Cuando salían del bar siempre se encontraban con los mismos tipos, unos borrachos de medio pelo, quienes, recostados en las aceras o contra las farolas, hacían difícil el tránsito hasta el coche. Ellos, no los borrachos, solían llevar encima el dinero de la caja del día, era lo que tenía trabajar sin facturas. Lo facturado ya estaba en el banco y por ello había que pagar impuestos, es lo que tiene ser pobre con espíritu emprendedor, o haber salido de la cárcel y que nadie te dé trabajo, por si acaso. No tenían miedo de ningún atraco, porque al contrario de lo que ellos eran en verdad, la mayoría pensaban que eran ellos los atracadores. No vestían bien y el hollín de las chimeneas teñía hasta sus buenas intenciones.
Callados en el coche, de camino a casa, escuchaban Radio Olé, como todas las noches después de cerrar, pero hoy era distinto, porque querían y no querían. Manu le pregunta a Cándido que qué piensa, éste le contesta que no sabe. Le confiesa que se ve incapaz, pero Manu le dice que quizá habría que intentarlo, como aquella vez en Sitges: ¡Ah, pero eso fue en Carnaval! Y se echaron a reír: ¡Qué tiempos aquellos!
Manu y Cándido se conocieron en el trullo, habían caído por inocentes, como muchos, víctimas de prejuicios, malos cálculos y sin dinero ninguno para defenderse. A Cándido lo acusaron en su trabajo de robar herramientas carísimas, aunque sabía quién había sido, era mejor no delatarlos porque, esos si eran profesionales, no él, que sólo les abrió la puerta y se hizo la vista gorda, él que era el vigilante de la fábrica. Era cómplice, la pena no era muy grande, ya le habían dado su parte a la Trini, con eso pagaron el colegio de Carlos. Se daba por satisfecho. Le cayeron dos años como a su compañero de celda, el arrogante Manu. Por lo menos a él le había quedado algo, pero a ese pobre diablo, nada, porque los que le metieron la mercancía se piraron, eso pensaba cuando lo veía dormir en la cama de al lado: ¡dos años por no hacer nada, por gilipollas!
El tiempo pasaba rápido y fue lo suficientemente bueno para permitir una entrañable amistad llena de anécdotas comunes y algunas confesiones.
Cándido era un tipo fuerte, fibrado, flaco, con nariz aguileña y unos grandes ojos marrones que le conferían un aire de niño bueno porque era totalmente imberbe y muy pálido, al lado de Manu parecía un enclenque. De carácter tampoco se le parecía, porque tenía muy malas pulgas, era callado, listo y calculador, un as con los números y las probabilidades, en la cárcel lo apodaron 'reinman', por aquella vieja película de Dustin Hoffman.
A los dos los soltaron el mismo día, un dos de Mayo. Ya habían hablado de eso, de lo que iban a hacer, llegar a casa y abrazar a sus mujeres y a los chiquillos, esos angelicos míos, como decía su madre. Después de ese ritual, de descansar y disfrutar de la rutina de la casa, cosa que duró un día apenas, Cándido y Manu quedaron para planificar cómo ganarse la vida, y fue así que decidieron aceptar la invitación de un primo para ir a Sitges esa noche de Carnaval, no se trataba de nada ilegal, lo acompañarían a hacerle el favor a un hermano, porque tós semos familia.
Sitges es famosa por sus carnavales y también por la cantidad de población gay que reúne. En la calle del Pecado, hay un montón de bares. El favor era sencillo, engatusar a unos vigilantes que se habían autoimpuesto al hermano y que lo estaban estrocionando al cobrar la entrada al local y no dársela a su legítimo propietario, pero como eran unos gorilas a ver quién se atrevía a decirles que no. Manolo dijo que los pondría en su lugar, el otro se río y le dijo que aún no los había visto, en medio del gentío los pudieron divisar. Primos, esos orangutanes son enormes, deben ser rusocosovanes de esos, yo me piro. Cándido les recordó que estaban ahí para ayudar y no para pirarse, que el plan de Manu era infalible.
Dieron media vuelta, se fueron a la playa, ahí, protegidos por la falta de luz, se cambiaron: Cándido se travistió, se puso peluca y todo. Manu se disfrazó de motero peligroso y mal carado, a él se le daban bien los papeles protagónicos.
Llegaron a la puerta del lugar, detrás de ellos los otros, que eran como seis. El plan eran provocar una pelea multitudinaria delante del bar para deshacerse de los seguratas. Manu discutiría con su Cándido travestido. En la puerta Cándido comenzaría a flirtear con los vigilantes para que la dejen pasar a ella y a su novio. Los vigilantes les dirían que no. Manu fingiría celos y se pondría violento con ella, y ella comenzaría a gritar como loca que la están golpeando, en eso aparecerían los otros seis, gritando: ¡esos gorilas son unos pasa'os están pegando a esa mujé, no pue'e sé! ¿Qué podía salir mal, si el plan era perfecto?
Los empujones se sucedieron, los puñetazos -inaugurados por el que Cándido le dio a uno de los vigilantes que casi lo noquea-, el lanzamiento de botellas y los gritos de ¡Hijo de puta, vete a tu país! ¡Deja a la chica en paz!, siguieron in crescendo. La tángana fue colosal, los vigilantes salieron por piernas. Mientras Cándido y Manu, se escondieron bajo una mesa, se despojaron de los disfraces, peluca incluida, y salieron sigilosamente entre la multitud para perderse en el corazón mismo de una comparsa de vagabundos, para ello sólo tuvieron que rasgarse un poco la ropa, alborotarse el pelo y seguir el paso. Cuando la comparsa giró por el paseo marítimo, se perdieron hacia la playa. A lo lejos, las luces azules de la policía llevaban esposados a dos gorilas un poco ensangrentados.
Lo recordaban como si fuera ayer, se reían como si fuera hoy.
No pueden dormir tranquilos, en la mañana, camino a Chimilimpia se preguntan por lo que cada uno ha pensado, Manolo apaga la radio interrumpiendo a Justo Molinero, es el primero en revelar sus verdaderas intenciones. Esto no lo podemos hacer solos, y tú lo sabes. Cándido se le queda viendo y le contesta que en eso tiene razón y que le sorprende la claridad con la que el tipo ese les ha vendido la idea, le reconoce inteligencia. También que el plan no es del todo malo, que le llama la atención por qué insiste en eso de riesgo cero. Frente al mar, antes de irse a trabajar, ahí, en Badalona, repasan con detalle, gracias a la memoria de Cándido, todo lo que escucharon anoche. Se hará un poco de justicia, eso es todo. ¡Y nos beneficiaremos nosotros, por supuesto! Encienden un cigarrillo, se quedan en silencio, están nerviosos. Pensé que nunca lo volvería a hacer, te lo juro Manu.
Es hoy, el día después de ayer. La noche se pasó tranquila con los chismes esos que Lléferson dijo que eran valiosos. Todo cabe en una discreta maleta que les facilitaron a tal fin. Repasan una vez más el plan. En el Hotel OM, la Paqui se registró como Franci Natra, y dio el número de habitación convenido que ya estaba pagado, bien trajeados subieron a la suite.
Ya es la hora, una rubia despampanante baja del ascensor y pasa contoneándose por el vestíbulo del hotel, con su maleta. Pide un taxi y se sube, sólo se ve esa melena platino al contraluz.
En la entrada del Hotel Palace, le abren la puerta. Ella entra altiva y da un nombre, el convenido. Los empleados la conducen a un reservado. Allí entrega la maleta a cambio de un número de cuenta en Andorra, con los nombres pactados. Hay una botella de Bollinger en la mesa, el tipo no está solo, brindan simbólicamente, aunque ella confiesa que tiene prisa y que es mejor no prolongar demasiado su estadía ahí. Ellos la tranquilizan diciéndole que es parte del plan, que desean que piensen que ella es una prostituta cara y que subirá pronto con uno de ellos y la maleta, eso sí, que si puede hacer un poco de teatro, se lo agradecerían. Ella no ha bebido nada, salen cogidos de la mano, el tipo desliza su mano por el culo de ella, quiere que los vean, ella muy sexy se la retira con una pícara sonrisa. Suben.
Al rato, baja en el ascensor y pasa desapercibido entre la gente que entra y sale del hotel. Más adelante, en Pau Claris, en la esquina de la calle Aragón, le espera una furgoneta de lujo que les alquilaron para salir de la ciudad. Cuando se sube, todos se echan a reír, hasta Llefri y Carlos que son más recatados: ¿Lo hiciste, bien? ¿Se lo tragaron?, las risas se oían hasta Constantinopla. Carlos interrumpe: ¡De verdad, que estabas bellísima, esa melena, esos andares, no sabía de lo que eras capaz!
En eso, Carlos recibe una mirada helada y una repuesta contundente que va dirigida a todos: ¡Menos coña y me lo dejan aquí, ustedes saben la mala leche que tengo cuando me pongo, así que calladitos están más bonitos! Todos hicieron silencio, sobre todo Manu que sabía muy bien de lo que hablaba. ¡Y tú, Carlitos, respeta a tu padre, que ya sabes que soy capaz de cualquier cosa por mi familia!
En aquel silencio cómplice, todos se vieron la cara, y si alguno quiso reír, se contuvo porque, Cándido, cuando decía algo imponía respeto o si no había que atenerse a las consecuencias, era capaz de liarse a hostias con quien fuera y dejarlos tirados ahí en medio de la autopista.
Llegando a Vic donde cambiarían de vehículo, le esperaba la fiel Chimilimpias, el mejor de la provincia, un primo les había hecho el favor de llevarla hasta ahí.
Al día siguiente, via Puigcerdà van oyendo la radio, Justo Molinero, con el humor que le caracteriza da una noticia: ayer, en el Hotel Palace una prostituta de lujo agredió a sus clientes. No la buscan ni la acusan para proteger la identidad de ambos magnates, dicen que los dejaron hechos un Cristo. ¿Están oyendo, amigos? ¡Nunca se confíen de otras mujeres que no sea la parienta! Todos rieron al unísono.
*Es el cuarto episodio que comenzó con "Transformado por el arte "
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Qué bueno; muy divertido 😀
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