Cuando era chiquito en aquella ciudad meridional en la que la sombra de los mangos nos obsequiaba pródigamente con su olor, yo me quedaba viendo a los que jugaban metras mientras pensaba en otras cosas mucho más interesantes, como, cuando el domingo mi mamá me llevó a conocer la casa de nuestro libertador, y yo recorrí sus habitaciones para entender cómo dormía un libertador, acaso un emperador, un hombre cuya palabra fuese seguida por todos al dedillo.
Con apenas ocho añitos, sorprendí a mi mamá leyendo uno de sus gruesos libros amontonados sobre otros menos gruesos, al tiempo que garrapateaba algunas palabras en una cartulina pequeña, rectangular y blanca y la dejaba entre las páginas. Mi mamá era historiadora, eso me lo dijo ayer al preguntarle qué hacía con esos libros tan grandes -antes de ayer no lo sabía, sólo sabía que no cocina, que eso lo hacía la muchacha, a diferencia de la madre de José que si lo hacía porque era ama de casa. Entonces, ahora tampoco sabía lo que era una ama de casa y le repregunté a mi mamá. A eso le siguió una larga explicación que mencionó no sé qué cosas de la mujer que estudia y de la que se queda en casa… a mí me daba igual, total que me enteré de que ella era historiadora.
Otro día me explicó con más calma qué era ser historiadora, creí comprender que era como una persona que lee cosas que ya pasaron para contárselo a quienes no lo han leído, o sea, que ella era una especie de lectora de otros, leía para los que no pueden, saben o quieren hacerlo. Y como yo estaba aprendiendo a leer, pensé que podía ser historiador o dejar que uno como mi mamá me leyera cosas y así yo no tenía que hacer el esfuerzo que se me exigía cada día.
Me gustaba quedarme en la biblioteca de mi mamá dibujando, quizá hojeando libros que contenían retratos de unos tipos muy formales: a veces estaban de frente mirándome, otras iban a caballo bajo el fuego de los cañones, esto último lo imaginaba yo para no aburrirme. Mi mamá me dejaba estar por ahí y me ponía deberes: copiar, o hacer planas de caligrafía, el premio era que yo escucharía una de sus historias.
Me contó que estaba preparando un libro sobre dictadores, y yo, por supuesto, le pregunté qué era eso. La definición fue un poco sesgada: son unos señores que llegan al gobierno de un pueblo sin que los haya elegido ese pueblo y suelen ser malos y despiadados. Yo pregunté porqué, si deberían estar agradecidos de poder mandar y que el pueblo no se resistiera, ella me dijo que era un poco más complicado. Esto último no lo escuché.
Aproveché cada tarde para que ella me contara historias sobre dictadores, todos eran tipos a los que no les gustaba que los interrumpieran cuando hablaban, a mí eso me parecía bien. Tampoco querían dejar de ser dictadores, a mí eso me parecía justo porque una vez que tienes un trabajo y una vocación lo que quieres es ejercerla, eso coincide con lo que dice mi mamá. Casi todos ellos acallaban a quienes les llevaban la contraria, eso también estaba bien, lo hacía mi maestra, mi mamá si la interrumpía, o mi papá con mi mamá, no le veía nada de malo.
Con el tiempo, la idea de ser dictador se me fue metiendo entre ceja y ceja, hice todo lo que estaba a mi alcance para ser un buen dictador: no permitir que se me interrumpiera cuando hablaba, no escuchar si se me contrariaba o montar una pataleta (un truco que había aprendido recién) y sobre todo, seguir haciéndolo cada día, es decir, no cambiar mi actitud nunca.
Llegada la edad adulta, aquella en la que pasada la universidad y los estudios que jamás sabemos adónde nos conducen, mi mamá y mi papá, que era escritor, me preguntaron que en qué quería trabajar, yo les contesté que desde pequeño había querido ser dictador. Ellos se miraron, sonrieron y con lágrimas en los ojos se abrazaron. Estaban dichosos por mi elección: !Hijo mío, nunca pensamos que lo dirías, en este mundo hacen falta más dictadores!
Y fue así como me convertí en dictador.
Aquel día, escogí un párrafo que hablaba de Salazar:
“António de Oliveira Salazar tuvo un accidente del que se pensó no se recuperaría. Por eso, los miembros de su gobierno resolvieron relevarle de sus funciones y sustituirlo por Marcelo Caetano. El problema vino cuando Salazar se recuperó parcialmente porque ninguno se atrevió a comunicárselo, así, durante los meses siguientes y hasta la fecha de su muerte, el 28 de julio de 1970, siguió creyendo que gobernaba el país.
Quizá por miedo o lástima, a su entorno se le ocurrió generar una ficción tan elaborada, que llegó al punto de imprimir diariamente un único ejemplar de Diario de Noticias en el que las informaciones sobre Marcelo Caetano eran sustituidas con el nombre del dictador. No contentos con ello, también se grabaron programas de radio y televisión en los que se afirmaba que Salazar seguía siendo el presidente del país, pero éstos sólo podían sintonizarse en la residencia de Salazar, ya por entonces, exdictador portugués”.
Pregunté sus opiniones y ellos respondieron con la verdad: les parecía que los dictadores morían engañados casi siempre.
Todavía recuerdo a mis padres, en medio de su alegría, decirme:¡Porque solo mediante un buen dictado, los niños aprenden a escuchar, aprenden ortografía y sobre todo, aprenden a amar su idioma, mañana te conseguiremos un trabajo de dictador!
Niños cojan una hoja en blanco, saquen la pluma y no acepto borrones ni tachaduras. Y los miré con ternura, porque cuando yo quise ser dictador, me refería justamente a esa vida miserable de los que tienen el poder como adorno, ¡suerte de mis padres que me recondujeron hacia la senda del bien!

Que simpático el cuento del “dictador “, la ingenuidad de los padres , fue sublime . Gracias
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