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La Navidad de la casa de San Juan

En mi casa de San Juan la Navidad se presentaba siempre por adelantado. Ya en noviembre, con el cumpleaños de mi mamá, comenzaban los preparativos. Era un ritual, la casa tenía que estar bonita y, aunque no nos sobraba el dinero, para ella era sagrado pintar la casa, (¡uy, ese olor a pintura, todavía permanece en mi mente como preludio!) arreglar los techos rasos porque durante el año las goteras habían dibujado esos mapas marrones de continentes desconocidos que yo navegaba desde mi cama cuando miraba al techo, y comprarnos los estrenos que serían nuestra ropa bonita para las Navidades y el resto del año, además de preparar las hallacas, el pernil, y la ensalada de gallina.

Ese ritual yo lo vivía con emoción desde el minuto en que la casa comenzaba a oler a pintura, y los señores del cielo raso dejaban todo aquello limpiecito. Me gustaba verlos trabajar porque desvelaban las entrañas del techo: era una tela marrón (la coleta) en la que se pegaban aquellos papeles tan blancos con una cola líquida parecida al engrudo. Con gran habilidad esparcían la pega sobre el papel (grandísimo) y así húmedo lo llevaban a la tela y lo alisaban, solían poner dos capas. Algunas veces tocaba cambiar la coleta y eso, para mí, era increíble porque podía ver hasta las vigas del techo y el entramado de caña amarga.

Esto me hacía sospechar que detrás de todas las cosas que conocemos tan perfectas y adecuadas, se huele otra realidad. Detrás de las puertas cerradas, de las gavetas con llave, debajo de la ropa de mi hermano en el chifonier, entre los libros de mi hermana, en el cuarto de Juana en el que una vez descubrí la mayoría de las cosas que se nos desaparecían (la pobre era cleptómana). Por eso no me debía confiar ni un poquito de los adultos, porque todo lo esconden, lo pintan, pero no pueden esconder todo lo que huele, y yo me huelo las cosas, por eso voy por ahí descubriendo secretos. ¡Al grano, que me estoy dispersando!

Con la casa a punto ya diciembre está encima. En breve vendrá mi mamá contenta porque ya le pagaron el aguinaldo. Vendrá cargada con los juguetes que le dan en el trabajo que, aunque no son gran cosa, siempre me dan ilusión. También traerá la cesta navideña con cosas que nunca compramos en casa, como turrones, por ejemplo.

Después de ese momento, lo que más me interesaba a mí y a mis hermanos es lo del aguinaldo, que es el dinero para comprarnos los estrenos. Tiempo después supe que ese dinero servía para pagar las deudas de todo el año y volver a endeudarse en la zapatería de Mario, y en una tienda que quedaba en los bloques de El Silencio en la que, sí o sí, debía encontrar un vestido que me gustara.

Ahora venía la parte interesante, hay que pedirle algo al Niño Jesús, quien siendo chiquito tiene el poder del mismísimo Dios de cargar y traer juguetes para todos. Yo le pediré una Barbie y un Lego. Lo de la Barbie es porque mi hermana y mi prima juegan con ellas y yo no puedo porque no tengo. Lo del lego es porque parece ser muy divertido.

La casa, como todas, tenía sus propias pretensiones, además de estar recién pintada, siempre tenía un arbolito un poco tardío porque mi mamá esperaba casi a última hora para comprarlo porque era más barato, a sus pies un pesebre que trae todo en una cuevita con su estrella y ángel incluidos. Allí también están los regalos. Pero una casa, por más bonita que esté, y sus habitantes, aunque estrenen ropas y zapatos, no es de Navidad si no hay hallacas, es decir, si antes no se han hecho las hallacas allí entre el comedor y la cocina, si no hay ese olor dulzón y sabroso en el ambiente.

Lo de las hallacas comenzaba un día como a las cuatro de la mañana, yo sabía que eso era así porque escuchaba a mi mamá que levantaba a mi hermano, para ir a nosedónde a moler el maíz que ella había remojado antes, era blanco y eso llamaba enormemente mi atención. Cuando llegaban a casa ya el maíz era masa, la masa para las hallacas. Y entonces la casa comenzaba a perder su olor a pintura fresca y a la pega del cielo raso porque se impregnaba con el olor del guiso de las hallacas. Parecía complicado hacerlo, quizá mi mamá necesitaba concentración y que yo no estuviera molestando por ahí, aunque no era justo que nos llamaran a los más pequeños para limpiar las hojas, que era muy fastidioso.  Yo prefería ayudar poniendo los adornos, porque todos, grandes y pequeños, nos poníamos alrededor de la mesa y, como si fuera una fábrica, a cada uno le tocaba un adorno, yo solía poner el huevo o las pasas. Y cuando están todas envueltas por mi mamá, entonces hay que amarrarlas, yo he aprendido este año, lo que es el equivalente a un ascenso porque mi hermana, al ser zurda, no estaba capacitada para eso, según mi mamá. Hierve el agua, se cocinan esos paqueticos verdes y luego se ponen a enfriar. Mi mamá las hacía también para vender, porque así entraba un dinero extra.

Hay otra parte de esta época que me gustaba mucho. En nuestra casa vivía Juana con su marido al que llamaba Medina, (ella y todos). Ellos eran inquilinos porque vivían en una de las habitaciones de esa enorme casa y le pagaban a mi mamá por ello. Mi mamá insistía en que no los molestáramos, pero siempre fracasábamos en este intento porque siempre molestábamos con nuestros gritos, nuestras peleas y con la música (al parecer había que estar tranquilos mientras Medina dormía la siesta). Juana y Medina eran isleños, y hablaban como la gente que no es de aquí. Juana decía palabras como adrede en vez de a propósito y creo que zamuro era lo mismo que un cernícalo, por eso nos burlábamos de ella y la imitábamos, aunque la diversión no radicaba en la burla, sino en su reacción: era una ametralladora de groserías, insultos conocidos y desconocidos, extranjeros y autóctonos. En medio de eso, mi madre tenía que mediar (¡pobre!) y pedir disculpas por nuestro comportamiento. Todo esto para explicar que papel jugaban los inquilinos en la Navidad de San Juan.

En la noche de Navidad ya mi mamá estaba lista con su ensalada de gallina, sus hallacas y el pernil. Vestida y engalanada, peinada de peluquería y perfumada con su Champán de Caron. Juana se ha ofrecido a comprar el pan de jamón, pero la sorpresa siempre la traía Medina. Vendría cargado con frutos secos: nueces, almendras, y avellanas. Traería el turrón, embutidos, quesos, aceitunas y regalos para nosotros, sobre todo para mí porque decía que tenía una hija más o menos de mi edad, allá en las islas Canarias.

Estamos listos para sentarnos en la mesa, suenan los Tucusitos y las gaitas de Rincón Morales, mi mamá es muy musical, la casa es musical, siempre lo es. Seguramente vendrán los primos, los tíos, algún amigo, eso no lo sé. Lo que me gustaría sería poder jugar y correr por ahí, cosa que será un poco complicada porque tengo zapatos nuevos de charol negro y un vestido azul.

Los mayores hablan de sus cosas y yo sólo pienso en que lo mejor será irse a dormir porque a mí lo que me interesa es que venga el Niño Jesús.

En mi cama los oigo hablando y riendo, mientras yo voy soñando con los países que desaparecieron del techo, hasta las próximas lluvias, recordando cómo eran en ese lienzo blanco, dejándome llevar por todos los olores, cerrando los ojos a las oleadas que mis barcos imaginarios tienen que sortear, pero el Champán de Caron, el guiso dulzón, la pintura fresca, el olor del arbolito, todos se confabulan para yo me quede dormida envuelta en esa nube familiar, aquí en la Navidad de la casa de San Juan.



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