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Yo y el mar

No sé si mi historia con el mar comienza, como la de todo el mundo, en el útero materno. De ser así, debería saber qué era el mar para mi mamá, ¿acaso era irrelevante? No lo sé, lo único que sé de mi mamá y el mar está en una foto que le tomó su amigo Inasito en unas rocas exhibiendo sus hermosas y largas piernas morenas, también hay otra tomada por el mismo amigo en la que ella sorbe agua de coco de un coco, usando un pitillo. Ambas fotos, si bien nutrieron la imaginación infantil, sólo daban cuenta, para mí, de una mujer más joven que mi mamá que ella aseguraba haber sido. No, mi historia con el mar comienza con mis propios recuerdos. 

El primero está relacionado con la viudez de mi mamá, cosa que implicaba la muerte de mi papá. Después de finalizados los novenarios, ella decidió pasar una semana en Macuto con su amiga Berta y nosotros tres. Como siempre, éramos mis dos hermanos y yo aparte, chiquita y observadora. Recuerdo el hotel en el que nos quedamos, cerca de la Plaza de las Palomas. Recuerdo que corríamos por aquel paseo, recuerdo a mi mamá sentada hablando con Berta y recuerdo haberla visto de reojo, triste e interrogante, conteniendo su dolor para no perturbarnos. Ese en mi primer recuerdo del mar: Macuto y sus noches frescas, Macuto y su olor a uva de playa, Macuto y su sol, Macuto y su quiebre de rutina.

Con los años este recuerdo se me pegó como una lapa y no supe diferenciarlo de cualquier otro hasta hoy que, sentada frente al mar, me pregunté por mi historia con el mar, con la playa, con el aire fresco, con el agua, sea fría o caliente, con la arena, sea gruesa, amarilla o negra, con las piedras, con el sol que no varía.

Vienen a mi memoria los viajes a la playa desde Caracas. Los que mejor recuerdo era cuando mi tío José anunciaba que iríamos a Naiguatá. Era una playa privada con un montón de palmeras y uva de playa para poder tener una sombra espectacular en la cual guarecernos del sol tropical y para que los adultos pudieran instalarse con sus sillas y los manjares que llevaban en las neveras. Ellos estarían ahí hablando todo el día pero lo mío era ir a bañarme a la playa y, si se podía porque había que pagarlo aparte, ir a la piscina. Eso me gustaba mucho, pero para mí lo importante era el mar, aunque también me encantaba cuando entrábamos antes a los vestuarios con ese olor a cloro de las duchas mezclado con la crema Nivea o el Coppertone. 

Después vinieron otras playas con mi tía Delia, también Naiguatá, pero en autobús, era igual de mágica porque Delia era, a su manera, bastante dulce con nosotros. En ambas ocasiones playa significaba no dormir. Y es que toda la noche estaba despierta imaginando el día siguiente y, a pesar del madrugón, imaginaba el sol, el mar, el agua, y estar todo el día ahí, hasta que se me arrugaran las yemas de los dedos. Playa era emoción, reencuentro. 

Luego vendrían muchas playas. Recuerdo las idas a Chirimena a una casa enorme de un familiar de no sé quién: era una playa salvaje, bonita, donde los más pequeños no podíamos ir más allá de la orilla. A esta playa había que ir andando a través del monte al cuidado de los hermanos mayores.

La playa que recuerdo con más cariño, la que me ha marcado la piel con su sol y su esplendor es la de mis dieciséis. Aprendí a irme sola desde El Paraíso al Macuto Sheraton en autobús, mi equipaje consistía en una manzana, un tomo de las obras completas de Hesse y lo justo para pagar el alquiler de una silla de playa y un agua. Allí me pasaba todo el día sola, me encantaba, veía el mar y leía. Luego regresaba al mundanal ruido del autobús hacia Caracas, del bullicio y de la carretera de la costa antes de subir a la autopista. Llegaría a casa antes de las cuatro, ese era el trato. Entonces ya sabía que esa era mi manera de recargar energías mientras me aislaba de un mundo que se me hacía pesado y fastidioso, Esa playa luego se convirtió en mi refugio al que iba cuando ya el liceo me aburría y tenía todas las asignaturas aprobadas, entonces le decía a mi mamá que me iba no importaba si era un jueves o un viernes, ella me preguntaba el porqué y yo le contestaba que no tenía nada más que hacer, que lo tenía todo aprobado hasta el próximo año y que, si acaso, tendría que hacer dos exámenes finales: educación física, como siempre, y matemática, como siempre. Era la playa de mis confidencias y de mis ideas.

Con los años, la playa y el mar, devinieron un bien compartido, como esa en la que participaba Luis Roberto, porque nos íbamos en el carro de su mamá junto con Silvia y Horacio. Íbamos a Oricao, una hermosa playa virgen encallada en medio de una hacienda de cocos, lejos de todo. Llevábamos comida: pan, atún y una botella de Nectarose. Nos quedábamos ahí todo el día, llegábamos muy temprano, no aparecía nadie, salvo alguna vez que algún lugareño con ganas de hablar cambiaba comida por conversación. 

En otra época apareció una hermosa playa el día de mis veintiún años. Lo celebré en Machurucuto en la casa de una profesora de filosofía de la facultad y que se hizo buena amiga nuestra. Lo recuerdo con cariño, porque entonces transitamos nuestros propios excesos de juventud disipados con la luz del día  después mucho conversar, ver estrellas,  encender una fogata, y dormir hasta que fuimos donde ña' Carmen a que nos hiciera unas arepas con carne mechada o con queso... y seguir el día, ya advertidos, con agua y una buena sopa al medio día.

El amor siempre me deja ese sabor a salitre, a limpieza, a pulmón pleno de optimismo. Es el mismo mar de Margarita. Aquel que, siendo aún una niña, mi mamá nos llevó de viaje con la Conahotu, una especie de turismo social que se pagaba a plazos y, junto con mi tía Delia y mis primas llegamos al Hotel Bellavista. Allí había playa y piscina, paseos en la tarde hasta el centro de Porlamar, o la Santiago Mariño con sus tiendas de Puerto Libre, y a Juan Griego, la Asunción. Años después, una escapada a Margarita se me aparece nítida y querida con mi familia en Playa El Agua, con mis sobrinos chiquitos, mis hermanos, mi mamá y yo, con mis ilusiones de muchacha joven que caminaba por la playa a ver si aparecía algún apuesto amor de verano, cosa que nunca sucedió.

En Margarita, también, ocurrió una de mis historias más bellas, un hombre me hizo una propuesta. Después de pasar unos días en una pensión barata y, como estábamos enamorados cualquier cosa era un hotel cinco estrellas, cualquier paseo, un tour de lujo. Allí sucedió que vi una hermosa cafetera italiana de diseño, le comenté lo mucho que me gustaba, pero seguí mi camino, crucé la calle, entré en otra tienda y él me dijo que lo esperara, al rato apareció con la cafetera. Me sorprendí y le pregunté qué que era eso y me contestó con un: ahora tenemos que buscar una casa, con una cocina para usar esta cafetera y tomar el café juntos en la mañana. Todo esto sucedió en una isla, con la piel quemada por el sol y con olor a sal.

Otro día descubrí Los Roques, el azul turquesa hirió mis pupilas. Allí fui varias veces: sola, acompañada y con dos amores, con el último, él, el que dijo haber encontrado ahí la playa que llevaba buscando toda su vida, la única en la que no protesta, la de la isla desierta, de los azules turquesas, la que concentra lo que él cree que es mi mar ideal, mi playa ideal, y no se equivoca, la que recuerda cuando habla de mar y eso que él, como Serrat, nació en el Mediterráneo... la misma de las manos cogidas mirando el atardecer.

El mar me acompaña siempre, desde la Isla Misteriosa con Ciro Smith al mando, hasta La Isla del Tesoro a bordo de La Hispaniola. Es también el mar de mis deseos y el que me separa de mi propio país, un Atlántico que ha servido de puente y de barrera.

Playa añorada en un lugar de montaña, Côte Vermeille en mi adoptada y querida Argelès-sur- mer, playa volcánica en Tenerife, sorpresiva y recién descubierta, playa en la Bretaña cerca de Piriac-sur-mer, playa en la Normandía con nombres de cruentas batallas  en la cual no sumergí mis pies y me negué a disfrutar (la única vez).

Y ahora que repaso todas estas playas y mares que soy, toda esta historia de salitre e ilusión, ahora recuerdo un par de playas con amigas queridas. La primera en tiempos de soledades y domingos ociosos en los que una llamada decía: ¿playa en segundo turno?  Y allá estábamos buscándonos y bajando al litoral para, después de ver el rapidísimo atardecer del Caribe, decidíamos parar en un restaurante en La Costanera y tomar una ensalada de berros, peras y nueces con una copa de vino blanco a compartir, es que no había para más. La segunda, una hermosa playa a la que se le conocía como Playa Paraíso o Paraíso Perdido, según la imaginación del visitante y a la que se llegaba subiendo un acantilado al final de Los Caracas, un desfiladero de vértigo que mostraba, allá abajo una hermosa playa salvaje en la que el nudismo estaba permitido porque no había testigos... Playas, mar...

Y en esa urdimbre de recuerdos de playas y mar, emergen los mapas antiguos, las aventuras de Ulises y otros navegantes como Fletcher Christiano Ernest Shackleton más contemporáneos y otros que aún no salen de mi cabeza con sus historias, porque la vida, sí, la vida es una travesía, un mar y sus playas son soleadas, calurosas y con muchos recuerdos.



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