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Promesa

Se prometió a sí misma vivir de un modo más ordenado, se prometió tener tiempo para sus cosas. Entrando en los cuarenta, su esposo la dejó porque y, cito textualmente: "era una auténtica hija de puta", ella no se daba cuenta, pero lo era.

Hasta ese momento y, aprovechándose de su juventud, se había dedicado a vivir del cuento, es decir, del sueldo de él. Como ya no trabajaba de peluquera porque él se ganaba muy bien la vida con sus reformas, ella se puso a gastar todo el dinero que entraba casa para vivir a lo grande porque, según ella, se lo merecía. 

Primero, comenzó por reformar el piso: la cocina y el baño con los mejores acabados y, por supuesto, a endeudarse. Luego, se le ocurrió que ya con el piso reformado, ¿por qué no venderlo e irse a una casa? Y así fue, otra deuda más. Mujer, que estamos al límite, le decía él y ella le contestaba, ¡Tú si que me tienes al límite, no eres productivo, no tienes ambición!  Y él, como estaba enamorado y creía que era su deber complacerla, accedía.  Las facturas del Club del Corte Inglés se iban amontonando, mientras sus invitados siempre acababan sus sobremesas con conversaciones sobre casas, coches, ropas, hotelitos y restaurantes. Deberíamos comprar un coche nuevo, tú eres autónomo, lo puedes hacer pasar como de la empresa. ¡Pero, mujer, mi empresa es de reformas! ¿Cómo justifico yo un Audi de Alta Gama? ¡Ya te espabilarás!, le decía ella.

Una mañana, después de su lectura obligada del Hola, se le ocurrió la idea de sacarse el título de API, (Agente de la Propiedad Inmobiliaria). Y lo hizo, decidió emplearse porque, de una cosa estaba consciente, si quería vivir la vida que ella se merecía, necesitaba ganar más dinero y más dinero que él: ¡y vaya si lo ganó! Tanto, que las discusiones entre ellos sobre si podían pagar esto o aquello se acabaron cuando ella se apareció con un BMW, nuevo, comprado con su primera comisión.

La conversación fue más o menos así. El preguntó ¿y eso? Ella le contestó, me lo he ganado. ¿Y no deberíamos destinar ese dinero a saldar las deudas que tenemos? Las deudas son tuyas no mías. Ah, por cierto, he tasado esta casa y se puede vender a buen precio. ¡Hemos de pagar la hipoteca! Yo te la compro y tú con eso la pagas... Ya sabemos, sin ser demasiado inteligentes, cómo acabó la cosa. Ella lo desplumó y él acabó viviendo con su madre, ¡pobrecica!

Pero, su versión fue algo así como esto: que él no estaba a su altura, que era mediocre, que no la merecía, y que ella quería cosas y una vida que él no podía darle. ¡Todo fue bello mientras duró!, remataba con su encantadora sonrisa. Entonces llegó la crisis inmobiliaria, ella ya no se ganaba la vida como antes y ahora en su Clio de segunda mano, hace lo que puede. Su casa la tuvo que entregar al banco, aunque la sigue pagando, y pudo alquilar un pisito, que no está mal, en Gràcia.

De aquella época sobreviven algunos Chimi Chou que se han tenido que reparar más de una vez, y unos cuantos trajes chaqueta comprados en Santa Eulalia, que de tanto en tanto van demasiado ajustados y hay que disimularlo con pañuelos y bufandas. Sustituyó los perfumes caros por copias, y la peluquería, por la creación improvisada frente al espejo del baño con su vaho correspondiente.

Hoy iba a enseñar otra casa. En la agencia siguen empeñados en adjudicarle propiedades rurales, fuera de Barcelona, con lo que eso supone: casas enormes, abandonadas, clientes indecisos o con ideas de alejarse de la ciudad, que se quejan de sus flamantes pisos mientras sueñan con el aire del campo, ¡todo lo contrario a lo que ella deseaba!

Se lo prometió. Paga el peaje, se desvía hacia la C25 y tomará la salida a Sant Hilari Sa Calm. Su compañero, el jovencito ese que la admira, la espera allá. Para ella, es un pelele pero, debe estar atenta porque no quiere que ahora que pisa la cincuentena, venga un niñato y le quite el puesto.

Toma el desvío y sube por una pista forestal que está en muy buenas condiciones, a la izquierda el letrero que dice, finca particular. El jardín está muy bien cuidado, todo es impecable, unos cipreses defienden la fachada de piedra con sus ventanales de madera y su techo de madera que hace de porche. Esta se vende rápido dice en voz alta como si estuviera hablando con alguien, y le responden: ¡si, eso queremos todos!

Un hombre alto la asusta con su presencia a sus espaldas, es un hombre bien vestido y con una voz que le ha hecho erizar hasta el último pelo, hacía tiempo que no sentía esa electricidad. Lo mira totalmente descolocada, tanto, que casi se atrabanca con sus propias piernas y tacones, él la sujeta del brazo y le pregunta si está bien, ella contesta que sí.

Soy Jan Maiolo, el propietario, y usted debe ser mi API, encantado de conocerla. Le enseño la finca. Déjeme hacer una llamada, le dice ella. Acto seguido llama a su compañero para corregirle la dirección, tiene planeado que se pierda porque no necesita que nadie le estropee esta doble oportunidad. No, no, tienes que girar hacia Espinelves y seguir hacia Sant Sadurní d'Osormort, si, si, nos vemos, chao... Sonríe hacia el Señor Maiolo y le dice, muy seria: soy toda suya, dígame.

Abre la puerta, pisos de piedra, luego madera, chimenea en la sala, cocina reformada, todo es de un exquisito gusto. Ella se imagina allí en esa sala acurrucada al lado de este hombre, ¡ojalá le tocara algún día alguien así!, porque comenzaba a estar un poco cansada de citas con tipos fracasados, abandonados por esposas sabias como ella, tipos hipotecados sentimentalmente por una familia que les daba la espalda y los estorcionaban con la paternidad y el deber ser del proveedor. ¡Uff, este se ve diferente! Ella va a lo seguro mientras sube las escaleras, quiere saber disponibilidad, estado civil y capacidad de resolución. Pero, él se le adelanta: Desde que enviudé no he vuelto por aquí, como ve no hay habitaciones infantiles, mi esposa y yo no tuvimos hijos y ahora esta casa es inútil para mí. Imagino que una mujer como usted, no sabe lo que es la soledad, tiene cara de ser muy querida por su pareja. No crea, las apariencias engañan, atajó ella enseguida esa frase que venía directo a la portería. ¡Gol!

Se sucedieron las habitaciones, que según él las utilzaban para que vinieran sus amigos y familia: pero el tiempo pasa, y ya sabe, nos vamos quedando solos. Lo comprendo, me sucede lo mismo... Era clarísimo que estaban flirteando, el mechón que se le venía hacia la cara, la delataba porque lo apartaba con nerviosismo, mientras él no dejaba de mirarla.

¿Qué le parece? Estupenda. Entonces podemos hacer el trato, espero que la venda porque con ese precio la comisión es muy buena. Si. ¿La puedo invitar a cenar el viernes? Si. Nos vemos, ya tengo su telefono, sobre las ocho.

Se sube a su Porsche Macan gris y se va. Ella le ve alejarse, enseguida llama a su compañero, le corrige la dirección y lo espera. Hace su trabajo, ahora más ilusionada y más amable. Venimos mañana con las dos parejas que la quieren ver, yo atiendo a una y tú a la otra, vamos a comisión, esta vez treinta setenta, ¿te parece? Me parece, a él le parecía bien todo, estaba aprendiendo con la mejor.

Con el manojo de llaves, abre la puerta y no para de escuchar las interjecciones de sorpresa de la primera pareja, está pautado que se se crucen porque de ese modo provocan el efecto de competencia y lo logran, lo quiere hacer a la americana, les dicen que si están interesados hagan una reserva, será del primero que la haga. Ambos están contentos, saben que cualquiera de las dos parejas se quedará con la casa, el trabajo está hecho.

Ve delante, yo te sigo. Y no supo porqué, abrió un armario que aún tenía ropa de él y la olió y cerró los ojos. Y no sabe porqué urgó en un bolsillo de una chaqueta, y no sabe porqué ahí encontró una foto de ella a la que le faltaba una mitad. Eso la descolocó tanto que su compañero le preguntó que qué le pasaba que estaba tan pálida.

Es viernes, ha quedado con él en Paseo de Gracia con Roselló, se saludan, pero se siente inquieta. La cena discurre entre comentarios amables y las cosas de la vida. Ella cuenta su historia, la de siempre, en la que una mujer con un divorcio y sin hijos lucha por salir adelante. Él la de su viudez y su soledad. Ella no sabe cómo averiguar porqué tenía una foto suya en un bolsillo de una chaqueta. La noche avanza y ya sabemos, un poco de vino, una copa de cava y ambos se gustan. El la invita a subir a la habitación que, casualmente, ya tenía reservada, en ese mismo hotel de lujo en cuyo  restaurante habían cenado.

Ella siente que antes de subir debe hacerlo, se lo prometió a sí misma, se prometió no seguir siendo parte de situaciones estrambóticas cada vez que iba a vender una casa. 

Vamos al bar por una última copa, dice. Mira, prosigue, yo no quiero más aventuras, quiero estabilidad tanto sentimental como económica, creo que tú me la puedes dar, pero antes que nada, aclárame porqué tenías la mitad de esta foto en una chaqueta en el armario de la casa. Él se quedó viéndola atónito, a ella y a la foto, a la foto y a ella. Esta no eres tú, frunció el entrecejo, y yo no he dejado ninguna chaqueta en ningún armario de aquella casa. ¡Pero, si olía a tu perfume! ¡Ay, yo no sé qué bicho te ha picado, pero esta mujer no se te parece ni yo la conozco! ¡Tienes razón, no me hagas caso... era una broma, casi que te he asustado, así soy yo imprevisible! , acto seguido improvisó una carcajada.

A la mañana siguiente, que es sábado, deciden subir a la casa de Sant Hilari. Están de buen humor y a ella se le ha olvidado el asunto de la foto. Ella va al armario sin que él se de cuenta y, en efecto, no hay ninguna chaqueta y huele a naftalina. ¿Qué raro? Cierra la puerta y siente su presencia a sus espaldas: ¿era una broma o qué? , dice él en un tono muy seco. Ahora sus ojos no son amables, ella siente mucho miedo y sale corriendo, escucha un: ¡Espera, espera, cuidado!

Se despierta en el hospital con un brazo fracturado, un buen chichón en la cabeza y con su ayudante al lado. ¿Qué pasó? pregunta. No sé, dicen que saliste corriendo espantada de la casa, se ve que pasó un coche y te dió, y te trajeron aquí, has estado varios días sedada. ¿Sabes algo del dueño de la casa? Si, nos la quitó, dijo que no estaba a gusto con nosotros. No sé qué pasó, ¿tú qué hacías ahí sin coche? Me prometí a mí misma que esta venta sería normal, pero no ha podido ser, lo siento.

Y por primera vez en su vida se disculpó, aunque, conociéndola, esa disculpa no fue para su ayudante.



 


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