Carlos Antonio, Toñito para la familia y Antón para los amigos, era muy parecido a su padre: flaco, menudo, muy nervioso, pragmático y calculador, por eso, quizá, estudió informática.
Tenía esos ojos grandes, muy negros, que heredó de su madre, la Trini. De ella también era esa sonrisa que le traía éxito con las ‘titis’ –como llamaban los amigos a las chicas que estaban de buen ver–, y que le confería un encanto casi irresistible. Fue el mismo encanto que usó el día en que le pidió a su jefe ir a revisar la alarma de la casa de los millonarios esos, dueños de las obras de arte.
Aquella tarde habló con Lléferson del tema en condiciones muy especiales, porque era un tipo bastante quisquilloso y precavido, si es que una cosa no supone la otra. Y es que esa tarde, sin avisar, Toñito fue a esperarlo a la salida del curro. Lo invitó a unas cañas, pero antes, tenía que comprar unas cosas en el supermercado ese grande que hay en Las Ramblas, siempre lleno de turistas. Entraron. Al salir, Toñito quiso dejar la compra en la consigna y le ordenó, en voz baja, a Llefri que dejara el móvil ahí dentro, él haría lo mismo y que no hiciera preguntas. Toñito era experto en ciberseguridad y sabía cómo esquivar según qué cosas.
En el bar no pudo ocultar lo preocupado que estaba por sus padres y por ellos mismos, lo de ayer fue pasarse de la raya, no era un trapicheo cualquiera, Carlos Palau lo tranquilizó. Le contó que, por su experiencia y algunas cosas que ha escuchado, sin querer, la mayoría de la gente que compra arte no denuncia los robos, primero porque saben que la venta de los objetos robados es muy difícil; segundo porque usualmente las obras son compradas para lavar dinero negro, siempre de muy dudosa procedencia, y en tercer lugar porque suelen estar aseguradas. Los que se ponen más tiquismiquis son las aseguradoras, que tienen detectives a quienes la policía no apoya para nada, y lo único que hacen es investigar superficialmente sólo para justificar el pago ante la central y ya está.
Toñito se quedó atónito, no conocía esta faceta de su querido amigo, casi hermano, quien muy circunspecto le hizo una aclaratoria: No me tomes por un delincuente encubierto, a mí nunca se me habría pasado por la mente hacer lo que hicimos, pero ya tú sabes, la familia es lo primero y mi viejo me rogó, me lo pidió de corazón, yo entiendo que está cansado de su vida de mierda. Todo lo que te he contado lo he aprendido en la casa de subastas: se hacen seminarios sobre esto, se nos obliga a respetar las cláusulas de confidencialidad de los clientes y aconsejarles sistemas de seguridad adecuados, conservación y un largo etcétera. Eso, sí, nosotros jamás sabemos adónde va a parar una obra adquirida ni la identidad del comprador. A mí lo que más me flipa es que alguien tuviera esa información y se la pasara a los viejos. Me flipa, pero no es mi problema.
Toñito escuchaba con atención, le parecía que Llefri era muy profesional, que sabía de lo que hablaba, aunque no podía ocultar que estaba nervioso. Le pidió, por favor, que le contara lo de ayer, Llefri se negó arguyendo aquello de que mientras menos sepas, mejor. Entonces Carlos Antonio le insistió en que no quería verse involucrado en nada raro ahora que tenía un buen trabajo. Invitó a Llefri a que pensara lo mismo, pero Llefri parecía estar pendiente de otra cosa. Una cosa que necesitaba compartir con Toñito, una que le había estado dando vueltas toda la noche, que le había robado el sueño mientras no apartaba los ojos de la caja que contenía un Klein, un Koon y un Caravaggio.
Carlos Antonio lo conocía muy bien, sabía que era un tipo retraído, a contrario de su padre y su madre, era el rarito de la casa: amante del arte, estudiante ejemplar, ordenado y educado, merecedor de una beca en la casa de subastas que luego le granjeó el puesto que tiene, si bien por su rango, a veces le toca salir con el uniforme y los guantes blancos como si fuera un payaso.
Comentó el plan que tenían sus viejos para la entrega de las obras, según los tipos que hicieron el encargo, todo era muy seguro. Sin embargo, le preocupaba que los timaran porque, al fin y al cabo, para esa gente sus padres no eran otra cosa que un par de gitanos palurdos. Según ellos, y de acuerdo con Cándido y Manolo, la entrega la tenía que hacer su madre en el Hotel Palace, aprovechando que podía dar el papel de prostituta de lujo, pero eso le parecía demasiado inseguro, porque hay cámaras de seguridad, a ella la podían pillar, y después caerían todos.
Carlos Palau clavó sus ojos claros en los oscuros de Antonio Carlos porque ambos creían que era su responsabilidad cuidar a los viejos de cualquier metedura de pata. Le preguntó que qué se le ocurría, como experto en seguridad, Toñito movió la cabeza como quien se centra en el asunto. Ummm... necesitamos una rubia que no exista, es decir, alguna que pueda desaparecer y que, dado el caso, no puedan encontrar. Llefri se le quedó mirando: un disfraz, pero ¿quién podría hacerlo? Está descartado implicar a alguien más. Si miraron fijamente y soltaron una carcajada, fue así como acordaron que sería Cándido, si estaba dispuesto a revivir la loca anécdota de Sitges. No creo que el papa quiera hacerlo. Llefri le contestó, mi madre es capaz de convencer a cualquiera y lo caracterizará como la rubia más despampanante que se haya visto jamás.
En la furgoneta de Chimilimpia escuchan la noticia de la rubia del Hotel Palace. Después de las risas, Toñito les llama la atención, pregunta a su papa porqué lo hizo, que eso podía complicarlo todo, y ordena que se desvíen a Llívia, se quedarán a dormir ahí. Manu protesta, quiere ir a Andorra a por el dinero ya. Llefri interviene, dice que Toñito tiene sangre fría y que siempre sabe lo que hace, que hay que hacerle caso.
Toñito dice que sólo quiere verificar el ingreso en la cuenta de Andorra y que para eso necesita tiempo. Se pone a teclear nervioso. En efecto, dice que hay un ingreso y una anulación del mismo hecha hace poco. Todos están pálidos, todos miran a Cándido, éste se defiende diciendo que no ha nacido varón que le toque el culo y se quede sin averiar y que tampoco iba a permitir que hablaran de él como si fuera un travestí de pacotilla, que por eso se tuvo que liar a hostias para enseñarles a respetar a un hombre, que reconocía que lo del botellazo estuvo de más, pero que se vino arriba y luego sacó la navaja, que qué podía haber hecho sino. Todos están callados, miran a Antonio Carlos e ignoran a Cándido, ya se ocuparán de él. Nadie pronuncia la pregunta, esa que reza: ¿y ahora qué hacemos? Toñito arruga los labios, le acompaña el entrecejo, deja escapar un ummm y los manda a callar. Están blancos como la leche, La Trini y la Paqui se abanican, murmuran un: ¿será posible? Manu mira a Cándido como si quisiera torcerle el pescuezo, farfulla: ¡es que esta vez lo mato!
Un tecleo vertiginoso es el único ruido que va llenando el ambiente, Toñito no aparta la vista de la pantalla: si, si, si… noooo, no, ¡vaya!, ¡y una mierda!, si, siii… Quieren preguntar, se ven de nuevo bajando por el camino del hollín, Trini haciendo manicuras y leyendo las manos y Paqui de peluquera de las fieles abuelas que acaban bien peinadas cada viernes, y todos estirando el dinero para llegar con dignidad al fin de mes.
El silencio espeso que se mueve en el negro oscuro de los ojos de Antonio Carlos, por fin se quiebra con un: ¡hecho, arreglado! Todos están impávidos, ninguno quiere preguntar, Llefri está tranquilo porque confía en su hermano del alma. Trini se atreve con su: ¿qué ha pasa’o chiquillo?
Les explica que ha podido hackear la cuenta y que ha devuelto el dinero, pero que sólo ha podido recuperar una parte, más que suficiente para una buena jubilación. Y mira a Llefri, ahora habla por los dos, dice que no ellos, los más jóvenes, tienen que renunciar a su parte, Llefri, que es más bueno que el pan, que confía en su hermano del alma, asiente enseguida.
Al día siguiente, en Andorra, los Carmona y los Romero, van a arreglar sus cuentas. Nadie pregunta nada, todo es legal.
Hoy, de nuevo, los teléfonos yacen en el supermercado, en la consigna. La vuelta desde Andorra fue muy rara, ellos dos en un coche de alquiler para no perder un día de trabajo y sin poder decir ni una palabra de todo el lío. Piden un par de cañas, al fin pueden hablar. Llefri le da las gracias por los viejos. No duda que haber renunciado a su parte cada uno ha sido lo mejor.
Toñito estalló en carcajadas, a Carlos Palau le extrañó. Entonces le confesó que nunca había habido ninguna anulación, que todo fue un teatro bien planificado, que estuvo jugando a Mario Bros un buen rato, que lo perdonara por no haberle dicho nada, mientras se reía de su propia travesura. Lo único que hizo fue meterse en la cuenta y desviar a otra cuenta lo equivalente a lo convenido para cada uno y un poquito más por las molestias.
Los dos Carlos brindaron por la astucia de uno y la inocencia del otro, ¡y por la familia que los une!
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