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Morí en Barcelona

Morí una vez y fue en Barcelona.

Sí, me morí y ni siquiera lo supe. Tampoco sé la causa. Ignoro si fue un accidente, un atraco a mano armada, un infarto -como le sucedió a mi padre-, acaso envenenada o lanzada por una ventana. La cosa fue que morí en Barcelona.

Trataré de entender este asunto porque me compete casi directamente, digo casi porque al no saber a ciencia cierta lo ocurrido y ver que este hecho tampoco ha alterado de manera llamativa mi existencia, considero que lo he de tratar con el mismo cuidado con el que trato una invasión de hormigas en verano: busco el origen, sigo la fila, y las mato a todas, una a una (eso dependerá de la paciencia que tenga ese día, claro está).

La cosa es que, si fue en Barcelona, lejos de mi país natal, eso cierra un poco el círculo y ahora explicaré porqué.

En Barcelona no hay muchas opciones para morir, es decir, no te pueden matar en un atraco, no te pueden atropellar y tampoco es probable que te dejen morir de un infarto, tampoco te empujarán a la via del tren. Por una parte, la ciudad es bastante segura, aunque vayas caminando por el barrio chino, cerca de la Plaza Orwell. Lo que en una época era un hervidero de prostíbulos y gentes de mal vivir, ahora es una mezcla edulcorada de gentes avenidas a la moda de los bares étnicos que se mezclan con los turistas buscando la autenticidad española ausente en las tierras catalanas (¡y mira que se hacen esfuerzos por complacerles con conciertos de flamenco, vestidos y sombreros mejicanos! pero no, esto no parece gustar demasiado) y, acaban turistas y gentes variopintas, neovecinos de un barrio que perdió su identidad, apiñados como escombros de un edificio que colapsó, en cualquier cuchitril moderno con nombre rimbombante. No, ahora es imposible que te maten en el Barrio Chino, por tanto, así no fue.

Atropellada, no, también es imposible. Primero porque suelo ser muy cuidadosa cuando atravieso la calle y respetuosa de semáforos y pasos peatonales, sin contar con que tengo unos reflejos magníficos. A eso hemos de añadir que todo el mundo sigue las mismas reglas, es decir, que, si en algún momento se me ocurriera saltarme el semáforo y pusiera en peligro mi vida, alguna mano cogería mi brazo y me echaría hacia atrás, yo misma lo he hecho. Por otra parte, los conductores no pueden correr demasiado porque hay bastante tráfico en el centro. He de decir que, si he muerto en Barcelona, habría sido en el centro porque, como no vivo ahí, sólo voy cuando necesito algo puntualmente y eso suele ser en el centro de la ciudad. Y tercero, si me hubieran atropellado, posiblemente no habría sido mortal por las dos razones anteriores y porque habría llegado una ambulancia ipso facto a socorrerme y a salvarme la vida.

Así las cosas, también he de descartar cualquier infarto o patatús. Suele suceder que la gente, siendo como es, solidaria o quizá refitolera, enseguida detendrían cualquiera que fuera su cometido ese día para ir en mi ayuda, llamar a la ambulancia que, como en el caso del atropello posible, vendrían ipso facto para ayudar y resucitar, si fuera necesario.

No, no sé de qué morí en Barcelona. Si que confieso que alguna cosa rara sentí. Estuve unos días como desaparecida de mi misma, cuando digo días es un decir, fue un período bastante largo, pero lo achaqué a mi desconocimiento del lugar. Intentaba de todas las maneras que conocía hacerme presente, aunque comenzaba a pensar que era invisible. Insistía en verme en el espejo e incluso me buscaba en el reflejo de las vitrinas y siempre me encontraba. Cuando la duda se me volvía muy acuciante entraba en Sephora, en la Calle Pelai, cuya entrada estaba decorada con cientos de espejos redondos que escalaban de las paredes hasta el techo y que me devolvían imágenes fragmentadas de mí. Esto lo hacía cada vez que iba a coger el tren y bajaba por la tienda y lo aprovechaba para probar perfumes y salir inmediatamente hacia la estación de la FGC, via Sabadell.

¿Y si alguien me empujó a las vías del tren? Eso supondría a una persona muy perturbada que sin son ni ton quiere matar a otra que no le ha hecho nada. No conozco a nadie así y tampoco nunca lo escuché en las noticias. Si eso me hubiera ocurrido me habría dado cuenta.

A todas estas, la cosa sigue como al principio. Sólo sé que morí en Barcelona y lo sé porque me lo dijo un amigo.

Resulta que un día él estaba hablando con un colega, de esos muchos que conocí y me conocieron allá en Caracas cuando hacía el Doctorado en Ciencias Sociales. Yo no era el tipo de persona a la que no pudieras notar porque usualmente participaba en los seminarios y, como nunca tengo ninguna razón para no preguntar o interpelar a nadie, era conocida por mi agudeza y por mi capacidad de poner en apuros a los distraídos. También era conocida por cierta lucidez que me daba el atrevimiento y por mis ideas siempre apartadas del convencionalismo académico. Dicho esto, ese colega, tanto mío como de mi amigo, me mencionó en una conversación y le dijo que alguien le había dicho que yo había muerto en Barcelona. Y, antes de que mi amigo lo desmintiera, aquel se deshizo en evocaciones y añoranzas de tan querida compañera, incluso ensalzó algunas de mis ya mencionadas cualidades. Mi amigo lo escuchó con paciencia, soltó una carcajada y le dijo ¡Qué va, esa está vivita y coleando e inquieta como siempre! Vive cerca de Barcelona y ha estado en la Universidad ahí, pero ahora se dedica al arte; ¿quién te dijo eso?, repreguntó y no obtuvo respuesta. Mi amigo sospecha que mucha gente en Venezuela cree que yo he muerto y que por eso yo no consigo la causa, porque eso no ha sucedido.

¿Y cuál ha sido el móvil qué ha causado mi muerte en Barcelona a efecto solamente en Venezuela o, más concretamente, en una parte del conjunto de compañeros de doctorado que me conocieron?

Puede que haya sido el odio a mí, a mis ideas, a mi físico, a mi carácter. En ese caso mataron a una parte externa, a un personaje de ficción que sólo vive en sus cabezas y que no soy yo. Otro puede ser la envidia que yo suscitaba, porque, es cierto, yo no paraba en mostrar mi satisfacción conmigo misma y con mi vida, era totalmente indiferente a la cotidianidad del trabajo esclavizante, era apática a las preocupaciones por la familia y absolutamente indolente con los méritos, ídolos y maestros. Eso pudo ser.

También barajo la tesis de que me mató alguno que nunca quiso que estuviera viva, en cuyo caso, mató a un no nato y no a mí.

La última idea que se me ocurre para identificar a este asesino es que haya sido alguien de mi entorno, que no pudiendo vivir sin mí, haya decidido guardarme luto y consolarse con las misas de difunto en mi nombre.

Sea como sea, no alcanzo a vislumbrar la silueta de mi asesino, porque ahora estoy segura de que la causa de mi muerte no fue un atraco a mano armada en el Barrio Chino ni un atropellamiento en Paseo de Gracia, tampoco un infarto en Francesc Macià y no me empujaron en la estación de Provença del FGC. A mí me mató alguien de carne y hueso, con nombre y apellido y con un móvil muy claro que él y sólo él conoce.

He de reconocer que ha sido el asesinato más perfecto jamás cometido. Se ha matado a alguien sin que éste lo sepa, se ha hecho sólo para un público muy acotado, pero no se sabe, aún, a quién o a quienes ha beneficiado mi defunción.

A mí, particularmente, lo que más me indigna es que no sé cómo morí, sólo sé que fue en Barcelona.

(*Esta historia es real.)





Comentarios

  1. No saber de que se muere, y que solo lo sepa el que difundió la noticia , te da toda una vida para averiguarlo , jajajajaja
    Magnifico relato de la vida real , gracias

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    Respuestas
    1. Así es, y que yo sea la mayor sorprendida, no sólo por mi muerte si no por la causa 🤣

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