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Silencios*

*Tienes que haber leído Blow Up, Lecturas, La Bufanda  David y Goliath.

Es verdad, yo nunca denuncié su desaparición, porque estaba muy enojado con ella, pero ahora que he tenido que verla en la morgue, con esa marca en el cuello, todos mis rencores se han desvanecido. Me jode no recordar nuestras últimas palabras, no sé si me despedí de ella esa mañana o si todo acabó la noche en que le dije que era una psicópata. Ahora ya no está. Creen que Lundberg la mató y que éste, a su vez,  fue asesinado por un terrorista que huyó y todavía están buscando. ¿Y así acaba todo?

He pasado la noche en vela, llorando y sin comprender el porqué, nada tiene sentido. He descubierto que había personas que sabían más de ella que yo y que me han explicado un entramado del que yo no tenía ni idea. ¿En qué momento dejamos de conocernos? ¿Una película vieja fue la que señaló ese instante?

Me iré unos días, necesito un poco de soledad, distanciarme de los amigos que nos llaman (todavía uso el plural), de su madre, Brigitta, que no deja de llorar por teléfono y que desecha en lágrimas me gritó ¿por qué no la cuidaste?   Mi amigo Harald me llama cada día, dice que le preocupo, que debo hablar, y yo no sé de qué. Estoy encerrado en mí, en lo sucedido y en que no me puedo creer que a mí me haya pasado esto, que a nosotros nos haya pasado esto. ¿Y así acabó mi historia de amor, ya está?

Unas jornadas se sucedieron tras otras, algunas más húmedas, otras más secas. Volvió el verano, tuvo a sus amigos ahí, cerca. Mientras tanto, le  costó mucho tocar sus cosas, las de ella, tanto, que su casa se había reducido a cocina, comedor, salón de estar, su despacho, la  terraza, y su habitación con su vestidor, él de ella permanecía cerrado. En la noche ocupaba sólo su lado de la cama, el de él, por no molestar. ¡Era absurdo!

Cada día el ritual fue adecuándose a la nueva realidad sin variar demasiado: la taza de café, la gata que pedía su comida y que se había vuelto más cariñosa desde que ella no está y la vista hacia su despacho y el parque más allá. En su oficina todo seguía igual: la vista sobre el parque y más allá, el tranvía que conducía a la universidad. Sin ruidos. Vivía en sus cómodas burbujas sin ruido. Aquella mañana recibió una nota de Yelimar, se ve que se la dejó en recepción, le preguntaba que como estaba y que deseaba de todo corazón que se recuperara, le decía que, pese a haberse puesto a sus órdenes para lo que hiciera falta, le extrañaba que no la hubiera llamado nunca, que prefería dejarle una nota porque no quería importunarle por otros medios.

Lee la nota con detenimiento, tiene el membrete de la universidad, su letra es cuidada. Huele el papel y cierra los ojos, no sabe porqué lo hace y se deja caer en su asiento como quien quiere pensar en algo que no logra asir, que se le escapa. Reconstruye todo: aquel día en que la vio cruzar la calle con su abrigo verde y su bufanda fucsia y encontrarse con ese hombre, el día en que encontró el libro en el banco, el día en que ella no volvió a casa y él lo interpretó como un insulto, el día en que él volvió a dejar el libro en el banco, el día en él que fue a la facultad esperando verla del brazo de Lundberg.

Por alguna razón que desconoce, odia a Lundberg profundamente. Aquello que le contó Yelimar, aquella especie de thriller feminista le revolvía las tripas. No estaba empatizando con un depredador sexual, pero cabe pensar si acaso estas dos mujeres no estaban fantaseando con una liga de la justicia de género. La explicación de Jürgen era válida, aunque siguió sin entender porqué ella no le había contado nada de aquello, habría sido lógico que lo hiciera, porque eran bastante cómplices en los asuntos profesionales, entonces él le habría dado carta blanca para que hiciera lo que quería, o la mejor, y eso era seguro, no le habría aprobado una investigación tan absurda que supusiera meterse en la dark web. 

Nunca se lo habría planteado hasta ahora, para él no tenía demasiado sentido el asunto ese del terrorismo de estado, ni el de la violencia, si al mismo tiempo tenía que soportar esa especie de brutalidad silenciosa sobre sí misma, o mejor dicho, provocarla. Se le fue de las manos, a él no le parecía factible que Lundberg la hubiera asesinado, aunque la bufanda verde tenía restos de su ADN, pero no fue el instrumento que se hizo servir para ahorcarla, como él creyó al principio. Se sabe que tenía unos hematomas causados  por algunos golpes contra un árbol, eso decía el informe del forense.

Había manoseado ese informe a ver si encontraba alguna cosa menos sencilla que una pelea entre dos que se sienten atrapados en una espiral de violencia que ellos mismos habían creado. Siempre se preguntó hasta qué punto podía haber llegado ella con Lundberg, porque ese tipo de crímenes sólo es posible entre dos personas que se tuvieran mucha confianza. En ese momento entendió cuál era ese pensamiento que no había podido asir: nunca había llegado al final del informe, nunca se había atrevido a preguntarse a sí mismo si acaso ella tenía señales de violencia íntima, nadie nunca se lo había preguntado porque con esa especie de silencio aséptico, de proceder impoluto que había tenido la policía hacia él, ahora entendía que gritaba a los cuatro vientos que, en el fondo, era un crimen pasional, entre dos amantes mal avenidos y que, él, el tercero en discordia, era el marido cándido, quizá, indirectamente el causante.

Esto le llenó de rabia, se acercó al ventanal. Llovía, el quiosco de Yelimar ya albergaba a otra chica, también simpática, también morena. Nadie cruzaba el paso cebra, y no había en esa vista ninguna respuesta. 

Piensa que si alguien sabe algo sobre todo ese embrollo, es Yelimar, su compinche, la que ahora es su sustituta en la investigación. Y se pregunta: ¿cómo se puede aceptar seguir con el proyecto de tu amiga asesinada de manos de su colaborador?

Vuelve sobre sus pensamientos y quiere evocar con precisión la figura de Lundberg asesinado por un terrorista que no ha sido atrapado aún. Lo ve ese día en la facultad y trata de recordar su andar, su cara a lo lejos. Era como siempre: anda rápidamente, siempre con aquel aire de superioridad que le otorga su figura atlética y sus facciones clásicas. Lo ve con aquellos libros, la bufanda verde, que después apareció en una bolsa de plástico y piensa en cómo llegó esa bufanda a esa entrega que le hizo Jürgen. Quizá ella se la quedó para implicarle en algo diferente de un asesinato, porque la que se usó para estrangularla fue la de ella, la fucsia con naranja que le sentaba tan bien.

Está claro, esta noche le tocará leer todo el informe del forense. Se le viene a la memoria las palabras de la detective: después que lo lea puede llamarme para hacerme cualquier pregunta, estamos aquí para aclararle cualquier duda, porque saber la verdad siempre hace el dolor más llevadero.









Comentarios

  1. Una historia interesante, llena de preguntas sin respuestas.

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  2. Buen suspenso, y pendiente de la siguiente entrega , gracias 🌹

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