Manu siempre ha sido un tipo muy alegre que iba de sabelotodo por la vida, la mezcla de estas dos cualidades y un poco de fanfarronería le hacían atractivo a las mujeres para una cosa y a los delincuentes, para otra. Porque además de buena presencia poseía una labia excepcional.
Tuvo un bar en el Barrio Chino que le procuró muchas ganancias que él supo dilapidar en sus fiestecitas, sus rumbitas y una que otra noche loca, muy loca: la calle Tusset o la Ruta del Bacalao, ¡así se las gastaba!
Cuando su padre le pillaba durmiendo las resacas que implicarían continuar una noche donde había dejado la otra, le insistía en que tuviera cuidado, que el camino por donde iba lo llevaría, tarde o temprano al talego, Manu se reía y le decía que no estaba haciendo nada malo.
Su padre y su madre eran chatarreros, y aunque suene un poco mísero, con esa actividad le habían dado el dinero para la entrada del bar, el dinero para el primer coche, y otros muchos préstamos para sacarlo de sus apuros de índole variada.
En casa eran seis, dos hermanos menores que él y una hermana, la Loli, la mayor. Todos fueron al instituto menos Manu que ya dejó los estudios a los catorce años para irse a ayudar al papa y, como al final no hacía nada, a los dieciocho se le presentó la oportunidad del bar.
Fue así que un día entre risas y cantes unos primos le metieron unas cajas en el almacén del bar y fue así como un día vino la polesia, los primos desaparecieron y él se quedó sólo frente a un contrabando de tabaco y alcohol y, aunque juró que no era suyo, le salió cárcel porque, se supone, que era cómplice. ¿Y por qué no iba a serlo? Era gitano, tenía un bar y cantaba, era joven y guapo y gozaba de buena salud y de la vida, ¿por qué no jodérsela por un error, por confiado, por inexperto, por irresponsable?
Esa experiencia no cambió su carácter, siguió siendo confiado y alegre, aunque ahora era un poco más malmandado, había aprendido a mentir mejor y ampliado su círculo de amistades, unas como él, chicos humildes con una buena familia y otras sin nada de límites ni penas ni pesares.
Una noche en ese bar la vio e inmediatamente su mundo se giró patas arriba. Esta es mi mujer, pensó y así fue, porque sintió que ella sintió lo mismo. ¡Y qué divertido era estar con ella! Unos cuantos años de correrías y sin querer ni saber, vino Llefri, ese angélico mío, como decía su madre. Por el niño había que dar ejemplo, por el niño tenía que estabilizarse. Sus hermanos se habían graduado y trabajaban, pero, él tenía las manos vacías y muy negras porque no tuvo otra opción que aceptar el ofrecimiento de Cándido, su amigo, su hermano del alma, de quedarse con el negocio de su padre: Chimilimpia, los mejores de la provincia.
En aquel bareto de Santa Coloma, aquel al que iban por los carajillos y los bocadillos de media mañana y también por las cervezas en la tarde, Cándido y Manolo se miraron fijamente y se preguntaron ¿qué vamos a hacer ahora? Antes de dar con la respuesta entendieron, inmediatamente, que el futuro no era muy halagüeño, ya no eran tan jóvenes y necesitaban salir de deudas, la pensión que les tocaría sería mísera y querían ser una carga para los críos. Hace años que juraron que se había acabado el trapicheo y las malas juntas, aunque cinco minutos después estaban recordando la aventura de Andorra, ¡qué subidón de adrenalina! Y rieron a carcajadas.
Resulta que, como la situación siempre fue precaria, un tipo les propuso ir a Andorra para que le trajeran unas cuantas botellas de Eau de Rochas, unas cuantas eran como veinte o treinta. Eso estaba prohibido, aunque todo el mundo lo hacía, la cosa era pasarlo por la aduana, ya se las arreglarían. Subieron con el coche de Cándido, un destartalado y duro todoterreno de los de antes.
Irían en la mañana y volverían en la tarde. Una vez hechas las compras, pararon a comer en un bareto en Andorra La Vella, mientras tanto deliberaban si volvían por Francia o por España. Un tipo que estaba por ahí les pidió fuego para encender su lengua y no callar por un buen rato. Era menudo y curtido, decía llamarse Biel Baró y les dijo que había mucha policía controlando en ambas fronteras y que, si tenían que pasar algo, él conocía una ruta sin riesgo, que era tan buena que –viendo sus ridículas bolsas– ya podían ir haciendo una mejor inversión. Cándido y Manu se vieron a las caras. El hombre les dijo que si querían los llevaba hasta allá mañana temprano.
Al día siguiente en el Puerto de Cabús se encontraron con el hombrecillo todavía apestoso a alcohol y tabaco. Los llevó al principio de una pista forestal, les dijo que no hicieran caso al letrero, que siguieran el camino, que no tenía pérdida.
En aquella pista serpenteante parecía que el coche se iba a desmontar, conforme se fue levantando el sol se encontraron en medio del paisaje más hermoso que habían visto en toda su vida: prados verdes poblados de manadas de caballos, altas colinas que conservaban las nieves del invierno, riachuelos cristalinos y, a lo lejos, un hermoso pueblo de montaña en el que destacaba la torre de la iglesia y unas cuantas casas.
Venían comentando lo que decía el letrero a la entrada: “Los propietarios de la Montaña de Tor no se hacen responsables de los daños físicos y/o materiales que se les puedan ocasionar a las personas que circulen en el interior de la finca y del camino privado.” Manu se reía, pensaba que era exagerado y Cándido todo lo contrario. De pronto, oyeron unos silbidos y unos caballos corriendo de un lado para el otro cerca de una cabaña situada en la confluencia de dos caminos. Ellos pararon en seco y sin pensarlo, tomaron uno de los dos caminos a toda velocidad. Inmediatamente se dieron cuenta de que estaban en problemas cuando más adelante escucharon unos disparos. Siguieron montaña abajo. Ahora los perseguía otro vehículo y un tipo a caballo que pronto les cortó el camino. Cándido gritaba, te lo dije, gilipollas, el letrero dice daños causados a las personas, éstos no están jugando. Los hicieron bajar del vehículo a punta de escopeta, uno era un tipo enorme que con muy malos modos los zarandeó como quiso y el otro un tipo maleducado, borracho e intimidador que parecía el matón del otro. Revisaron lo que traían y se identificaron como los dueños de la propiedad, no estaba permitido pasar contrabando por ahí.
Manolo sacó valor, usó esa astucia que aprendió de Paquita y con todo desparpajo, sonriendo, se le acercó, le apartó la escopeta y le dio un abrazo: Joder, tío. ¿qué susto me has dao’. ¡Ya me lo dijo Biel, que eras un cabronazo! . ¡Eres igualito a como te recordaba mi padre, aunque nunca te conoció sino por Biel! El hombretón se quedó desmontado, frunció el ceño, le preguntó lo normal: ¿Y tú de quién eres? Manu, fingiendo sorpresa, contestó que era de Josep Carmona, de L’hospitalet. El otro hacía cara de asombra’o. La imaginación de Manu iba trabajando muy rápido porque había que salir de esa. Biel, es primo de mi padre y me conoce de pequeño, ahora estoy pasando una muy dura y por eso estamos aquí cargados con algunas cosillas para revender, tú sabes, para sacar unos durillos. Fue Biel, quien me indicó la ruta y que te encontraría.
Manolo estaba jugando al todo o nada, era posible que este hombre conociera a Biel o no, que fuera su amigo o enemigo. Y mientras pensaba esto, un silencio gélido se produjo hasta que una risotada lo estropeó con una respuesta: Joder, el Biel Baró, mi tío de Andorra, joder, a veces nos mete en estos berenjenales, pero nada. Si Biel los ha mandado entonces son familia y por aquí casa meva és casa vostra. Cándido cambió la cara de miedo extremo a la de confianza absoluta y le siguió el juego, se puso dicharachero, como lo sabe hacer.
Siguieron juntos el camino hasta la casa de comidas y los convidaron a almorzar, como regalo, el Manu trajo del coche una botella de Lepanto para los carajillos. Mientras tanto iba inventando anécdotas que se iban haciendo creíbles gracias a la rápida recopilación de datos sacados de cada respuesta del grandullón.
A eso de la una, el hombretón los invita a marcharse, le indica el camino a Alins y les aconseja de no pararse por nada del mundo, no sea que levanten sospechas.
Iban en el Jeep con su cargamento, la barriga llena y dos nuevos amigos cuando vieron una patrulla de la Guardia Civil. Manu le dijo a Cándido que acelerara y se parara en seco, que pusiera cara de asustado. Los guardias se cuadraron delante con sus armas de reglamento a mano y listas. Manu saltó del coche fingiendo apuros. Se le atrabancaban las palabras, temblaba y respiraba a trompicones. No faltaron ni los buenos días, ni el ayúdenos por favor, les contó que unos tipos les habían estado disparando cerca de la cabaña, que ellos querían subir a Andorra de excursión porque les habían dicho en el pueblo que el camino era muy bonito, que los estaban persiguiendo. Sigan, sigan, váyanse de aquí, ya nos encargamos nosotros de ese par, siempre es lo mismo , se creen los amos de todo esto y no es así. ¡Váyanse que esto es peligroso, nosotros nos encargamos, corran!
Hoy lo recordaban todavía riéndose. Con ese dinero pudieron acabar de pagar la furgoneta del negocio, lo que sobró sirvió para llevar a Carlos y a Lléferson a Disneyland.
Sentados mirando la tele del bar, ven la noticia de un pueblo en el Pirineo llamado Tor, reconocen al tipo que los acogió y a su ayudante, se enteraron de que quizá habían estado tratando con unos matones de verdad.
Mientras tanto, un tipo con pinta de oficinista se les acerca y les dice que tiene una propuesta que les puede interesar. Salieron de ahí a otro bar, menos concurrido y con terraza.
*Tienes que haber leído "Transformado por el arte" y "Otra de Bollinger, por favor"

Gracias , muy bien ,los cuentos son familias entre sí , bravo !!!!! 🍀🎄
ResponderEliminarMuy bien narrado... liviana y menuda historia jejeje, no muy lejos de esa superación cotidiana de la imaginación que es la vida misma...
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