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Los Masajistas

Eran un colectivo  discriminado, pese a que siempre se acordaban de ellos los que sufrían de dolores que los desinflamatorios, fueran de tipo no esteroideos (AINE) o esteroideos (corticoides), ya no podían paliar. Porque, como todo el mundo sabe, hay dolores punzantes, insistentes y totalmente descontrolados. Los médicos, cuando no le encuentran el qué ni el porqué, e incluso el dónde o el cómo, porque el quién lo tienen claro (a veces), se decantan por el diagnóstico de inespecífico. Eso le puede pasar a cualquiera, cosa que despierta una terrible duda, o bien sobre la propia incapacidad de comunicar, o bien otra de índole existencial relacionada con la posibilidad de no estar en este mundo de los vivos y que por eso el médico no escuchó lo del dolor que llevaba meses molestando por la zona señalada y sus aledaños.

Acudimos a ellos desesperados, y no se sabe si pertenecen al personal sanitario o al de ocio o al de estética o quizá al de las terapias alternativas o a todos a la vez. 

Fue por eso que, cerca de la Plaza Urquinaona, en Barcelona, se quiso crear el Real Unión de Masajistas (real no por un guiño a la realeza, sino por darle un toque de realidad), al que, desde su fundación, por Don Torcuato Ruiz i Pius, nunca nadie se ha adherido. ¿Cómo describirlo? Era un local cutre y pequeñito que carecía de todo y prescindía de sentido: tenía unos altavoces colgados en la pared de los que salían esos cables flacuchos retorcidos hacia no se sabe dónde, una mesa grande para las juntas con sólo cuatro sillas maltrechas y rotas (más tarde sabremos porqué)  ya que en la primera y última reunión cada uno hubo de llevar la suya, siendo que los asistentes dejaron sólo aquellas que habían encontrado en la basura porque las de casa volvieron a casa.  Había un retrato hablado de su fundador, Don Torcuato, del que estaba orgulloso porque fue el resultado de una confusión en una investigación policial que perseguía a un asesino en serie que no resultó ser él (¡Dios lo guarde de tal atrocidad!) y que, cuando la policía lo atrapó, tuvo que soltarlo a falta de pruebas. Siendo Don Torcuato un hombre dicharachero y pertinaz, no descansó hasta dar con el origen del desaguisado y fue así como le enseñaron el retrato hablado y Don Torcuato se quedó prendado de él, hasta tal punto que convenció a los detectives para que se lo regalaran porque era muy bonito y fiel a su figura, tanto, que por eso lo atraparon, lo interrogaron y le propinaron algún que otro guantazo para que confesara.

La cosa es que en su familia todos tenían esa virtud de manera innata, la del masaje, tanto los Ruiz como los Pius. Desde sus humildes orígenes, sus abuelos, cabreros, sabían que había que masnar a las bestias antes y después de ordeñarlas para que no tuvieran inflamaciones ni infecciones en las ubres. Su padre también masneaba muy bien, sobre todo los esguinces. En el pueblo todos alababan esas manos maravillosas que eran capaces de aliviar cualquier dolor o deshacer cualquier goma, estuviera en el lugar que estuviera.

Cuentan que unos primos suyos viajaron a Japón porque iban a China, pero se equivocaron al poner el destino y pensaron que Tokio o Pekín eran lo mismo. La cosa es que llegaron a Tokio creyendo que era Pekín; les daba lo mismo porque lo único que querían era traer a España una nueva raza de vacas, eso por parte de los Pius, que eran muy emprendedores. Cuando llegaron a la granja no supieron explicarse bien, en parte porque el traductor apenas sabía español y en parte porque ellos sólo sabían catalán. Fue así como los dejaron deduciendo que eran trabajadores ilegales que demandaban un empleo; por eso les pagaban una miseria y no podían salir sino cada quince días (a ellos no les importaba porque, como no sabían japonés, tampoco sabían cómo salir de ahí). La vida en la granja limpísima era bastante tediosa, por cierto, y las vacas, como eran japonesas, eran muy tranquilas, así que ellos, para matar el aburrimiento, decidieron masnear a las vacas. Los japoneses, al verles toqueteando a sus vacas, pensaron lo peor, blandieron sus sables, esos afiladísimos que usan los samuráis, y se hizo una escabechina de esas que confunden los pelos de unas vacas con los cuernos de otras y una pata que salta por aquí y un rabo que cuelga por allá. Entretanto, los catalanes corrían como locos entre balas de paja y flores de cerezos, cuidando de que no se les desataran las espardenyes y gritando: Collons, pareu, malparits, japonesos de merda! Pareu ja de fotre, em cago en tot el que es mou! De pronto los japoneses pararon cuando ya habían cogido a Olaguer por los pelos y estaban a punto de rajarlo en canal con el sable. Mientras Berenger veía la escena escondido entre las balas de paja, escuchó a uno gritar: "Takeshi, mite!" Y Takeshi volteó, miró y soltó el sable. Se ve que entre ellos se entienden y dejan a Olaguer en paz, Berenger sale de su escondite a ver el descubrimiento que los tenía a todos boquiabiertos. 

La vaca que habían descuartizado de mala manera mientras querían hacer lo mismo a los catalanes, presentaba bajo sus heridas una carne hermosa jamás vista, trazada de hilillos blancos de grasa que se mezclaba de una forma única con el músculo. Takeshi quería hacerse entender con los catalanes, pero como siempre no era posible. De todos modos, lo que hizo fue llevarlos a un cuartucho y encerrarlos. Inmediatamente se fue a casa de Wang Wei, un amigo chino que había vivido en Cataluña. Le dijo que se comunicara con ellos, porque ellos, que habían tenido un restaurante de sushi en Barcelona, no los podían entender. Wang si pudo porque había vivido en Lleida cerca de La Franja. Así les dijo que los japoneses, que son muy listos, creían que, debido al masneo, la carne de aquellas vacas, que ahora se llamarían Wagyu, era totalmente diferente de aquella de las vacas comunes y, por tanto, si accedían a enseñarles la técnica, ellos los dejarían volver. Olaguer y Berenger se miraron e hicieron un trato.

Los hermanos Pius regresaron a La Franja, de donde eran oriundos, y se trajeron por fin a las vacas y a dos japoneses, porque su tradición así lo exigía. ¿Se entiende porqué Don Torcuato estaba tan orgulloso de su familia y de su habilidad?

Entonces, habiendo sido bendecido con el don del masneo, ¿cómo no iba  a fundar la Real Unión de Masajistas? Torcuato tenía habilidades increíbles, como sus antepasados, y las había aplicado en muchos ámbitos. Fue él quien introdujo el yoga con cabras que le pasan por encima a la gente y las relajan y hacen el efecto de un masaje. Hay que reconocer que eso sucedió por accidente, porque su hija, que era profesora de yoga, cuando estaba haciendo una clase al aire libre en el campo, a él se le escaparon las cabras que enseguida pasaron por encima de los participantes mientras hacían sus pranayamas tendidos boca arriba en el suelo. Para evitar el pánico y las posibles denuncias, Don Torcuato salió al encuentro de las cabras, les ordenó a los participantes que se quedaran quietos y dejaran pasar a las cabras por encima de ellos, o sea, que se dejaran pisotear por las bestias. Cuando el rebaño terminó de apisonarlos, se fue a arrasar con el hermoso jardín de doña Flor. Fue ante tal situación cuando él improvisó aquello del masaje relajante con cabras, lo de las fuerzas telúricas y las ventajas del contacto con la madre natura (además, les cobró el masaje aparte), y todos se fueron a Barcelona tan contentos de haber participado en una experiencia única. Su hija Clara se dedica exclusivamente a eso y las cabras ya no tienen que preocuparse por un pronto sacrificio.

Volviendo al estatus de los masajistas y a lo de la Unión, la cosa es que al no ser reconocidos en ningún ámbito que les permitiera demandar sus derechos como colectivo, Don Torcuato decidió ponerse en contacto con el Sindicato Único de Masajistas Tailandesas, La Agrupación de Acordeonistas y Masajistas de La Vall Fosca, el Colectivo LGTBI+ de Masajistas y Contorsionistas del Maresme, La Liga Femenina de 50plus Contra el Dolor, Los Masajistas del Vallès y unos licenciados mexicanos que acababan de abrir un centro en Sabadell (ya que estaban por la zona). Eso fue muy importante por parte de Don Torcuato, el poder aglutinar un buen número de representantes del gremio.

La reunión, una vez comenzada, tenía un gran ambiente; cada uno llevó sus sillas y se sentó. Escucharon con atención los planteamientos de Don Torcuato que hablaban del bienestar de las personas, la función de acabar con sus dolores y estrés de todo tipo. Uno de los representantes de la CLGTBI+MC pidió la palabra y comenzó con un denso discurso sobre la importancia de la fascia toracolumbar y la necesidad de su atención antes de reparar en los  músculos trapecio, dorsal ancho, elevador de la escápula y los romboides. Al escuchar esto, los de La Vall Fosca se pusieron como locos porque no estaban de acuerdo y las del SUMT bostezaban como mochuelos porque ellas sólo trabajaban con el pubococcígeo en hombres y el isquiococcígeo en mujeres, lo demás les tenía sin cuidado

Torcuato estaba profundamente decepcionado y a continuación, les leyó un hermoso discurso que le había escrito el mismísimo Eduardo Mendoza para la ocasión, en el cual, prescindiendo de la queja, alababa el alivio que se sentía después de un buen masaje, fuera de la índole que fuera. Lejos de acarrearse aplausos y vítores, lo comenzaron a abuchear. Los mexicanos, aunque recién llegados, gritaron a pecho hondo que era un farsante porque su familia se había hecho millonaria con el negocio de las vacas Wagyu y él mismo vivía de los masajes con cabras que ofrecía su hija a dos horas de Barcelona, que, para ellos, todo eso debía considerarse prácticas de intrusismo profesional, e insistieron en que ellos tenían una titulación en Fisioterapia de la UNAM, un máster en quiropráctica y otro en digitopuntura a pesar de que sus títulos todavía estaban esperando por la homologación desde hacía tres años. Para ellos todo eso de La Real Unión era un engaño y no pensaban participar para no comprometer su prestigio.

La cosa se puso peor con la intervención de los acordeonistas porque ellos padecían frecuentemente de dolor de espalda, al igual que el desatendido colectivo de los instrumentistas del Keitar, y que si se habían apersonado en esta causa junto con los masajistas era por cosas de salud y nada más. Otros gritos más se escucharon en la sala: ¡Machistas, edadistas! Gritaron las del 50plus al intuir que en toda esa monserga no se las tenía en cuenta, ellas que estaban de pie a base de Ibuprofeno y Tramadol y que no contaban con la empatía del colectivo de masajistas.

La reunión acabó peor de lo previsto cuando uno de los de La Vall Fosca cogió una silla y se la estampó a un mexicano por la espalda con su consabido grito de dolor adjunto. El otro mexicano sacó una pistola e hizo unos disparos al aire gritando una consigna zapatista que nadie entendió y que le acarreó un golpe seco de muay thai en el hombro. Y ya puestos, no faltaron los taconazos en los glúteos justo en el tensor fasciae latae (porque el conocimiento es lo que tiene), y ni siquiera los contorsionistas con sus saltos y acrobacias fueron capaces de escapar del barullo. Don Torcuato puso fin a la algarabía de la manera sabia que le caracterizaba: salió corriendo y cerró la puerta. Desde abajo se escuchan los ayayais y los golpes de las sillas sobre dorsales, trapecios y algún esternocleidomastoideo.
 
Espantado, Torcuato cruzó la calle para ir a avisar a la policía en Vía Laietana, con la mala suerte de que pisó mal y se hizo un esguince. ¡Qué dolor! Se sentó en un banco, se quitó el zapato y comenzó a automasnearse, en eso vio que por la puerta del edificio comienzan a salir los mexicanos, los de Vallés, los del Maresme y las señoras del 50plus, más atrás, el resto, y todos en grupos compuestos por los diversos miembros de cada una de las agrupaciones masajeándose entre ellos y quejándose: "¡Me diste por el pectoral menor! ¡Tú me diste en el acromion! ¡Ay, me duele aquí en el esplenio! ¿Cómo hiciste para darme un golpe en el gastrocnemio si yo a ti no te estaba ni tocando el macetero?" Con esas voces intentaban paliar los efectos de la paliza.

Mientras Torcuato intentaba calmarse en aquel banco, se le acercaron los mexicanos, sacaron la pistola de su bolsillo, la pusieron en el suelo, se miraron entre ellos; Don Torcuato sudaba como nunca y más que antes. Mientras el otro sacaba una navaja y la ponía en el banco, su compañero buscaba el Fisiocrem, se frotaba las manos y lo aplicaba con suavidad; el otro lo relevaba para hacerle un vendaje compresivo. Muy profesionalmente le advirtieron que los esguinces no se soban. 

Respirando con alivio, Don Torcuato Riuz i Pius los vio marcharse hacia Plaza Cataluña, unirse al grupo repartiendo tubitos de Fisiocrem para todos. Ilusionado, pensó que, al fin y al cabo, la reunión había sido un éxito.


Comentarios

  1. Pudo haber sido traumatólogo 😁, me gustó la sanpablera que se armó 😂😂. 👍🏽🍀

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