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Premuras

*Tienes que haber leído Blow Up, Lecturas, La Bufanda David y Goliath y Silencios

No era lo suyo estar detrás de un quiosco de café, aunque eso le permitía seguir viviendo allí de una manera más o menos digna y, sobre todo, terminar su doctorado, que fue a lo que vino. Allí había conocido a Carlos Alberto, ese músico maravilloso, compatriota de ella, extranjero como ella, inmigrante como ella.

Yelimar era una morena alta y delgada con el cabello negro enroscado, la piel brillante, los labios carnosos y una sonrisa plena de dientes blanquísimos y alegres, ella era como una fiesta, con ese hablar pausado que seguía el ritmo natural de su lengua materna en esa nueva lengua extraña, más fría y complicada, pero a ella le gustaba esa nueva música, porque todo era nuevo, nuevo, nuevo, nuevo, el pasado había quedado atrás, atrás, atrás, atrás.

Recordaba cuando por fin pudo coger el avión después de una travesía que le quitaba las ganas de salir de su país, recuerda cada noche los disparos que escuchaba de niña y que le obligaban a dormir lejos de cualquier ventana y preferiblemente a ras de suelo. Aquí los sonidos no recuerdan a niños gritando en las calles, ni a madres desesperadas o borrachos alegres, no hay ruidos, a veces se oye al vecino que ensaya con su fagot, pero en las horas convenidas, o a Carlos Alberto con su violín y cuya destreza, alguna vez le procurará una plaza en una orquesta, él dice que luchará hasta lograrlo, cueste lo que cueste.

Con Ingrid la unía una amistad forjada en el yunque de la facultad, la metáfora no es gratuita porque todo lo que se hace en la facultad se hace a golpes. Ella estaba absolutamente perdida, y esto no es una metáfora, cuando llegó y le preguntó a Ingrid en donde quedaba el aula, amablemente la acompañó y se presentó como la profesora de aquel seminario tan interesante sobre la incitación a la violencia en el arte. Desde ese momento supo que quería trabajar con esa mujer tan brillante, ser como ella, emularla hasta abrazar al conocimiento como lo abrazaba ella. Y así se hicieron amigas.

Hay varios motivos por los que dos personas de culturas tan diferentes inician una amistad, el primero es que ambas entiendan que la diferencia cultural les puede aportar riqueza a su propia visión de mundo: Yelimar e Ingrid pensaron lo mismo. Otro motivo que las unió era la necesidad de colaborar entre mujeres en un mundo totalmente dominado por hombres. Ingrid tenía en mente un tema de investigación sobre mujeres y violencia en el arte, desde vírgenes, ninfas, o reinas decapitadas, y a Yelimar le pareció maravilloso y más porque le dijo que le gustaría colaborar con ella, que prefería un equipo totalmente femenino. Yelimar se sintió acogida, reconocida y creyó que con esa propuesta, con esa amistad ya dejaba de ser una outsider, estaba comenzando a dar forma a su nueva identidad que no es sólo la inmigrante que con sacrificio llega a estudiar a una universidad extranjera y que nadie ve a los ojos, a la que nadie invita a un café porque no la conocen y no la quieren conocer, esa de la que todo el mundo supone una historia que no es la suya, una identidad impostada por la ignorancia de los demás. Ahora ella podía decir a los cuatro vientos que dominaba cuatro idiomas y pronto serían cinco, que había estudiado con muy buenos maestros, que no era la primera vez que estaba en un proyecto de investigación ni tampoco la primera que firmaría un artículo conjunto.

Y el otro motivo, el más importante, es que Ingrid era simpática, optimista, despierta, chistosa, ambas lo eran, hacían un dúo divertido y de tanto en tanto salían a tomar un par de copas de vino y se contaban cosas de chicas, chismes sin importancia, o sencillamente hablaban de moda o de cine o de música, cualquier cosa que no recordara a la facultad.

Yelimar estaba apurada en concretar un puesto de asistente de investigación ahora que había decidido colaborar con Ingrid, pero cada vez que quería ahondar en el asunto con ella se encontraba con evasivas. Un día, cansada de las excusas, se atrevió a concertar una cita con Jürgen, el jefe del departamento y por ende, el jefe de Ingrid, tenía que ser muy cuidadosa porque no quería que una torpeza lapidara su amistad con Ingrid por todo lo que suponía. El asunto es que pronto se le acabaría el contrato con la gente del quiosco de café y no era seguro que se lo renovaran, ya que su visado de estudiante estaba a punto de expirar. En esta conversación con Jürgen se lo jugaba todo, no quería problemas, pero no podía hacer otra cosa, su situación era muy frágil.

Jürgen la recibió con mucha amabilidad, era su carácter lo que le indujo a pedir una cita con él, quería pedirle una sola cosa: que la dejara en el proyecto como ayudante y que eso supusiera un contrato y una remuneración. Estaba un poco decepcionada con Ingrid, creía que era más que su mentora, que era su amiga y la entendía, pero amargamente, se daba cuenta de que cuando tienes el culo en el bidet, como decía un amigo suyo, las promesas y la solidaridad se olvidan.

Era una mañana dura  para ella, arriesgaba su futuro, debía abordar el asunto con sutileza y astucia, al ismo tiempo. La conversación con Jürgen fue por buen camino, se mostró comprensivo, le dijo que la apoyaría en todo, pero que, desgraciadamente, todo dependía de Ingrid, le aconsejó que fuera directa, confiaba en ello. Le dejó muy claro que sin el apoyo de Ingrid él no aprobaría nada.

Cerró la puerta al salir, quería llorar porque no entendía que a estas alturas de su vida tuviera que mendigar una limosna, y que esa limosna supusiera la entrada o salida de su futuro. ¿Si eso no se da que sería de ellos, adónde irían? Era un asunto de vida o muerte.

La conversación empezó entre amigas, aunque Yelimar tuvo en cuenta que no lo era y por eso prefirió verla en su despacio de la facultad. La abordó con toda la precisión de que era capaz, le describió taxonómicamente su situación y le dijo, lo que no quería: dependo de tí, por favor. E Ingrid la miró a la cara y con toda tranquilidad le contestó que esa responsabilidad no era de ella, que una cosa era haberla invitado a trabajar juntas y otra era meterla en un proyecto como aquel, no obstante le ofrecía una salida: que la ayudara a tenderle una trampa a Lundberg. Esa idea no le gustaba nada.

Así fue como Yelimar se vio implicada en una especie de cacería de brujas que ella no entendía. Le parecía todo demasiado arriesgado, tenía que hacer de celestina. La vida de Ingrid era perfecta con su marido perfecto, su ropa perfecta, su inteligencia perfecta... ¿Por qué arriesgarse tanto?

De pronto Yelimar comenzó a hacer cosas que no quería: lo de entregar la bufanda a su marido y lo del libro, también fue la mensajera que le hizo llegar las cosas a Jürgen, eran cosas que había que hacer, y se dio cuenta de que estaba a cargo, que la situación ya hacía rato que se le había escapado a Ingrid, que era ella quien estaba al mando. ¿Qué le impedía ahora hacer que el viento soplara a su favor?  Más allá de cualquier proyecto de investigación estaba su propia vida y, sintiéndolo mucho, no tenía la idea de darse por vencida. 

Ella ha sido la muchacha del café, pero también la testigo de las imprudencias de Lundberg y de Ingrid, era su oportunidad y supo aprovecharla.












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