Ir al contenido principal

Humorritmia

La mayoría de las personas se levantan cada lunes con la sensación de que es un día pesado porque comienza la semana de trabajo y los dos días de descanso ya han quedado atrás.  En el argot cotidiano a eso se le llama levantarse con un humor de perros, o sea, de muy mal humor. Otros, en cambio, se levantan de buen humor ese día y cualquier otro porque son capaces de predecir, buscar y recomponer su humor, son los que han sido iniciados en la humorritmia.

La humorritmia es una práctica que comenzó en los años setenta después de todos los experimentos con psicotrópicos y demás sustancias correctoras del humor. No obstante, cabe observar que desde la antigüedad y con Hipócrates como precursor, la teoría de los humores es de vieja data, y por eso, muy influyente en nuestra cultura.

Decía Hipócrates que el cuerpo humano estaba compuestos por cuatro fluidos básicos: la bilis negra, la bilis amarilla, la sangre y la flema. Cada uno de estos correspondía a los cuatro elementos que conformaban todas las cosas del universo, según Empédocles, estos eran: tierra, fuego, aire y agua. Sería muy largo de explicar cómo esta teoría que decidía aplicar una sangría cuando una enfermedad era producida por un exceso de sangre, devino en que los humores dominaban el carácter de las personas. Una persona con carácter sanguíneo era alegre y optimista, los melancólicos que tenían gran cantidad de bilis negra eran personas tristes, sensibles y fáciles de conmover, los flemáticos en cambio, eran fríos y racionales y los que tenían exceso de bilis amarilla eran los coléricos, cuyas características era su pasión, su facilidad para perder la paciencia y su gran energía.

Así pues, el creador de la humorritmia, Erick von Bingen, de origen alemán, pero nacido en Carora, se dio cuenta de que la mayoría de los conflictos humanos venían de la poca comprensión que se tenía de los humores. Entonces pensó: o se inventa un aparato que los mida y así la persona sabe si amanece alegre, triste, colérica, flemática, o se hace una práctica orientada a identificar el estado propio, si bien lo suyo sería una combinación de los dos.

El doctor Erick von Bingen se puso a la labor. Emprendió su viaje desde su Carora natal y con mucho esfuerzo llegó hasta la frontera con los Estados Unidos. Pensó que como se publicaban tantos estudios en la Universidad de Michigan, ésta estaría interesada en su idea. Vale decir que como carecía de medios, el doctor von Bingen se fue primero en autobús y luego empezó a conocer otros medios de transporte como los camiones de carga entre bananas y piñas (esto fue un poco incómodo, la verdad sea dicha), hasta que puso en práctica, mediante una acurada observación, su insipiente teoría y ¡le resultó! Logró empatías inmediatas y el viaje se le hizo ligero. De hecho, en México coincidió con el mismísimo Stanley Milgram quien le contó su teoría de los seis grados de separación y que se disponía a comenzar sus experimentos apenas llegara de sus vacaciones. Esta teoría que von Bingen conocía ya por la lectura del cuento “Cadenas” del escritor húngaro Frigyes Karinthy, le resultó interesante porque estaba dispuesto a llegar a Michigan, aunque, de hecho, no conocía a nadie allí, pero ¡oh, sorpresa!, ahora conocía a Milgram.

Y fue así como von Bingen, después de cruzar casi toda américa, desde Venezuela hasta la frontera de Estados Unidos, decidió entrar y llegar hasta Michigan, hablar con el Decano de la Facultad de Psicología (y de las disciplinas científicas que hicieran falta) para poder llevar a cabo su investigación y lograr la meta deseada. Y no le fue difícil, pues aplicando su propia teoría de la humorritmia, así como la de Milgram, llegó adonde quiso y habló con quien hizo falta.

Dedicó muchos años a ello, si bien la mayoría lo tildaba de extravagante y de un poco loco, cosa que en una universidad como aquella con unos fondos que parece que no se acaban nunca, y teniendo como referencia el escandaloso experimento con monos que fueron enseñados a drogarse, Erick von Bingen era el investigador más serio y más ordenado jamás visto. Sus planteamientos eran exquisitos y su metodología clara y concisa.

Después de mucho batallar, sobre todo por el asuntito ese de que no era doctor, porque en Carora a todo el que había aprobado la primaria le decían “doctor” y eso no lo sabían en Michigan, los de allí se hicieron la vista gorda y le dejaron con sus ideas y sus cosas, le pidieron, eso sí, que no lo comentara con nadie hasta no haber acabado, creían que se pasaría la vida ahí en un laboratorio con cuatro excéntricos más que se creían privilegiados porque les daban casa y comida y unos dólares para salir los domingos. Los de la universidad ya se habían espabilado para escoger el equipo adecuado que acompañara al doctor.

La humorritmia, sin embargo, fue calando no sólo entre el reducido y selecto equipo, si no que, por una fuga no planificada de información, llegó a los estudiantes de último curso. Uno de ellos, quiso hacer su disertación sobre los hallazgos y, las autoridades considerando que todo era un disparate, lo autorizaron, aunque ninguno pudo prever las consecuencias.

Primero la humorritmia facilita la auto predicción del humor del día justo a los dos minutos de despertarse. Se trata de un aparato con forma de radiodespertador que tiene un sensor que se activa cuando se le toca al tratar de parar la alarma, ese sensor hace una lectura que, para facilidad del usuario se traduce en un color: marrón, rojo, blanco, azul, Cuando el usuario es identificado como rojo ese día, ya sabe que está en humor sangre, o sea, fuego, o sea alegre y optimista, ¿y qué hacer cuando se amanece así? Aquí viene el brillante planteamiento de este caroreño modesto, pero imprescindible para la historia de la humanidad a partir de ahora.

 Cuando uno está en rojo debe evitar a la gente que está en marrón porque evidentemente el conflicto entre una persona alegre y optimista con una que ha amanecido triste y melancólica puede ser desastroso. El melancólico, deprimido y tristón puede acusar al alegre de ligero, insensible ante su dolor y su tragedia, e incluso se puede poner muy agresivo, si bien el optimista, no pudiendo entender la desdicha gratuita del melancólico puede acabar insultándolo por aguafiestas y acomplejado. Si este sencillo esquema se aplica además a relaciones sociales complejas como la familia o la jerarquía laboral, pasando por las distintas personas anónimas que no acepta un pisotón en el metro de buen grado o que le gritan a quien se les atraviese, la cosa promete complicarse como de hecho se complica a diario. 

Erick von Bingen entendió que esta era la raíz de la violencia humana, ni siquiera Freud había llegado tan lejos en su "Por qué de la Guerra", ni Sun Tzu con "El Arte de la Guerra", ni Maquiavelo con "El Príncipe", ni Thomas Hobbes con "El Leviatán", ninguno de ellos había dado con el origen del asunto. Todos habían intentado describir la naturaleza humana y adecuarla a los distintos esquemas: contrato, pactos, leyes, supervivencia. Para Erick todo esto eran meras elucubraciones, ahora que había desarrollado el aparato más útil para prevenir la violencia gratuita y también la justificada.

La humorritmia no sólo era informativa, sino que además poseía sus propias leyes con sus deberes y sus obligaciones. Primero se trataban cada una de las combinaciones de los cuatro elementos representados por sus colores que a su vez suponían el humor que los definía. Tantas combinaciones como cantidad de individuos participantes. Para ello se desarrollaron sesudas ecuaciones que serían la base para medios más sofisticados de predicción de conflictos. En segundo lugar, una vez dada la combinación y sus posibles resultados se llegaba a la parte propedéutica que estimaba las acciones y reacciones más beneficiosas con respecto al fin (en esto seguía a Maquiavelo). Y, en tercer lugar, las personas que podían incorporar este conocimiento en cada faceta de su vida cotidiana estaban llamadas a triunfar. Porque la humorritmia lo que pretendía era una sociedad sin conflictos, o mejor, con ellos, pero pudiendo asumir sus consecuencias directas o indirectas.

Y si, a Erick von Bingen, no doctor nacido en Carora lo llamaron desde las Naciones Unidas porque necesitaban de su conocimiento para poner en marcha los diversos planes de paz necesarios para resolver los conflictos que desde hacía años mantenían a las gentes sometidas a guerras, hambrunas y caprichos de mandatarios aburridos.

Para ello, porque una cosa tienen los caroreños y es que son muy ordenados y cabales, además de austeros, aunque el doctor Erick von Bingen en lo que tocaba a la ciencia era prolijo. Es por eso que ya había diseñado varias vías para conocer el humor de una persona de modo rápido y seguro. Una era con una muestra de sangre que vertida en una tira tintada con una solución especial diseñada por el equipo de von Bingen, daba el color que identificaba el humor del individuo. La segunda era un poco más invasiva, se le introducía al individuo una especie de hisopo grueso por vía anal porque era allí dónde se producía la mayor concentración de calprotectina que en dilución con un suero especial inventado por el equipo daba el resultado buscado y una tercera, pero no muy acertada era mediante un test de quinientas preguntas, un test largo, farragoso poco fiable, pero muy divertido.

La cosa es que, llegado a la ONU, von Bingen explicó los tipos de pruebas y propuso que los mandatarios de los países los pasaran. A los africanos les tocó el test, a los europeos el de la gota de sangre y a los americanos el del hisopo. No fue una elección hecha de modo científico, en lo absoluto, cosa que en la ONU ignoraban, tan solo fue el resultado del peculiar sentido del humor que tenía von Bingen y de una pequeña venganza personal contra los norteamericanos que le habían hecho lo mismo en la frontera con México, aunque de un modo menos sofisticado incluido el repugnante sonido del guante de látex por parte del guardia de frontera. En cuanto a los africanos se debía a que, habiendo conocido a algunos, sabía de su sentido del humor y su disposición para evadir preguntas comprometedoras. Erick seguía siendo caroreño en sus métodos de cribado.

Hecho esto, habiendo pinchado y puesto de cuatro patas a mandatarios amables unos, odiosos otros, habiendo leído al azar las respuestas a los test, no sin las carcajadas correspondientes por parte de todo el equipo, el doctor Erick von Bingen comunicó los resultados y sobre todo las próximas acciones a llevar a cabo si se quería llegar a la paz mundial.

La mayoría de los mandatarios eran marrones o rojos, o sea, biliosos, gentes tristes o coléricas, para ello recomendó proporcionarles a estas gentes un ajuste en la dieta, el sueño y el entorno para evitar los "miasmas" (vapores venenosos) y reducir la irascibilidad. Eso, por supuesto, en muchos casos requería de nuevas elecciones presidenciales basadas ya en la humorritmia, cosa que si se hubiera hecho desde el principio habría evitado muchos males. Y, como era la opinión irrefutable del prestigioso Erick von Bingen, la medida fue acatada con extremo detalle siguiendo la recomendación de hacer la prueba del isopo cada semana para ir corroborando los progresos.

Hay que decirlo, nunca la humanidad estuvo en mejor, porque es cierto que la ciencia en buenas manos es un gran aliado para resolver los problemas más graves de la humanidad.

Lo que sucedió después sería mejor no contarlo porque muestra hasta dónde puede llegar la bajeza humana. Uno de los colaboradores más estrechos de Erick von Bingen, un tal Daniel Velarte un gaucho, originario de la pampa argentina, traicionó a Erick al contarle al mundo lo de los isopos y su verdadera razón, pero antes de que con ello se diera al traste con todo el montaje de la humorritmia, el doctor von Bingen, como buen caroreño, se las arregló y se las hizo para demostrar la validez de sus métodos y su escogencia con el mismísimo Daniel a quien invitó a escoger entre el método del hisopo o el del test para saber qué bicho le había picado. Daniel, viéndose entre la espada y la pared, consciente de que su traición le acarrearía más ruina que gloria, se vio obligado a escoger y a aplicarse a sí mismo el método escogido. Todos sabemos que a Daniel, que era un psicólogo experimental, se le daba fatal la interpretación de los test.

La humanidad le debe la paz mundial a un humilde caroreño que se atrevió y llegó a medirse con los más grandes científicos del mundo. ¡Honremos al doctor Eric von Bingen!



Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Devuelta de la tristeza

Riéndome como una cualquiera, de cualquiera. Como quien llora la muerte de un amigo en Diciembre. Reírse en medio del tren y que los demás volteen. Riéndome del último chiste de mi mamá y en su entierro. Reírme de las caras patéticas de la gente seria. Riéndome de la risa forzada de las comedias americanas. Reírse de la cara que pones cada mañana cuando me río de tu cara. Reírme de los chistes de Pedro que en vez de contarlos los ‘descuenta’. Riéndose todos del cuento del boquineto y la taza de café. Riéndome de los excesos de la razón y la exigencia. Reírme en Canaima como en Badalona. Reírse del mendigo que no inspira lástima. Reírme con el que me saca el duro con simpatía. Riéndome de una estúpida receta de cocina, de un cocinero afectado que combina los huevos, la mayonesa y la bechamel. Reírse de las teorías cósmicas recitadas por el conejo de Alicia —reírme del doble sentido si Alicia me conociera. Riéndome del chiste veloz. Reírse de las ocurrencias ociosas: del autobús mutante,...

Irreparable

" Recuerdo el tiempo en que pensábamos que habíamos venido al mundo a elegir entre el mal y el bien. Luego supimos que había que abrazar dilemas, elegir entre lo malo y lo malo, elegir entre lo bueno y lo bueno, y todavía era llevadero porque parecía posible elegir lo menos malo, o lo más bueno. Hasta que nos dimos cuenta de que no habíamos contemplado lo irreparable. La vida se empeñaba en colocarnos ante elecciones que comportaban pérdidas irreparables, una y otra vez".    (Belén Gopegui) Me desperté con una sensación de liviandad, parecía que ya había pasado la tormenta. El cielo de anoche era un espectáculo digno de cualquier cuadro de Caspar David Friedrich, parecía que todo se iba a desplomar en un segundo, porque desplomar es una buena palabra que describe la caída aparatosa y a la vez ese color plomizo de las turbulentas nubes que provoca pavor.  Lo siguiente fue un episodio sin precedentes, por lo menos para mí: vientos fuertes que azotaron sin parar puertas...

Zurumbático

De él se decía que no era demasiado inteligente, un pasmado, eso decían. A él le resultaba exactamente igual lo que se dijera en el pueblo porque, al fin y al cabo, no era relevante para su existencia. Es verdad que no era demasiado vivo, su madrina le decía: Ay, mijo, no seas tan achanta'o, tienes que echarle pichón y no echarte las bolas al hombro, en la vida no todo es mango bajito, mira si te pones las pilas hay muchas cosas que están a pata'e mingo. ¡No seas cabeza e'tapara! Pero, él no hacía caso y vivía  de pescar un pescado al día y como no tenía cómo conservarlo, se lo tenía que comer con una arepa, o con un trozo de yuca, o con un tostón, o con un jojoto, con suerte un aguacate, dependiendo de la época y de la suerte, pero como no era un tipo con suerte, jamás había probado un aguacate. Un día arrancó una lechosa verde, creyendo que era uno, y no le gustó. Por aquellas costas plagadas de mosquitos y jejenes en la tarde, de calor insoportable al mediodía, no le qu...