La Doctora en Antropología y etnología, con especialidad en Gastroantropología Ulrike Von Gastrom (nunca un nombre estuvo mejor puesto), comenzó a explorar los hábitos de los millones de personas que llegaron a su país por causa de las olas migratorias debidas a guerras, dictaduras y otras lindezas que hacen imposible la vida normal de la gente en su lugar de origen. Y como era un estudio muy revolucionario, la facultad no escatimó en darle todo lo que ella pedía para realizarlo.
Primero , hay que mencionar que como el objeto de estudio estaba por todas partes, la mayoría de los autóctonos comenzaron a quejarse no sólo al ver sus calles teñidas por humanos variopintos sino, también, por ser atacados con olores e ingredientes culinarios desconocidos, la xenofobia era evidente. La doctora Ulrike, quien siempre ha sido muy humanista y detesta esos tics de intolerancia, quiso proponer ese estudio que mostrara, de una manera bastante sutil, la posiblidad de tender un puente entre este nuevo fenómeno social y las estructuras tradicionales subyacentes. Para eso convertiría a la universidad y su sagrado claustro en un ir y venir de gentes de todas las etnias con la excusa de llenar encuestas, entrevistas y un sin fin de protocolos que requirieran la presencia de las nuevas hordas migratorias que se daban cita en la ciudad. Según ella, el hecho de que los universitarios y el resto de los implicados en el estudio pudieran tener contacto con los extranjeros, provocaría la comunicación y el interés mutuo, logrando con ello una aceptación si no total, plena. La doctora no se permitía pensar en medias tintas.
A diferencia de sus colegas, su estudio no se basaría en encuestas, porcentajes y números, sino que sería totalmente experimental y observacional. Para ello conformó un equipo multidisciplinar y multicultural, porque sólo de esa manera se podría generar una mirada no eurocéntrica de los grupos humanos involucrados.
Lo primero que hizo fue diseñar unos experimentos culinarios resultados de las encuestas y entrevistas, para conocer las comidas más añoradas por los individuos. Algunos evocaban frutos exóticos, otros, comidas familiares, otros se decantaban por las golosinas de la infancia, unos consideraban comidas extranjeras que es su país eran preparadas de una forma única (pizzas, paellas, hamburguesas, arroz chino, tacos mejicanos y un gran etcétera).
En el estudio participaron gentes de muchísimas nacionalidades: bolivianos, canadienses, filipinos, cubanos, guatemaltecos, iraquíes, venezolanos, rumanos, puertorriqueños, coreanos, afganos, nigerianos, yibutíes, un par de yemenitas y un paraguayo. Se trataba de que cada grupo de personas de un país determinado compartiera sus costumbres culinarias con los demás y también con los autóctonos. Para ello se dispuso del bellísimo claustro y en él se instaló una gran carpa en la que se montaron cocinas y se trajeron los ingredientes de cada sitio según lo exigido por los equipos nacionales. El experimento comenzó muy temprano en la mañana para que diera tiempo de hacer las mediciones y las acotaciones correspondientes diseñadas por la doctora Ulrike von Gastrom.
En cuestión de segundos la universidad, otrora un convento, olía al Mandi yemenita, el fah-fah yibutí, al pabellón venezolano, vori vori paraguayo, suya nigeriana y un sin fin de platos de los que es mejor recordar haber probado que mencionar aquí. La universidad bullía de conocimiento experimental, nunca mejor dicho. Por sus pasillos se paseaban blancos, negros, paliduchos, rostros aceitunados y pelirrojos con sus cabellos ensortijados, lisos, negros u ondulados, con sus ojos rasgados, azules, verdes o negros como la noche, redondos o saltones. Sonrisas con dientes muy blancos o sin ellos, discretas o sonoras, manos de todos los colores y tipos: añejas, discretas, sutiles o bastas. Los universitarios los miraban con curiosidad y distancia, les dejaban el paso, los vigilantes los guiaban hacia el lugar de encuentro, no obstante la curiosidad de muchos por saber como era una universidad, una bibllioteca enorme y completa, unas aulas luminosas con sus sillas y sus mesas. Para muchos eso era nuevo y sorprende, algunos incluso pensaban en volver, otros en darle esa oportundad a sus hijos, si Alá lo tenía a bien.
Preparadas las comidas, todos fueron invitados a catar cada plato, y mientras esto se hacía, su autor explicaba la historia particular y muy personal de cada uno de ellos. A colación salieron las abuelas, los encuentros familiares de domingo el día a día cuando volvían del colegio y su mamá estaba ahí esperando con una comida sabrosa y cariñosa, entre caminos de tierra, tamarindos o matas de mango, perros flacos, mosquitos o grandes ciudades cosmopolitas. Los autóctonos, al no verse representados con esos manjares y en esos lugares seguían con su aire de distancia, agraviada paciencia y denostada arrogancia.
La doctora iba tomando notas. Al tiempo el experimento acabó. Los extranjeros terminaron un poco decepcionados porque a los del país sus manjares no le habían provocado lo mismo que a ellos, que si unos decían que las caraotas negras eran comida para cerdos, que si el arroz estaba apelmazado, que si la yuca les era extraña, que en su país la hacían de otra manera, que si aquí eso no se conoce y tiene mal sabor, que esto pica, que si esto no sabe a nada, que yo prefiero lo mío y lo tuyo es una auténtica mierda, que si más mierda será tu madre, que porqué no te has quedado en tu país si aquí no sabemos comer, que si … y entre las sillas que volaban, las ollas vaciadas en las cabezas de los participantes, tuvo que venir la policía a poner orden y los equipos de limpieza a recogerlo todo porque lo dejaron hecho un asco.
En medio de la algarabía la doctora se impuso y les obligó a todos a pedir disculpas, ya sabemos que el caracter de Ulrike no es para ignorarlo y menos para desobedecer, acto seguido los sermoneó y les hizo sentir poco más que vergüenza, eran, a su parecer, unas escorias humanas desalmadas, fue lo más suave que salió de su boca. Ellos se miraban hechos unos guiñapos entre trozos de carne que colgaban del pelo, harina de maíz en la frente, un poco de salsa en la ropa, las uñas asquerosas de Bigos con esa salsa oscura que sólo los polacos se atreven a comer, y unos cuantos arañazos aquí y allá. Después de un silencio casi sepulcral y de auténtico arrepentimiento, la doctora les explicó que el experimento estaba diseñado para promover la tolerancia y aceptar las diferencias y que en ningún momento se trataba de competir para saber cual o quien o qué era mejor que otro. Que les rogaba que, por favor, hicieran un ejercicio de humildad y bonhomía y trataran de recordar el significado de lo que cada plato poseía para los participantes. Todo quedó en silencio. Hasta que uno que estaba al final se atrevió.
– Doctora, yo recuerdo un libro de gastronomía, el de Schmidt, que decía que la gastronomía viaja y viaja mal. La nostalgia gastronómica es de las peores. En mi caso no sólo echo en falta el pescado frito de El Rey Del Pescado Frito en Naiguatá, echo en falta el olor, el color del mar, los manteles de plástico en los que se enganchan los codos cuando te sientas, la música, el trato de la gente. Echo en falta a los amigos con los que iba los domingos cuando bajaba a la playa y las colas en la autopista para subir a Caracas, la radio, la conversación improvisada, el chiste y la cerveza. No doctora, yo creo que el experimento no ha tenido esto en cuenta.
– Estoy de acuerdo con el venezolano, dijo el yibutí, pero quiero añadir que a mi me encanta la currywürst y la kartöfelsalad, y que si usted me hubiera preguntado que me gustaría cocinar y que cocino mejor, habría elegido hacer esto. Para mí es la comida de mi nueva vida aquí, la que me puedo pagar y la que me hace entender a la gente de aquí, a la vez es la que me recuerda que no debo ni quiero volver a Yibuti, de donde escapé con mucho dolor y sacrificio.
– Nosotros somos de aquí, y nos ha gustado el vorivori, pero no entendimos la historia ni tampoco el que se extendiera tanto en ella, es una sopa y punto. Desconocemos el país, sus costumbres e incluso sus afectos.
La doctora siguió escuchando con detenimiento a cada cual que quiso hablar. Hasta que alguien quiso cerrar con una magnífica conclusión:
– Nosotros somos hijos de muchísimas influencias, y nos encanta el chicharrón de pollo, y creo que tratar de lograr que las personas se acepten entre sí a través de la gastronomía es tarea imposible. El olor de una guayaba no puede ser descrito a ninguno que no sea de Mesoamérica, la granada puede dejar indiferentes a los alemanes mientras que el comino les encanta. La gastronomía puede unir a las gentes, pero antes hay que poder reconocer al otro como un igual.
La doctora tomó la palabra y les agradeció su presencia y colaboración, les comunicó, también que el experimento había sido un éxito a pesar de las escaramuzas y los bandazos. Creía que había logrado que, durante todos los preparativos y el día del evento, los autóctonos vieran desfilar en este lugar inmaculado, reservado y clasista a muchas personas que ellos consideraban invasores, y que ese desfile normalizaba su presencia aquí y en todos los espacios. Que, en segundo lugar, obligados a probar sus comidas tuvieron que tragarse, literalmente, todos sus prejuicios. Y, en tercer lugar, pudieron, todos y cada uno de los asistentes, a pesar de la tangana (y por ella) entender que la nostalgia gastronómica no era una cosa baladí, que era el último eslabón que cada ser humano conserva desde el principio y para siempre como seña de su propia identidad.
Todos aplaudieron al unísono, y entre manchurrones de salsas, arroz en el pelo, aceite en las ropas, trozos de carne o pescado pegados en las uñas, se abrazaron en señal de bendecida humanidad.
Bendecida humanidad,bravo
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