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Fin de Año en el valle del Yuma

“Cada cual cuenta la feria según le fue en el frontón.” Así reza un dicho muy castizo que refiere cómo las personas relatan cada una sus vivencias. No hay manera de ponerse de acuerdo cuando alguien manifiesta un yo lo veo así y punto, y ese es el caso de los de Cacerill.

Ya conocemos su historia, por lo que no hace falta repetirla, pero no conocemos la historia según sus vecinos que los han sufrido por siglos.

Cacerill está situado en uno de los extremos de aquel frondoso y fértil valle, el atravesado por el río Cuco, en honor a aquel jefe indio que descubrió la región y se trajo aquí a vivir al resto de la tribu. Los cucos se esparcieron por todo el valle, y por alguna razón desconocida evitaron el lugar de Cacerill. Al otro extremo de valle fundaron Pendular. Cabe decir que siempre hubo una convivencia pacífica entre cacerillences, y pendulares, pese a que estos últimos eran un poco cambiantes de ánimos, ya se sabe.

Con los años cada pueblo fue conformando su propia identidad, abrazando (o inventando) nuevas costumbres solamente para diferenciarse de los otros. Los de Cacerill se ingeniaron una historia rocambolesca sobre una rencilla ancestral entre dos familias que acabó con casi toda la población. Lo que más afectó al valle no fue la matanza, jamás pensada en un sitio tan apacible con gentes tan bien consideradas, agradables, aplicadas y respetuosas, si no lo de los pájaros pitouí y lo de los acordeonistas porque, con ello, los de Cacerill promovieron la inmigración de búlgaros en la zona.

Y es que hay vecinos que no se merecen. Las gentes de Cacerrill eran mezquinas, rencorosas, desalmadas y vanidosas, por lo menos eso pensaban los pendulares cuyo talante era mucho más espontáneo, ingenuo y un poco voluble. Pese a esta diferencia, cada fin de año todos los vecinos del valle, sin excepción se reunían alrededor de una inmensa hoguera que encendían en medio del río. Era un gozo verlos nadar alrededor del fuego, o bailar en bien tramadas tarimas con sus trajes abrillantados y al son de los acordeonistas (si bien casi nadie soportaba ese ruido infernal excepto los perros que lo seguían con sus aullidos).

Ese año, al que hay que hacer referencia, era de doble celebración porque entre todos los habitantes del Valle del río Yuma (antes Cuco) se firmaría un acuerdo, votado por la mayoría y que repercutiría en la vida de todos. El acuerdo redactado de manera exquisita y con formas rimbombantes, expresaba la voluntad de proclamar a Cacerill república independiente, es decir, que sería un país extranjero en medio de aquel sereno y espléndido valle.

Todos firmaron contentos, los de Cacerill sacaron sus banderas con un pájaro pitouí en el centro y con franjas que recordaban a los acordeones de quienes una vez fueron colonos y hoy son padres fundadores. Ya tenían proyectos para las plazas mayores con estatuas ecuestres de un prócer improvisado llamado Hristo Stoichkov, quien extrañamente cabalgaba vestido de futbolista del Barça, todo esto era normal para los cacerillences, descuidados como son.

En cambio, en Pendular ya tenían preparadas las alambradas, peajes, aranceles y policía de frontera para controlar los tratos y el flujo de los cacerillences en sus tierras. Por supuesto les exigirían documentos de identidad, homologaciones, permisos de trabajo y un sinfín de etcéteras para poderlos mantener en sus tierras. También había un proyecto para cortar el flujo del río hacia Cacerill, pero los de Cacerill ignoraban todo esto cuando firmaron el acuerdo. Ellos apenas vislumbraban las consecuencias porque en sus mezquinas, sórdidas y avariciosas mentes forjaban sueños de dominación (como siempre). Pensaban en tener su propio ejército con balas envenenadas (cosa que enaltecía sus valores patrios), banderas, tambores y acordeones.

La fiesta de Fin de Año, acabó entre abrazos, botellazos y alguno que otro ahogado por el ron y porque las corrientes del Yuma (antes Cuco) no perdonan a los borrachos

Ese año, el 2024, transcurrió de prisa y ajetreadamente en cada uno de los lados de las fronteras. De momento se cumplían con las nuevas normas pacíficamente, se mantenían los tratos comerciales, se impidió la salida y uso de instrumentos musicales que no fueran autóctonos y se declaró legal la caza de los pitouies. Mientras los cacerillences, sitiados como estaban y con la economía más hundida que nunca, en cuanto república hacían tratos con otras regiones. Una de ellas les ofreció un fruto magnífico que se había extinguido hacía tiempo, pero que ahora se había podido recuperar. Eso cambió la economía de la zona y sobre todo acabó con la hambruna.

Se sembraron los cañimenos, ya sabemos sus particularidades, despiden olor a brisa matutina en la mañana y a humo de chimenea que quema madera de pino en la tarde, tienen raíces traslúcidas que semejan lagos y peces nadando y el método de su siembra se hace lanzando sus troncos como si fueran jabalinas.

El fin de año siguiente se preparó como siempre, con la tarima, ahora con un permiso especial para que todos los habitantes celebren juntos, los desfiles militares en barcazas como nueva atracción y una sorpresa por parte de los cacerillences: presentarían los cañimenos a sus vecinos de Pendular, que eran desconfiados por naturaleza.

La explosión de los frutos, el espejismo provocado por sus raíces, los lanzamientos de los troncos como si fueran jabalinas sobre las cabezas de las festivas y desprevenidas gentes que estaban ahí para celebrar y no para oler humo de chimenea que quema madera de pino (que era el olor propio de los cañimenos), desconcertaron a las masas. Enseguida comenzaron a lanzarse al río despavoridas, muchos se ahogaron, la música de los acordeones calló para siempre y ahora sí, el valle del río Yuma (antes Cuco) quedó desierto.

Los turistas de hoy en día todavía se preguntan qué hacen en medio de esa selva, entre lagos de espejismo, unas estatuas ecuestres de Hristo Stoichkov.






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