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La Punta

La casa continua ofreciendo posibilidades infinitas para el asombro. Los acontecimientos son imprevisibles y por ello cabía seguir siempre la regla de los acontecimientos imprevisibles.

Gran Regla de Oro de los Acontecimientos Imprevisibles

  1. Suceden a cualquier hora.

  2. No requieren ninguna preparación.

  3. Por lo tanto no cabe preverlos.

Si, yo ya sabía esto y por eso me resulta muy extraño reconocer esa estúpida sorpresa, alharaca, aspaviento que los mayores hacen a la hora en que los acontecimientos imprevisibles acontecen: ¿si son imprevisibles, qué es lo que esperan, estar preparados? 

Entaconada y con mis galas de costumbre, voy dejando de frecuentar la cocina de mi mamá. Creo que ya sabía lo que tenía que saber: preguntar lo justo, jugar al juego de la comadre y soportar el calor infernal de los humos y demás olores extraños. Pero un día, quizá notando esta suerte de agotamiento lúdico, mi mamá se empeñó en enseñarme unos objetos peligrosísimos que me acompañaron para siempre, incluso en la cocina: los lápices. Creo, y es un asunto de fe y nada lo confirma, que la primera vez que un lápiz cogió mi mano fue como si se hubieran conocido en otra vida, porque inmediatamente reconocí que con ese instrumento iría muy lejos ¡más allá de los lugares comunes!

Es larguísimo, amarillo con aquella punta rosa y el otro extremo afilado con esa cosita gris o negra que se parte y que hay que hacerla salir del canutillo de madera. Aquí dependo de mi mamá. Se partió, y ella cogía con decisión su cuchillo de cocina y ¡zas, zas!, en tres o cuatro movimientos ágiles le saca una punta a mi lápiz. Eso me gusta, pero, como siempre, ella lo lee en mi mirada y mi risa: ni se te ocurra, es la advertencia. Si está hablando en serio, cosa que no tenía porqué dudar, ahora tengo dos problemas. El primero: conservar intacta la punta del lápiz, lo cual parece imposible, el segundo gastarla y reponerla sin colmar la paciencia de mi mamá, eso lo tengo que investigar, aunque pierda la posesión del preciado instrumento.  

Lo que sucede es que mi ocupación como la única niña pequeña de la casa, es investigar, por eso tengo que ir explorando la reacciones de las personas que me rodean cuando aprendo a usar cosas tan maravillosas como esto del lápiz. Mis hermanos los usan, así que ya sé adónde ir a ver cómo se hace y qué se hace para remediar el asuntito de las puntas cuando mi mamá no está, porqué yo no los he visto ir por ahí con el cuchillote de la cocina sacándole punta a todo lo que encuentren. Es necesario observar.

Miro a mi hermana hacer su tarea desde una distancia prudencial. Me fijo en los lápices, pero me distraigo por el rápido movimiento de su mano ¡ella si sabe cosas! Escribe con letras distintas de las que mi mamá me ha enseñado a mí. Si me deja, seguiré viéndola, ella es capaz de dejarme y no dejarme ver. A veces me gusta acercarme a ella cuando está con mi prima, pero, usualmente me sacan de su mundo y sus conversaciones, entonces son odiosas. Yo me pongo a llorar, mi mamá las regaña y yo me aburro... todo respetando siempre este orden. Por eso quizá prefiera jugar con mi primo que es pequeño como yo, ¡ah, pero es niño! Y es odioso...

No debo distraerme, mi futuro con el lápiz depende de esta observación. Lo primero que noto es que la punta es distinta de la mía que, a causa  de los certeros cortes del cuchillo materno, tiene como caras muy definidas —quizá era un hexágono o un heptágono, eso lo sabría después— la cosa negrita descubierta es gruesa. Miro el de mi hermana esperando encontrar la misma imagen, ¡Hago un descubrimiento! El de ella es como el mío pero con la punta afiladísima y la madera que la bordea es perfectamente cónica. Por un momento pensé que se trataba de artefactos diferentes, aunque en una segunda observación se desmentirían mis sospechas. Ambos son amarillos con ese extremo rosa sujeto por una anilla de metal negro, y ambos ponen lo que debe ser un nombre grabado con letras negras y gruesas. Me quedo viendo esas letras, pero no se como funcionan. Mi mamá quiere enseñármelo y en eso ha estado esta semana, pero a mi me interesa primero cómo hacerlas, porque al fin y al cabo ¿qué hago yo con letras ya hechas? Yo quiero tener las mías y ponerlas por todas partes; en las paredes por ejemplo ¿por qué a nadie en esta casa se le ha ocurrido hacerlo? Ella ha insistido en que tengo que aprender a leer y a escribir ¿Por qué? Porque todos saben y tú no vas a ser la de menos. Además un día de éstos te mandaré a la Escuela. Y, como estaba pendiente de otra cosa, esa noticia ni me inmutó.

En el lápiz dice algo. Se lo preguntaré a mi hermana, ella sabe. ¿Dónde? . Ahí en el lápiz. Ah, dice MONGOL es su nombre. Guaooo, los lápices tienen nombre, pensé. ¿Y su apellido? Eberhard Faber. ¿Eso es un apellido?. Sí, alemán o americano. Mi hermana sabe muchas cosas. Hoy parece que está de buenas. Le escribo lo que mi mamá me enseñó ayer, voy a ver si ella lo sabe leer. Dijo mi mamá que este dibujo dice mi nombre, pero ella lo lee mal. Yo le digo que no sabe leer, que ahí dice mi nombre, ella se burla y dice que no. Yo estoy a punto de ponerme a llorar y gritar el famoso mamaaaa-me-está-molestando; pero me lo pienso en función de mi interés: puedo lograr una punta de lápiz como el de ella, bonita. Es que creo que con esta punta tan gruesa y deforme escribo cosas iguales, o sea feas y deformes y que mi nombre al pasar al papel a través de esa punta se convirtió en Mono, Macaco o Mandril. ¿Ahí dice Mono?. No. Es que creo que con esta punta se escriben cosas feas como Mono. No porque Mono se escribe con eme y tú no te sabes la eme. De nuevo tengo que aguantar sus insolencias, ¿qué no se qué?. La veo escribir y en una hoja en blanco me aclara que ahí si dice MONO y que al lado ha puesto mi nombre. Entonces debo imitar esa palabra. Un palo para arriba, un palo para abajo, un palo para arriba, un palo para abajo.

Cada vez que escribo una eme tengo la misma sensación y repito inconscientemente lo mismo: un palo para arriba, un palo para abajo, un palo para arriba, un palo para abajo. Luego me enteré que haría servir la eme para mi segundo nombre y para la palabra MAMÁ y para mono, mandril y macaco. Después me tocó aprender que el arriba-abajo-arriba-abajo tenía un fin, aunque mi primer encuentro pretendió una eme infinita. Tan infinita que se me parecía a la montaña de mi ciudad que si bien no es así: MMMMMM; yo veía en esta forma todos sus pliegues y sus sombras de tardes de capín melao, como una interminable eme escrita sobre el pergamino azul de ese cielo despejado, sereno y frío. Pero, mi eme interminable era como el lomo de un lagarto o la silueta del Pan de Piquito.

¡Mira son Montañas. Mira es el lomo del Lagarto Juancho. Mira así es el Pan de Piquito! Y aunque reconozco que me estoy aprovechando de la oportunidad para usar sus creyones, la experiencia me comenzaba a advertir de que, como mi hermana tiene el mismo comportamiento extraño que mi mamá, que se fastidian de nada y pegan cuatro gritos y fuera, creo entonces que no debo excederme en el uso de sus Prismacolor. ¡Uuuy, se quebró la punta del amarillo! Estaba dibujando los picos de las piñas con mi eme interminable y creo que acabo de perder toda opción razonable de permanecer aquí. Antes de llorar o perder la calma no puedo olvidar mi misión original que, creo, se ha complicado: yo quería sacarle la punta al lápiz. He de improvisar:

Reglas imprescindibles para la Comprensión y Consecución de los Actos Improvisados.

  1. La improvisación no se busca, está allí, pero es su naturaleza escurridiza la que requiere astucia para atraparla antes de que escape.

  2. La improvisación se pertenece a sí misma, es nómada.

  3. Para improvisar hay que conjugar la rapidez del sentimiento con la lentitud de la razón.

Hoy recuerdo a mi hermana con el uniforme del San Fernando. La camisa de popelina blanca. El jumper azul marino con falda plisada. Las medias blancas “Mariselita” hasta la rodilla. Los mocasines negros comprados donde “Marcos el de la zapatería”. Llevaba el pelo recogido, a veces alborotado, pero nunca tan largo como el mío. Siempre la he visto como de un único color miel, que se escribe con la famosa letra infinita de mi infancia.

¡Mira se partió el creyón!  ¡Te he dicho que no me cojas mis Prismacolor! Grsh, Grsh, Grsh. Le saca la punta y lo guarda en su flamante estuche transparente. Yo cojo mi lápiz y le propongo irme si le saca la punta bonita, o sea cambio punta por desaparición: !pero si tiene punta! Era verdad, la tenía pero fea y por eso escribía mal, incluso era seguramente la culpable de que mi nombre no se entendiera. Y sin saber cómo, ya lo ha hecho. Me voy a la cocina corriendo para mostrarle a mi mamá  mi perfectamente cónico instrumento. Y se como escribir Mono. Eso no es MONO eso es un chorizo de picos que no dice nada. Mira este es tu segundo nombre. Fíjate bien, eme.. 

E hizo la eme como nunca nadie la había hecho para mí. Subía y bajaba con curvitas y con suavidad, como las olas en la playa, como las nubes, como los pelos de las muñecas que dibujo. Aquella primera eme sería por siempre inimitable, era la eme que me enseñó mi mamá.
























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