a sus hijos respectivamente. Es el bar al que van siempre a tomarse el carajillo y a jugar a las tragaperras o al mus, y en el que conocen gente de dudosa reputación como ellos. Manolo es macizo y fuerte, tiene los ojos claros y la tez morena, lleva un tatuaje taleguero, de cuando estuvo preso. Cándido es bajito, delgado y es el que suele meterse en los rincones difíciles, su pelo ya canoso tiene ese color amarillento que da el exceso de grasa y la falta de higiene, ambos tienen las uñas negras, camisas a cuadros y pantalones grises de trabajo, sucios de trabajo, con sus botas de seguridad.
Llefri y Carlos se sientan y quieren hacerse los sorprendidos, pero, no resulta. Manolo dice que no finjan de que no han hablado entre ellos, y al grano. Dice que han estado revisando el listado y que han podido averiguar lo más caro que se ha vendido este mes. Llefri reacciona y dice que es imposible tener esa información, Manolo lo contradice y Cándido les da la dirección. Van sin rodeos, piden una ronda de cervezas, unas patatas bravas y unas aceitunas rellenas. Explica Cándido, que suele ser muy callado y hosco, que a Lléferson Carlos le toca el reconocimiento de lo que quieren robar, y que a Carlos Antonio le toca desactivar la alarma, no desde la central sino in situ. Nunca les han pedido nada, les han dado todo y ahora toca pagar. Manolo, menos severo, promete que será sólo una vez porque con eso pretenden jubilarse.
Lléferson Carlos y Carlos Antonio miran incrédulos. Carlos Antonio se queda pensando y dice que eso se puede hacer sólo durante quince minutos. Llefri está pálido y no articula palabra, esos quince minutos serán una eternidad. Sólo se le ocurre preguntar qué robarán y cómo venderán lo robado, ellos contestan que ya su comprador les ha hecho un adelanto y que quiere objetos valiosos y fáciles de colocar.
La noche anterior Llefri no puede dormir, Carlos Antonio, tampoco. Se envían mensajes, pero no hablan del asunto, se desean buenas noches. La mañana es fría y no acompaña, deciden hacerlo de día porque a Manolo no le gusta conducir por la noche, dice que no ve bien y Cándido nunca aprendió, además una furgoneta de limpia chimeneas puede estacionar dónde sea. Llegan a la casa en una urbanización de lujo, como la casa. Manolo sabe que no hay nadie, hace un par de meses que los vigila, sabe sus horarios y la Paqui se ha hecho pasar por la criada de una vecina y le ha ido sacando cosas al personal de la casa. Francisca, Paca, Paquita es la madre de Lléferson Carlos.
Entran por el jardín trasero sin ninguna dificultad, la Paqui ha llamado a la puerta, le inventa una historia a la criada que involucra la presencia del chófer y logra que ambos la sigan dos calles más abajo para ayudarla con un problema en el coche. En plena calle y dentro del coche está la Trini, madre de Carlos Antonio. El plan es retenerlos ahí un rato.
A la señal de Carlos Antonio abren la puerta de atrás. Según el plan, Llefri debe entrar de primero porque es quien sabe de arte, detrás le siguen Manolo y Cándido. La casa está repleta de obras de muchísimo valor, él está extasiado, las recuerda de las subastas, aunque nunca había sabido a manos de quien habían ido a parar. Hasta ahora Lléferson no había hablado, pero ahora decide tomar las riendas. Su voz suena decidida y firme señalando un huevo de Fabergé ordena que lo cojan. Cándido dice que eso es feo, Llefri contesta diciendo que es pequeño y vale millones. De su mochila saca papel de seda y unos guantes blancos de algodón para todos. Luego señala una venus de Klein, Cándido protesta diciendo que está hecha con azulete. Llefri se está tomando muy en serio su trabajo, le da el papel de seda y hace señas con el dedo de que se calle, Manolo le da una colleja por faltarle el respeto a su padrino. En un rincón ve un Perro de Globo Rojo de Jeff Koons, lo señala, proporciona el papel de seda, Cándido protesta y dice que para llevarse eso se va a un bazar chino, Manolo repite el gesto de su hijo y recuerda que su Llefri sabe lo que hace. El tiempo apremia, Lléferson va sacando números, y para delante de un Caravaggio, La Medusa Murtola, la señala, la envuelve y él mismo la mete en la bolsa. Anuncia que eso es todo. Cándido y Manolo protestan, en pocas palabras les explica que nunca en sus vidas han llevado tanto dinero encima, que es hora de salir.
Ahora él es el último, verifica que todo esté en su lugar. Al fondo una luz blanca llama su atención, era lo que más temía, pero, va como un prisionero al cadalso, no quería verlo, pero sabe que está ahí, es El Camino de Nicolás de Staël. Recuerda cuando se subastó, recuerda lo que sintió al mostrarlo, recuerda que con sus guantes blancos rozó la superficie y sintió un escalofrío. “El objeto bello es algo que hay enfrente y con lo cual el sujeto entabla también una relación libre. (…) En presencia de lo bello también desaparece la separación entre sujeto y objeto, entre yo y objeto. El sujeto se sume contemplativamente en el objeto y se unifica y reconcilia.” (B.Han, La Salvación de lo Bello). Su corazón late apresuradamente, como la mano que lo saca a volandas de esa sala, la mano fuerte de su padrino porque su papa está en la fregoneta esperándolo para decirle: ¡Ay, Millefri, casi la caga!
Carlos Palau se quedó en esa sala con su pedantería y su delantal negro y guantes blancos, Lléferson Carmona está dentro del furgón de Chimilimpias, los mejores de la provincia. Calle abajo, el coche de Trini circula con normalidad mientras Paqui se despide de los criados con dos besos.
Con los años el Llefri y el Charlie recordarán este día como uno muy especial, fue la primera vez que hicieron algo juntos con sus papas y la oportunidad de vivir una vida de millonarios a la cual no se han podido desacostumbrar porque, contrario a lo que pensaba Carlos Palau, el consumo y la belleza no se excluyen mutuamente.
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