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La Caligrafía

No fui a la escuela pública porque mi mamá tenía ciertas creencias ligadas al temor de no poderme cuidar como era debido. Como mi papá había muerto y yo sólo contaba con cuatro años, ella seguramente se abrumó por toda la responsabilidad que ello conllevaba.

Sucedió que la vida seguía su curso inexorable, con altos y bajos y mucha adaptación por parte de todos los implicados, incluyéndome. Aprendí a leer bastante pronto porque yo me quedaba en casa con ella y mientras cocinaba y hacía sus quehaceres, yo me sentaba en el suelo y utilizaba una silla regia de madera para garabatear mis primeras letras y aprender mis primeras palabras. Entendí, entonces, que la etapa de dibujar mamarrachos estaba pasando. Ahora recuerdo que jamás ni nunca dibujé a una familia completa porque no la conocí. En verdad no sé si alguna vez dibujé a una familia. Esto último creo que se debió a esa cualidad tan bien valorada en aquellas tierras llamada delicadeza. Imagino que a los niños de un país tan joven, en todos los sentidos, no se les pedía semejante cosa debido a que los padres casi siempre estaban ausentes por diversas causas, la mía era la menos vergonzosa, como decía mi mamá: a mí me lo quitó Dios y no una sinvergüenza.

Explicado todo esto, que no es demasiado relevante para la historia, aunque si nos ponemos a pensar si lo es, porque todas estas circunstancias se confabularon para que yo no fuera a la escuela pública sino a un colegio de monjas de las Siervas del Santísimo que tenía buena reputación y mi mamá lo podía pagar. No sé si era por su afán sobreprotector, como ya lo dije antes, o porque estaba más tranquila bajo la atenta mirada de todas aquellas mujeres consagradas a la oración, la adoración y la enseñanza.

A ese colegio llegué comenzado el primer grado. Aunque, antes me habían llevado a un kinder en la escuela pública en que  estuve ni siquiera dos semanas, debido a una mala tarde de intimidación en la que acabé espatarrada en un charco de agua porque algún gracioso me empujó y no había nadie que le pudiera responder a mi mamá por qué estaba empapada de barro de arriba abajo. Este hecho provocó que ella me cambiara al colegio privado al que iban mis hermanos. Entonces, como ya sabía las letras no fui al kinder sino al preparatorio y, como ya sabía leer y escribir, me pasaron directo a primer grado. Fue cuando mi mamá decidió cambiarme a otro colegio de monjas donde estudiaba mi prima, para que no estuviera sola, aunque para mí fue peor porque mi prima y sus amiguitas me ignoraban y me intimidaban también. No sé si mi mamá era consciente de eso, o sencillamente me buscó un colegio más barato, pero tomó la decisión sabia de cambiarme al colegio definitivo, el de las Siervas.

Vida nueva y uniforme nuevo, ¿qué más podía pedir? Además, como yo venía del otro colegio que era un poco más exigente, ahora terminaría primero aquí con ventajas y, si todo iba bien llegaría a sexto, y yo quería que todo fuera bien porque a diferencia de otras niñas, a mí si me gustaba la escuela. Ese primer año me aburrí mucho porque las demás no sabían leer ni escribir y yo no tenía paciencia para escuchar esos balbuceos inseguros por lo que casi siempre acababa las frases, eso me granjeaba más de un regaño. La maestra descubrió lo que ya sabrían sus homólogas a lo largo de mi vida estudiantil: a mí se me tranquilizaba mandándome a dibujar y a pintar, entonces se me encargaban dibujos para la cartelera mientras el resto seguía con sus farfullas infinitas.

El segundo grado comenzó con un libro muy gordo, el Libro Arcoiris que contenía todas las lecciones de todas las asignaturas y que me permitía leer los temas por adelantado, tenía muchísimas ilustraciones y fotos, era fantástico. Pero, estas monjas eran un poquito quisquillosas y no todo era ver el libro y aprenderse las lecciones, no, había que tener buena letra. ¡Y ahí comenzaron los cuadernos de práctica de la famosa caligrafía Palmer!

Mi mamá tenía muy buena letra, quizá por eso los compró con entusiasmo y si las monjas me exigían completar los ejercicios, en casa mi mamá lo recalcaba como si se tratara de un asunto personal.

Cada semana había clases de caligrafía, no era una tontería, escribir era un acto reglado y que requería de una actitud. Todas en silencio, todas en nuestros pupitres, lápices afilados y nada de lápices enanos, mordidos o sin goma de borrar. Los instrumentos debían estar impecables tanto como los cuadernos de doble línea para saber donde acababa el palo de la te y el de la efe, uno hacia arriba y otro hacia abajo, la línea central servía para que el resto de las letras como vocales, enes, emes o doblesves quedaran enmarcadas en esa delimitación. Y ahora la preparación: sentarse con la espalda recta, apoyar el brazo sobre el pupitre dejando que la muñeca estuviera libre y sin soportar otra cosa que no fuera el lápiz. Se comenzaba por los primeros movimientos, los de calentamiento: rayas verticales un poco inclinadas a la derecha conectadas como en un zigzag sin luces, sólo sombras, los círculos que buscaban redondearse entre ellos unidos por una línea infinita, las elipses, todo eso debía salir de un movimiento de la muñeca y no de los dedos, nada de apretar el lápiz. Recuerdo que nos revisaban el dedo índice a ver si estaba muy rojo, nos indicaban que el callo que nos estaba saliendo era porque no sabíamos agarrar el lápiz.

Y así pasábamos no sé cuanto tiempo en silencio, garabateando esas formas que, según nuestra maestra, nos conducirían por el camino de la buena caligrafía. Nos decían que la buena letra habla de la persona como señal de buena educación. Y así transcurrían los minutos y los segundos interrumpidos solamente por el chás chás del sacapuntas que no sabíamos utilizar y que nos ponía las manos negras para facilitar el tiznado de nuestras páginas. También tenían paciencia para enseñarnos a utilizar el sacapuntas, yo aprendí porque no me gustaba ir por ahí con las manos negras ensuciándolo todo: el pupitre, la ropa, la cara, todo.

Al principio odiaba todo eso, pero conforme me iba saliendo bien, lo iba aguantando y casi que destacaba en la caligrafía. Aunque, vale decir, que siempre me iban recordando que debía mejorar la letra porque había combinaciones que no me salían y todavía hoy no me salen: las aes mayúsculas no me gustaban redondas, prefería las triangulares y me inventé la mía, tenía la dificultad de no poderla ligar con el resto de las letras. No me gustaba la erre de doble pinza, así que prefería la angular, pero las angulares tampoco se pueden ligar, y así, osaba proponer unas cuantos atrevimientos estilísticos en detrimento de que se me reconociera mi gusto por la caligrafía y, a cambio, se me recordara, machaconamente, que debía mejorar mi letra (cosa que nunca hice, no por rebeldía, sino porque lo consideré superfluo).

En cuarto grado la cosa se complicó, ya llevábamos dos años aprendiendo a tener no sólo buena letra, sino a escribir con buena ortografía, y también a hacer que ambas cosas tuvieran la rapidez exigida en los dictados, eso era todo un reto que casi estábamos a punto de alcanzar, pero, como he dicho, la cosa se complicó. 

En la lista de útiles apareció una extraña petición: una pluma fuente Parker, un frasco de tinta y un rollo de secar tinta, que no pasó desapercibida entre las cosas normales como los cuadernos de una línea, los mixtos con su hoja blanca intercalada para dibujar, los de cuadritos para matemáticas y,  ¡gran alegría!, ya no se nos pedían los de doble línea, lo cual indicaba que pertenecíamos a la casta de las que saben escribir y por supuesto el libro Arcoiris de cuarto, ¡qué emoción! Y lo que más me gustaba y quería en el mundo: una caja de crayones Prismacolor de veinticuatro (eso nunca lo pude tener, los de doce y ya).

Primer día con la pluma fuente. Estábamos deseosas de aprender a utilizarlas, la mía era roja, otras eran azules o negras y alguna verde. En casa la veía y pregunté si la podía usar y se me dijo categóricamente que no. Sentadas con el cuaderno de rayas sencillas, la maestra nos indica cómo llenar las plumas, se nos invita a no derramar la tinta, es decir, hay que actuar sin prisas. Se abre la pluma desenroscando el tubo de color y extrayendo la plumilla con una estructura lo más parecido a un gotero, se oprime y se acerca al frasco de tinta y se absorbe hasta que aquello, que es el tanque, quede lleno. Se enrosca la plumilla y el tanque en el cuerpo de plástico y a escribir, antes hay que pasar un poco por aquella cosa de papel absorbente con forma de media luna compacta.

Se nos advierte que no necesitamos hacer tanta presión como con el lápiz y que miráramos a la pizarra, que haríamos nuestra primera copia, pero antes, lo de siempre: la fecha, el nombre de nuestro colegio y nuestro nombre. Con todo cuidado probé ese nuevo instrumento que me pareció alucinante por lo rápido que obedecía las órdenes de mis manos. No había que hacer esfuerzo para que ella dejara su huella, esa huella que me acompaña hasta hoy cuando la utilizo incluso para dibujar. La pluma fuente cambió mi manera de escribir, y de entender todo lo que habíamos hecho hasta ahora en aquellas largas y tediosas clases de caligrafía, ¡ahora todo tenía sentido!

Pero, siempre hay un pero, a veces las plumas soltaban su tinta sin aviso y nuestros uniformes se ponían hechos un asco, las maravillas de la lavandería casera podían con aquellas manchas, pero a menudo quedaba ese sutil velo que nos recordaba el descuido. Un día, para mi cumpleaños mi tío me sorprendió con un invento maravilloso, una pluma de cartucho de tinta que me regaló para que no tuviera esos manchurrones en el uniforme. Al verla entendí que ese objeto era algo que deseaba como nada, por eso fui de las primeras en llevar la alta tecnología a la escuela, la maestra quedó encantada y sugirió su compra a aquellas que puedan, no es obligatorio.

No vale decir que la caligrafía de todas mejoró, que la pluma no se dejaba apretar ni inclinar de mala manera, que las reglas estaban ahí en función del instrumento y que requería precisión porque si no, pasaba la maestra, miraba el cuaderno con equivocaciones, tachaduras y manchas y con toda sutileza, arrancaba la hoja de cuajo, sonreía y decía, Guzmán, hay que volver a empezar,  y volvía a empezar, confieso que eso no me molestaba.

La caligrafía como maestra, la caligrafía como calma y apego a la vida, al orden, a la belleza, la caligrafía como sortilegio contra la página en blanco. La estilográfica como complemento, como prolongación de la mano, como instrumento maravilloso, casi tanto como el pincel.

Nunca he dejado de usarlas: una buena caligrafía y mi pluma fuente me han acompañado toda la vida en el bachillerato, en la universidad y como profesora. Nunca he dejado de defenderlas y por eso mi gusto por las cosas bien hechas, el orden, el respeto.

Despacito y buena letra, un consejo a los pupilos fogosos y desesperados para que aprendan a hacer bien las cosas, un consejo incluído por el poeta Machado en sus Cantares y Proverbios:  " Despacito y buena letra: / El hacer las cosas bien/ importa más que el hacerlas".


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