Era un tipo flacucho con aquel cabello negro, abundante y liso que, estuviera bien o mal cortado, siempre parecía desarreglado porque estaba destinado a caer en esas capas que señalan por donde pasó la tijera del barbero. Su rostro parecía sacado de un cuadro de El Greco, con aquella nariz alargada y los pómulos hundidos para marcar el arco de sus ojos rodeados de negras pestañas abundantes y esas enormes cejas negras. Pese a que era un tipo risueño, no provocaba demasiada confianza entre sus congéneres.
Cada día iba a su trabajo de dependiente en una tienda de tornillos y tuercas, específicamente, no había otra cosa ahí, más que hembras y machos, eso sí, tenía una memoria prodigiosa y eso lo hacía especialmente apto para un trabajo que parecía aburrido, pero absolutamente necesario para los muchos usuarios que acudían a diario con muestras de tornillos ahora rotos, huérfanos de tuercas o arandelas, machos sin hembras o hembras sin machos.
La inmensa variedad de pequeñas piezas fabricadas por el hombre para fijar, girar, conectar, aislar, no eran fáciles de entender para el que nunca había siquiera intentado comprender el universo (del tornillo).
El negocio era como todos los de su clase. Sin ningún tipo de publicidad de nada, ningún póster que recordara la mercancía que se vendía, ni nada que hiciera sospechar la importancia de aquel lugar, porque en verdad, muchos no podrían vivir sin él. La entrada era muy amplia, sendas puertas se abrían de par en par sin hojas protectoras, sólo la reja que se bajaba en la noche y se subía por la mañana. En el centro, un larguísimo mostrador en el que se sería atendido por orden de llegada. Eran seis empleados que dominaban la materia a la perfección. Necesito un tornillo de cabeza plana de latón, para madera. Contrapregunta: ¿Plano o u ovalado? Y aunque parezca un poco absurda esta conversación, ya que se le había pedido un tornillo plano, en principio, tenía su razón de ser, pues, una cosa es tener la cabeza plana o ranurada para facilitar la entrada del destornillador plano y otra cosa es ser plano para que quede al ras de la superficie de madera.
Detrás del mostrador, todo eran estanterías de metal, con cajas pequeñas y alargadas identificadas debidamente con números en pulgadas o centímetros y palabras tan altisonantes como allen, ranurada, phillips, torx o hexagonal combinadas a su vez con diversos materiales como acero galvanizado, acero inoxidable, latón o aluminio y por su uso si son para madera, metal, autorroscantes, tirafondos, autoperforantes o para hormigón. La denostada descripción del tipo de tornillos, no la hago porque quiera parecer experta en el tema, poco baladí para la historia, sino porque eso nos da la idea de la inmensidad de aquella tienda, en la que un hombre pasaba cada día de su vida, contento por saber reconocer la diferencia entre todos los tornillos y porque con ello, ayudaba a que la humanidad fuera un poco más estable. Esto último no es una metáfora, es literal, los tornillos son para dar estabilidad a la unión entre dos elementos distintos.
Dicho esto, lo que me ocupa es un personaje alto y flacucho de ojos negros, como recién sacado del cuadro El entierro del duque de Ordaz, y lo que me ocupa es que el tipo era feliz, cosa sobre la cual, hay que poder escribir de tanto en tanto. ¿Y a qué debía su felicidad si antes había establecido que no era demasiado popular entre sus congéneres?
Si alguien se parece a un personaje de El Greco, su fisonomía, ya habla por sí sola, es como si alguno se parece a un personaje de Picasso o de Lucien Freud. ¿Imaginamos acaso a alguien con esas manos alargadas (que las tenía), esa nariz aguileña (que la tenía), ese pelo negrísimo (que también lo tenía) y esa expresión solemne (sin lugar a dudas), riendo como un loco? No. Tampoco lo imaginamos siendo simpático, pero este tipo lo era, sólo había que conocerlo. Y era feliz. ¿Cuál era su secreto?
Una mañana de octubre, salió de su casa y acarició a un perro, el perro le movió la cola, esto le hizo sentir muy bien. Entró a una panadería a tomar un café, y estaba caliente como le gustaba. Pidió un cruasán para acompañarlo y, como era de mantequilla y estaba recién hecho, crujió al primer mordisco de manera muy suave y sabrosa. Recordó a su madre y la llamó para saber cómo estaba, escuchó su voz, con las quejas y los cuentos sobre sus hermanos y sus sobrinos, agradeció esas noticias porque todos estaban bien. Pagó y dejó propina, la chica le había sonreído y había sido amable.
Llegó a su trabajo, como cada día, el primero. Su jefe le había confiado la apertura del negocio. Cada mañana se armaba de fuerza, él que era tan esmirriado, y lograba, con mucho esfuerzo, levantar las persianas. Enfrente había un negocio dedicado a la reparación de pequeños electrodomésticos, el dueño era corpulento. Y puede que, ya cansado de ver el patético espectáculo de aquel escuchimizado luchar contra las fuerzas de las persianas, se puso la obligación cotidiana de esperarlo y ayudarlo, cosa que, cada día, se le agradecía. Aquel era un hombre muy amable, de él ya sabía el nombre de sus hijas y su mujer y conocía la ilusión que le daba la perspectiva de mudarse a una nueva casa más grande. Cada día seguía la historia con atención porque le gustaba ver ese brillo en los ojos de aquel vecino tan considerado.
Con su bata azul, se ponía de pie detrás del mostrador, habiendo encendido previamente todas las luces. Le gustaba mucho el orden de las cajas, la forma en que estaban apiladas, el color de la madera ya curtida y sucia de tanto meter y sacar piezas. Le gustaba atender a los clientes y coger una caja y desparramar todo el contenido sobre la superficie de aquel gran mostrador en el que el sonido, las texturas diferentes de las pequeñas piezas y el tener que manipularlas con cierta suavidad para evitar pinchazos, se daban cita como si de una enorme mesa de casino se tratara. ¡Y contar si son cincuenta o cien o doscientos! La consecución de los números sonaban en su cabeza como un lento vals rítmico, pausado, acompasado. Luego venía la bolsa pequeña, de papel kraft, marrón, la palita de metal para recogerlos y depositarlos y ese sonido de cascada, de uno a uno, que variaba según fuera el material del tornillo. Cerrar todo con una etiqueta blanca con el nombre del contenido, que él recomendaba guardar como referencia y aceptar las gracias y devolverlas con una sonrisa.
No todo era estar de cara al público, él y sus compañeros se turnaban para reponer el contenido de las cajas, a él le encantaba entrar en el almacén a buscar con la palita de metal, unos torx de acero de tres milímetros y comenzar por torx, surfear por acero, latón o aluminio, y acabar en tres, cinco u ocho milímetros y, mientras lo hacía, se imaginaba todo aquello en desorden, sin que ninguno pudiera encontrar nunca nada entre todas las piezas pequeñitas y misteriosas, que así, supone, le deben parecer a quienes ignoran la importancia del orden y la clasificación de las cosas mundanas.
Por todo esto, él era feliz. Le parecía que estaba en el lugar indicado haciendo lo que sabía hacer y haciéndolo de la manera más correcta posible y no porque fuera un mediocre conformista o acaso uno de esos con manías por el orden, no tenía nada que ver con eso, era ante todo el respeto que sentía por su trabajo, por el negocio, por la función social del mismo y que siempre le llevaba a la responsabilidad y de la responsabilidad al compromiso. Quizá por eso, no caía bien a la primera, o por su aspecto de estar recién salido del entierro de un Conde, lo que si es cierto, que cuando ese flacucho te escuchaba describir con total desatino el tornillo que necesitabas, te hacía sentir feliz el que hubiera podido interpretar, a la perfección, tu balbuceo.
Con él aprendí que la felicidad está ahí, en cada caja de madera, en cada bolsita con su ruidito metálico y también en una taza de café calentito con un cruasán crujiente recién hecho.

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