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Gente común: Josefina

Toda su vida había transcurrido allí en el pueblo. Todos la conocían y estaban de acuerdo con que había sido una mujer muy trabajadora, hija de una familia "del pueblo de toda la vida”, como se solía decir.

Comenzó ayudando a los de la Casa Grande, donde vivía el alcalde que duró cuarenta años en el cargo, porque ¿para qué cambiar si todo funcionaba bien? Comenzó como ayudante y antes de que aquello se convirtiera en su oficio, se fue a la fábrica con apenas dieciséis, y ya llevaba tres en la Casa Grande. Quería evitarse problemas.

Sus padres eran los propietarios de una parcela en la que cultivaban hortalizas que luego vendían en los mercados de la comarca. Ella prefería otro oficio menos sacrificado y precario, fue por eso que aceptó lo de la Casa Grande.

Sus padres no aprobaban que quisiera dejar la Casa Grande, pero ella insistió e insistió hasta que un día le dieron su permiso. Quería trabajar en la fábrica, un lugar con horarios que le dejara tiempo libre para disfrutar su juventud. Allí podía conocer a gente que venía de otros pueblos, gente de su edad y, si había suerte, acaso conocer a un hombre de bien con quien poder organizar una vida. Mas, detrás de todas esas justificaciones ella ocultaba que el bien ponderado alcalde había intentado pasarse con ella más de una vez, suerte de las tenazas de la chimenea y del agua caliente de las ollas de la cocina que sirvieron como insinuados elementos disuasorios. Se sentía muy incómoda, no quería perder su virginidad con un viejo baboso, no quería ser como el ama de llaves, madre soltera vilipendiada por el pueblo entero.

En la fábrica conoció a Pablo, un chico al que recordaba como compañero de juego y que nunca había vuelto a ver. Baste decir que este vínculo les sirvió como excusa para tontear un poco. Él era mayor que ella, alto, fornido y, a su gusto, bien parecido. Estaba muy ilusionada con él y ya pensaba en cómo presentárselo a sus padres, pero, cuando salía el tema él ponía trabas, un día se enteró porqué: estaba comprometido con la hija de los de la tenería, gente bien con mucho dinero. Entendió que ella era una pobre empleada comparada con esa señorita de buena casa. Pablo era sobrino del dueño de la Fábrica por lo que su matrimonio no reportaría pérdidas, todo el pueblo sabía que la mayoría de los jóvenes se emparejaban porque sus padres así lo habían arreglado. Pablo estaba en la fábrica para aprender y seguir dentro del negocio familiar.

Desengañada de Pablo siguió trabajando en la fábrica hasta que un día sus padres le pidieron que lo dejara. Las cosas iban bien porque el pueblo, antes rural, se perfilaba como un destino de vacaciones para los de la ciudad y se estaban abriendo nuevos negocios: que si hostales, que si las aguas sulfurosas, que si un cine, que si una sala de baile, que si un casino. Restaurantes, fondas y terrazas comenzaron a multiplicarse como si una inesperada primavera hubiera estallado de repente llenándolo todo de color, voces nuevas, y niños alegres corriendo por doquier.

Sus padres querían invertir todo su dinero en un nuevo negocio, abrirían una heladería para el verano y churrería para el resto del año. Se asociarían con sus tíos y ella y su prima serían las dependientas. A ella le gustó la idea por dos razones, para no coincidir con Pablo cada día y porque, siendo la hija de los dueños de un negocio próspero, tendría el estatus deseado e idóneo para conseguir un buen marido. Valía la pena intentarlo por el ascenso social.

Entre el jolgorio de las mesas, en plena Plaza Mayor, veía pasar gentes de todas clases, la mayoría veraneantes, los del pueblo eran más discretos para dejarse ver por ahí, pero, aun así, cuando se hacían los bailes o los fines de semana cuando iban al cine, se confundían con los demás. Ella, pulcrísima con su uniforme de la heladería contaba los minutos que faltaban para cerrar, cambiarse de ropa e irse con su prima a divertirse como todos los jóvenes autóctonos y foráneos.

Esas escapadas le daban la oportunidad de coquetear con alguno, encontrando de tanto en tanto la muy repetida historia del que viene de la ciudad a seducir a una campesina. De hecho, un par de amigas ya estaban por ahí en apuros deseando que les viniera la retrasada menstruación. Su madre, a modo de prevención, contaba de una que se había ido a otro pueblo donde unos familiares para parir al hijo y volver como si nada. Los familiares se lo criarían, éste se convertiría en el ahijado al que había que acoger cuando la chica en cuestión hubiera fundado una familia. Su madre la prevenía de todo esto y más. Josefina ten cuidado.

El tiempo iba transcurriendo y Josefina, ya con veintidós años estaba esperando conocer a un buen hombre con quien formar un hogar. No le faltaban pretendientes, pero en estos temas ella era muy escrupulosa e iba despachando a este por aquello, y a aquel por esto. No era fácil de complacer.

Un día llegó al pueblo un chico nuevo, era muy reservado, sobrino de alguien conocido, por lo que se lo presentaron a Josefina para que lo introdujera en el grupo de sus amigos. No tenía padres ni familia, sólo esta tía de aquí. Su conversación era sencilla y por lo que se veía era muy trabajador, era chofer, justo ahora comenzaba en la empresa de transportes. Hubo algo en él que despertó en ella algo parecido al amor, quizá no tan apasionado como con Pablo, sino un sentimiento tranquilo, lo más parecido a lo que ella buscaba: un hogar. Ella lo sintió tan fuerte que supo enseguida que era el hombre con el que quería casarse. Hubo noviazgo, idas al cine, bailaron, se divirtieron lo justo porque el trabajo le exigía horas de descanso, a ambos. Se casaron con la venia de todos.

Mientras Pablo se paseaba con su esposa y sus pequeños por el pueblo, mientras Pablo pasaba por la calle principal bien trajeado, mientras Pablo arrancaba su coche nuevo para que todos supieran que lo tenía, Josefina y Néstor lucían un amor sencillo y bonito, sin grandes posesiones ni grandes decorados.

Su boda fue sencilla, muy linda, eso sí, porque la tía de Néstor era florista y no escatimó en flores para ese día. Su vestido fue muy simple, lo prefirió corto porque estaba de moda ir en contra de las tradiciones, eran los años sesenta. Fue un día precioso, nunca había sido tan feliz.

La vida se desarrollaba con toda la tranquilidad que el negocio le permitía, sus padres y sus tíos ya se habían jubilado y quedaron ellas dos al frente. Los días en los que tuvo que atender las mesas, embarazada, con el mal que le hacían los pies y la espalda, ya pasaron, tres veces, tres hijos. Ahora esos chiquillos corren por ahí y se encuentran con los de Pablo. Cabe decir que aprendió a saludarle, a saludarse mutuamente porque los niños así lo propiciaron. Él le presentó a su esposa y ella a su marido, como debía ser. No obstante, alguna vez se le escapaba un pensamiento cuando la veía pasar con las niñeras y los niños, o cuando en un coche descapotable se dejaban ver por la calle principal porque esa podía haber sido ella. Se reía para sus adentros y se decía: Josefina, ¿no te das cuenta que esa no podía haber sido tu vida, que Pablo estaba hecho para disfrutar del dinero ajeno y no para ganárselo él mismo?

Llegó el momento de dejar que la heladería pasara a otras manos. Josefina se jubiló. Sus hijos la hicieron abuela, sus hijos consiguieron una profesión gracias a los sacrificios de Josefina y Néstor: una abogada, una maestra y el médico. Néstor también se jubiló y juntos disfrutaron de su familia hasta que él cayó enfermo.

Fueron años muy tristes para todos, una enfermedad renal que paralizó todas las ilusiones: dietas, medicamentos, diálisis. Postrado en una casa de la que no salía, complicado con la depresión que le acarreó la enfermedad, el único consuelo que tenía Josefina era ver a sus hijos sanos y a los nietos crecer. De vez en cuando se liberaba de sus ocupaciones domésticas y, a pesar de Néstor, que se había vuelto hosco y triste y violento, se iba a la Plaza Mayor, a la que había sido su heladería a charlar con las amigas de siempre, del "pueblo de toda la vida”. Allí se ponían al día con todos los chismorreos, era como un telenoticias, Josefina, siempre prudente sólo escuchaba, ella era incapaz de reproducir ningún runrún, ninguna calumnia.

Su situación era muy dolorosa casi insostenible, pero ¿qué se le iba a hacer? Era su deber de esposa aguantar no sólo al marido inválido si no también al maltratador. No estaba, eso sí, escrito en ningún lugar el alivio que sintió cuando murió. Entendió que de ese modo dejaba de sufrir, entendió que era lo justo, sintió que, de alguna manera, su paciencia era premiada. Y sin saber cómo se adaptó a su rol de viuda, se costumbró a la soledad de su piso, se hizo dueña de su vida y comenzó a frecuentar a sus amigas, a su familia e incluso se atrevió a ir en viajes organizados. Descubrió la libertad con el acompañamiento de los buenos años que vivió con Néstor, porque una cosa tiene la muerte, y es que borra todo lo malo y sólo deja lo bueno en la memoria, eso hace llevadera la pérdida, incluso la del ser más odioso.

Cada viernes, como siempre, Josefina iba a la peluquería. No quería estar guapa para nadie sino para sí misma: se hacía las uñas, se peinaba y cuando tocaba el tinte se hacía esas mechas que le había recomendado su peluquero de toda la vida. El viernes era el día de mercado en el pueblo, ella aprovechaba para comprar algunos vegetales o acaso darse un caprichito de ropa o bisutería, cosa que le encantaba. Usualmente se encontraba con alguna y hacían un café para enganchar el larguísimo tren de las conversaciones sobre la familia, las amigas, o algo de la actualidad que comprendiera el tema médico o el de las pensiones. No se estilaba hablar de política ni de futbol entre las mujeres porque esas eran “cosas de hombres”, aunque contraviniendo la regla general si se permitían algún insulto en muestra de desaprobación. Ya cerca de la hora del mediodía, tocaba dejar la charla e irse a casa, Josefina no tenía prisa, le espera la televisión porque los viernes no venía ninguno de los nietos o hijos a comer, cosa que si sucedía el resto de la semana.

Se despiden con un par de besos y Josefina continúa su camino calle abajo. En eso y de sopetón tropieza con un hombre alto, de pelo blanco, muy presumido con su pañuelo de seda al cuello y apestando a colonia cara. Se queda paralizada porque cree conocerle, él lo corrobora con un: Josefina, que alegría verte, ¿cómo estás? Ella sonríe porque no sabe si contestar o no. Se atreve con un ¿bien y tú? En medio de la acera se pusieron al día con sus respectivas vidas: hijos, nietos, el negocio. Él se adelanta y le dice que ha vuelto al pueblo para estar cerca de sus hijos, que ha comprado un piso pequeño, que ahora que está solo no necesita más, es viudo desde hace tres años. Josefina contesta que ella desde hace casi seis. Él respondió con un lo siento y ella lo emuló.

Comenzó a ser habitual encontrarlo por el pueblo cuando iba al mercado o cuando se acercaba a la farmacia, también cuando tomaba algún café o un helado. Aunque nada le hizo prever que se lo encontraría en la Fiesta Mayor a la que a ella le seguía gustando ir con locura, porque, pese a aquellos años de reclusión forzada por la enfermedad de Néstor, ella todavía sabía bailar y le encantaba. Sentada con las amigas, las familias desperdigadas entre las mesas de las terrazas y los padres persiguiendo a los niños, se le acerca Pablo y le pide bailar. Josefina no sabe porqué dijo que sí, pero lo dijo.

La noche pasó entre risas y puestas al día. La cerveza bajo el calor de la fiesta era oro líquido. No sabe porque sentía que el tiempo se había detenido en no sabe cual Fiesta Mayor, quizá en aquella en la que con diecisiete estuvo toda la noche bailando con él, como hoy, unos cincuenta y tantos años después.

Pablo seguía siendo elegante y educado, ella seguía siendo menuda y coqueta. Él se ofreció a acompañarla a su casa, ella aceptó. Por el camino él le declaró sus intenciones: quería salir con ella. De su boca no salió ninguna disculpa, probablemente porque jamás se dio cuenta de lo importante que él fue para ella, quizá por eso mismo jamás entendió porque un simple amigo debía conocer a sus padres. Le habló sobre la soledad de la viudez y le propuso que, ya que se lo habían pasado tan bien esa noche, por qué no volverlo a repetir. Ella, no sabe porqué estuvo de acuerdo y le dio su teléfono.

Como adultos comenzaron esa especie de cortejo que los llevaría a la confianza. Él la vendría a buscar a casa para irse a bailar. La invitaba a comer y se los veía por el pueblo pasearse del brazo. No podía haber habladurías porque Josefina y Pablo era viudos y tenían derecho a rehacer su vida, sus familias estaban de acuerdo y el pueblo entero, también. Se hicieron habituales en las actividades compartidas; entre ellas: acompañarse a los médicos, ir a los encuentros familiares y cuidarse en caso de enfermedad. A ninguno se le ocurrió mencionar aquello de vivir juntos, aunque Pablo ya pasaba demasiado tiempo con Josefina en su casa y ella tuvo que tomar cartas en el asunto dejándole claro que una cosa era compañía y otra obligación. Él se disculpó.

Era muy hermoso verles, él siempre se portaba como un caballero con ella, la llevaba del brazo como si se tratara de la mujer más importante del mundo y ella se sentía así. Paseaban los domingos en el antiguo descapotable que Pablo sacaba de tanto en tanto del garaje para gozo de ella. También aprovecharon de irse juntos a los viajes organizados. Muchos pensaron, acaso lo dijeron, que eran una linda pareja, que ojalá se hubieran conocido jóvenes, entonces ninguno sería viudo a día de hoy, pero el destino es caprichoso.

Y si lo era porque, de pronto, todo el mundo se vio envuelto en el escenario más terrible jamás imaginado, llegó la pandemia del COVID-19, lo cual significó para Josefina y Pablo, dejar de verse, mantenerse confinados solos en sus respectivas casas. Llegaron a plantearse vivir juntos, Pablo se mudaría mientras duraba esto, Josefina le recordó que eso no podía hacerse, por las restricciones, las familias de ambos tampoco estuvieron de acuerdo, así que les quedó otra que verse a través del teléfono y tratar de coincidir en el supermercado. 

En medio del miedo y el caos, las restricciones iban relajándose hasta que pudieron salir a hacer deporte, en su caso, a caminar por el campo. Un día Pablo no acudió a la cita porque se sentía mal, Pablo contrajo la enfermedad, fue trasladado al hospital y allí murió solo, sin que ella ni nadie pudiera ir a verlo.

Josefina todavía sigue saliendo los viernes por el pueblo, como siempre, ahora con su doble viudez, no ha perdido la sonrisa ni las ganas de andar  bien arreglada, en su recuerdo tiene a Pablo y a Néstor. En su alma se asoma siempre la inocencia de aquel que presume de haber amado con sinceridad.

 


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