Todas las mujeres de su familia la dominaban. La habilidad se transmitía de madres a hijas, y solo a aquellas que tenían un uno en su fecha de nacimiento. De momento, pese a la extraña circunstancia, no se ha perdido la habilidad. La cuestión era que, como esa habilidad reportaba algunos inconvenientes, hace muchos años se reunieron las sabias y decidieron que no lo revelarían a las afectadas, a menos que fuera absolutamente necesario.
Como hija de aquella extraña saga familiar, Francisca creció dentro de un rango de normalidad bastante aceptable; era tímida y un poco asocial, porque pensaba que era diferente y que no era bien recibida por los demás, pero no había ninguna evidencia para corroborarlo. Y, como a los niños normales, a ella también le gustaba jugar a la pareidolia, es decir, a descubrir formas conocidas en las nubes mientras tarareaba alguna canción y se rascaba la barriga.
Con el tiempo, encubrió la timidez con audacia, sobre todo porque descubrió que era una apasionada de las lecturas y de las clases que recibía; era capaz de hablar con propiedad de todo lo aprendido. Descubrió que no necesitaba estudiar para sacar buenas notas porque, con solo escuchar la idea central presentada por su maestra, ya deducía el resto del contenido, tanto que a veces acababa las frases. A la hora de los exámenes encontraba la respuesta en la propia pregunta; eso le valía para todas las áreas y funcionaba muy bien con las lenguas, por eso aprendía con rapidez las gramáticas y los vocabularios nuevos. Se le resistía el lenguaje de la ciencia porque pensaba que no tenía nada de qué hablar con ella.
Su madre la iba viendo crecer, mientras sus tías la observaban. Cuando Francisca venía a casa emocionada hablando de los libros y de las tramas como si hubiera estado ahí, su madre la escuchaba con atención porque sabía que tarde o temprano se lo tendría que decir. En su adolescencia se leyó todo Hesse porque sentía que era su obligación. No era leer Demián o Bajo la Rueda, era estar en el gymnasium en Marburgo, era caminar por aquellos bosques de la Selva Negra, era escuchar las voces, leer lo que no había sido escrito para entender lo que había leído. Sí, su familia ya estaba avisada, ella estaba usando la habilidad.
En el bachillerato se ganó la fama de rebelde entre profesores y amigos, pues no sabía callar a tiempo y no sabía ser condescendiente y no era un problema de crianza, como muchos pensaban; era aquella cosa que ella no sabía dominar. Francisca enfrentaba sus problemas como podía: sientiéndose un poco culpable, un poco señalada por todos, si bien era capaz de seducir a algunos con su habilidad para explicar lo que había leído, escuchado o imaginado, fuera La Ilíada o la historia de su país. Y es que para ella, muchas veces, esa fina línea entre la realidad y la fantasía era demasiado imprecisa. Esto la hacía sentir triste cuando corroboraba que lo real era pesado, burdo, tosco, opaco, porque se le aparecía como una cosa que no la dejaba pensar. Entonces decidió hacer lo que podía y sabía, pasaba largas horas protagonizando sus propios diálogos con quienes tenían algo que decir.
Pasaba tardes enteras hablando con Hermann Hesse, le preguntaba sobre la tristeza, esa tan profunda que le transmitían sus escritos, y sobre la melancolía y la felicidad. Aquella conversación sobre si la felicidad era posible, si ella podía ser feliz o no, la había marcado para siempre. Hablaban del mundo material y el espiritual, y él le aconsejaba que se decantara siempre por el segundo, que el primero era al que optaban aquellos que nunca tienen nada. Pasó tardes enteras y noches escuchando y preguntando. Francisca le enseñaba sus poemas y él sonreía complacido. Ella sabía que no estaba loca porque sabía que Hesse estaba bien muerto, pero no podía evitar hablar con él. Él se alegró mucho por su decisión de estudiar filosofía.
Su predisposición o habilidad no era muy útil en unos estudios que se originaron en el diálogo socrático, pero que la academia convirtió en mera mnemotecnia con la excusa de democratizar el pensamiento.
Los años pasaron y Francisca fue olvidando su habilidad, pero eso la hacía sentir bastante incómoda porque no estaba disfrutando, ¡era como si entendiera sin entender! Un día sintió que debía recuperar aquello que la hacía feliz. Entonces, decidió dejar de escuchar las clases como eran y comenzó a caminar con los peripatéticos por el Liceo, visitó a Platón en la Academia y le preguntó si acaso el Mito de la Caverna era como el profesor lo estaba describiendo. Platón le dijo que no. Que siempre pensó que los esclavos estaban ahí para poder salir, que después de tanto rato viendo figuras proyectadas en la pared, voltearían y escaparían de allí, se sentirían libres y no solo eso, descubrirían que nunca habían estado encadenados, aunque le tuvo que confesar que, como buen griego era partidario de la esclavitud. Dijo que él nunca lo escribió así porque pensaba que el ejercicio del pensar era posible en el momento en que se iba más allá del texto, más allá de las propias palabras, porque el espíritu humano es discursivo, es decir, viaja por el cauce de la intuición y el conocimiento. Francisca se sorprendió, desarrolló esta idea en un examen y obtuvo una crítica feroz y avergonzante de su profesor. En el siguiente examen reprodujo textualmente las explicaciones dadas en clase y aprobó con sobresaliente. Supo seguir hablando con Platón y ambos se reían del diminuto profesor.
Llegó el gran día para Francisca, tenía que defender ante un jurado su tesis. Había decidido hacerla sobre Friedrich Nietzsche. Su tutor estaba muy contento con el resultado, pero quizá él no supo prever lo que vendría: el jurado se ensañó con ella, llegaron a decirle que era imposible que una mujer pudiera leer a Nietzsche, siendo éste un misógino, y que incluso era una vergüenza que ella, siendo mujer, obviara este hecho. Uno llegó a preguntarle (porque el tema giraba en torno al concepto de cuerpo en el pensamiento de Nietzsche) que dónde estaba en esa tesis su cuerpo de mujer, y se lo preguntó con burla. Ella contestó: "Está aquí", y lo dijo muy seria con su minifalda roja y su pelo negro, con su voz de mujer y su tremenda decepción ante la cortedad de miras de aquellos filósofos profesionales.
Esa noche, cuando se fue a dormir, estaba agotada y muy dolida. Había tenido que aceptar una nota inferior a la que debía, sin poder denunciar a estos mediocres atacantes, Francisca no sabía cómo encajar esta derrota. Entonces habló con él, Friedrich le dijo que esos idiotas hablaban desde el resentimiento, que no se preocupara y que no olvidara la máxima: "Convertir todo fue en un así lo quise". Una noche rara, confusa, que no le deparó un mejor amanecer. A la hora del desayuno, le cuenta todo lo sucedido a su madre, quien, sin ella saberlo, tiene todas las respuestas a sus dudas. En ese momento su madre respira profundo, la mira a los ojos fijamente y le acaricia la mejilla como si fuera aún una niña.
Desde ese acontecimiento, su carrera estuvo salpicada de habladurías y comentarios maliciosos que la describían como problemática, conflictiva, de difícil carácter, porque, al fin y al cabo, para todos, ella no era otra cosa que una muchachita con ínfulas. Sus detractores, los que la escucharon aquel día, la condenaron al ostracismo y, aunque llegaron a reconocer la calidad de su trabajo, jamás quisieron resarcirla por los daños. Ella calló y mantuvo su silencio, que poco a poco se fue convirtiendo en rabia. Estaba enrabiada porque no sabía lo que le sucedía ni porqué le sucedía.
Una tarde, hablando con su madre, ésta decide contarle la razón de su malestar: "Te sientes rara, como si supieras algo que los demás no saben; cuando lees o estudias es como si estuvieras ahí, hablas con los autores, te paseas por las épocas y eres testigo de vitrales y catedrales, miras a un poderoso cara a cara y los oyes hablar de Maquiavelo, te tuteas con Platón, escuchas a ese Nietzsche aclararte conceptos, hablas con Hermann Hesse y con él consultas tus dilemas. Es eso lo que te pasa, ¿no es así?" Francisca estaba conmocionada, no podía creer la precisión con la que su madre describía lo que le sucedía. El poder tener esas conexiones tan directas y que los demás no pudieran entenderlo, su frustración cuando trataba de explicarlo para que el final la tildaran de extravagante o de loca o de petulante.
"Es muy duro, hija, dijo su madre. Lo que te sucede es que, como todas la mujeres de la familia, tú conoces el lenguaje de todos los tiempos, es una facultad o una habilidad que permite darle vida al pasado de una manera única, que permite dialogar con lo que lees, con lo que escuchas, con los personajes, pero tiene una gran desventaja: tienes que permanecer en silencio, porque este lenguaje está prohibido para la mayoría de los humanos, tanto así que ante la nímia sospecha de sus existencia, quien lo conoce se convierte enseguida en un problema para todos. Tienes que ser muy cautelosa con su uso. La única manera de disfrutarlo es no compartirlo y, si lo haces, es mejor que le hagas creer a los demás que lo que dices, piensas, imaginas o sabes lo has obtenido por los medios convencionales sea a través de la investigación, la comparación entre distintas fuentes y todo lo que puedas inventar o imaginar; porque tienes que tener en cuenta que suena muy raro decir: Kant me dijo, ya sabes a qué me refiero".
Ese día Francisca se sintió mucho más liviana, estaba contenta y comprendió que su problema radicaba en esa extraña habilidad heredada por todas las mujeres de su familia que las hacía únicas. Sin embargo, le quedó una duda: ¿y si esta habilidad afecta al resto de las mujeres del mundo y no sólo a las de nuestra familia?
Despejó esta duda conversando con Hannah Arendt, ella le dijo que todas las mujeres poseen esta habilidad, pero que la mayoría la olvida cuando se someten a los caprichos de otros, que no se olvide de Hildegard von Bingen o de Simone de Beauvoir y que recuerde que muchos hombres son capaces de aprender este lenguaje cuando encuentran a la mujer adecuada, como le sucedió a Sócrates con Hipátia.
Francisca de sintió reconfortada y recordó un párrafo de un poema que Hesse les recitó:
"Nosotros, en cambio,
vivimos las frías mansiones del éter cuajado de mil claridades;
sin horas ni días, sin sexos ni edades."
(A propósito del Día Internacional de la Mujer)
😃😃😃😃
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