No se sabía si lo llamaban Nube Negra por esa extraña costumbre que tenía de vestir de negro, o acaso por ese irrefrenable vicio de ponerse siempre en el peor de los escenarios, sea como fuere, el apodo describía correctamente al personaje. En la historia de los apodos nunca se había llegado a uno tan perfecto ni acurado como este.
Encorvado ligeramente como quien protege a su propia sombra, se dirije cada día a su trabajo, que, por supuesto, detesta. Pasa por la misma calle cada día, con su vapor saliendo de las alcantarillas, el ruido de los martillos neumáticos, los miserables sentados a la orilla de cualquier acera o banco del parque, es igual por donde pase, la humanidad incomoda con su ir y venir avasallante, sus gritos al teléfono, sus caras lelas redondeadas por unos monstruosos auriculares que se han puesto de moda. Desde atrás mira los culos de hombres y mujeres mal dibujados con esos pantalones anchísimos, otros apretados hasta que los huecos de la celulitis amenazan con reventar el invento del Señor Dupont, no hay término medio, es por eso que hace tiempo él decidió vestirse siempre de negro, un clásico y atemporal estilo que, además, sólo variaba por la tela siguiendo los cambios de estación. Era un amante de la elegancia sencilla y discreta, no entendía esta nueva locura por el mal gusto, por saltarse todos los cánones y por creer que al hacerlo se era más libre: ¡no, en verdad lo único que sucedía era que se mostraba la ignorancia y la mendacidad!
Esta sociedad hacía rato que le arrancaba indiferencia, cumplía con sus obligaciones como padre y marido ejemplar, no porque quisiera, sino porque pensaba que no hacerlo era muestra de mediocridad. En el fondo, le era igual el destino de su familia, porque, al fin y al cabo, alguno moriría el primero y eso no se podía cambiar con las malas o buenas decisiones.
Tenía una buena posición económica, y no es que hubiera luchado por ella, sencillamente se dejaba llevar por la dinámica diaria en la que nada podía cambiar porque, según pensaba, si así funcionaba bien la cosa, ¿por qué cambiar?
Era sommelier en Le Bernardin, obedecía todo lo que el Jefe de Vinos le decía, hablaba poco con los comensales, aunque para su desgracia, quizá por su cara o no sabe qué, todo el mundo entablaba conversación con él, a lo mejor era esa media sonrisa que ensayaba cada mañana y que le hacía simpático a la vista de los demás. Lo que si sabe es que odia a la gente, siente verdadera antipatía por cada uno de los congéneres que le rodean y, sin embargo, sus congéneres le tratan con amabilidad, ensalzan sus virtudes y casi no encuentran sus defectos, excepto ése por el que se ha ganado su apodo.
Nube Negra tiene la particularidad de anticiparse a la desgracia, ponerse en lo peor y no lo oculta. Si alguno compra un coche nuevo, lo primero que pregunta es si acaso es eléctrico, híbrido, de gasolina, gasoil o gas. Si es eléctrico el problema es que hay que estar pendiente de cargarlo y la autonomía es muy limitada y ni qué decir del supuesto de que se dañe la batería porque reemplazarla es carísimo y luego, está el hecho de cómo reciclarla sin dejar de lado el desastre ecológico que provocarían tantos desechos y por supuesto que es imposible producir tanta electricidad para tantos coches sin acabar con el planeta. Cada modelo tenía una contra que él comentaba con detalle: el precio del combustible, los impuestos, el recambio de los mini motores eléctricos, en el caso de los híbridos, el gas que no siempre está disponible, y la subida de todos los carburantes dependiendo del escenario geopolítico en el que nos encontremos. Así, el ilusionado comprador de su flamante coche nuevo y sus llaves en la cartera, salía con ganas de tirarse por un barranco con coche y todo para emular a Thelma y Louise.
En el caso de que se anunciara un nacimiento, ¡cómo no! salía el cálculo detallado de lo que cuesta la manutención anual de un niño, las preocupaciones que suponen y ni qué decir de la capacidad de las actuales generaciones para educarlos bien, sin contar, claro está, que en un mundo como este no vale la pena exponer a nuevas criaturas al desastre futuro. Los nuevos afortunados padres se quedaban pensando en lo absurdo de su gozo.
Cualquier proyecto, nueva empresa, esperanza del tipo que fuera era una futilidad para él. Su punto de vista siempre apuntaba a que nadie hacía nada por nadie si no era por interes y por quererse aprovechar de la buena voluntad de los ingenuos. No había confianza suficiente para poder contrarrestar la iniquidad inherente al ser humano. Por lo tanto, comentar una buena noticia con Nube Negra era amargarse el día, arriesgarse a perder toda ilusión, enfrentarse a una seroja de nihilismo difícilmente de barrer.
Y cuando se trataba de algún tema de salud, era obvio que su comentario último apuntaría al fracaso del tratamiento y a tener que buscar otras opciones todas colindantes con la muerte.
Sus compañeros se lo hacían notar, pero él no se daba por aludido argumentando que quizá su único problema radicaba en que él no se dejaba engatusar por cantos de sirenas.
De vuelta a casa caminando como cada día, seguía por la 51 hasta llegar a la Primera Avenida y subía hasta la 82, era una caminata larga que prefería hacer con tal de no meterse en la lata de sardinas que suponía el transporte público. Al llegar a casa su esposa lo esperaba como cada día, con conversaciones amables y con la esperanza de que su buen ánimo disipara esa nube que siempre le envolvía. No obstante, y esto hay que decirlo, él hacía un esfuerzo por no decirle que no se hiciera ilusiones con las buenas notas de su hijo porque eso iba en detrimento de su futuro, ya que si era buen estudiante, probablemente querría ir a una buena universidad, que era más cara que una formación técnica. Y a cada comentario de ella sobre alguna amiga, o alguien de la familia él dejaba caer un análisis descarnado sobre, otra vez, la perversidad humana. En verdad parecía haber salido de un libro de Cioran o de Schopenhauer, cualquier existencialista se habría convertido en Hare Kriishna ante tal carga de negatividad.
De nuevo frente al espejo, Nube Negra se viste y se mira para corroborar que todo está en orden. Nunca está contento ni triste, sólo sabe que siente una repulsión casi escatológica contra las personas. Y cada día hace un esfuerzo muy grande por tratar de ocultar lo que hay en lo más profundo de su ser.
Ha llamado a un Uber porque llueve a cántaros y no va a llegar con los zapatos mojados a Le Bernardin. Delante de su casa le espera el auto, lo conduce una mujer como en la cincuentena, con el cabello negro recogido, vestida totalmente de negro, que se apea con un paraguas para conducirlo hasta el interior. Ella lo detalla por el retrovisor, entiende la dirección y le dice que es muy temprano para ir a Le Bernardin, eso le da la oportunidad de preguntarle si trabaja allí, él contesta afirmativamente.
La choferesa está dispuesta a la charla mientras él contesta con monosílabos, pero ella es insistente, y él se deja ir, como siempre al lado oscuro de la luna, su preferido.
- Una vez leí en un libro que hablaba de las emociones desde el plano de la neurociencia, usted sabe, esa manera de ver al ser humano desde una psicología mucho más científica. La autora venía a decir que nuestras emociones son producto, entre otras cosas, de las conexiones neuronales y de cómo las diferentes zonas cerebrales las procesan. Pero, lo que más me gustó es una frase que dice que la critica dañina no es una vía de aprendizaje, sino de censura, para concluir que la ternura es más importante que la inteligencia. Yo he estado intentando entablar una conversación con usted y todo lo que he escuchado son críticas y quejas contra el clima, la luz hermosa que tenemos hoy, la felicidad de tener un trabajo de lo que le gusta y una profesión. Le he preguntado por el tráfico y no ha parado de quejarse del camino que he tomado, que si podía haber bajado por la primera, y un largo etcétera. He querido sacar algo positivo de usted y ha sido imposible. Mire, yo visto de negro porque me gusta y encuentro que le da seriedad a mi trabajo, además de infundir respeto. Me recojo el cabello y me maquillo discretamente. Usted va vestido igual que yo, pero yo no veo a un hombre elegante y serio, perdóneme, yo sólo veo a un ser odioso disfrazado, ¿sabe por qué? Porque le falta ternura.
- Usted no me puede hablar así, ¿lo sabe? ¿Sabe que llamaré a Uber y me quejaré y seguramente perderá su empleo?
- Usted está en mi coche y le puedo hablar como quiera. Está lloviendo y el tráfico seguramente le deparará un rato más conmigo. Tengo como principio el respeto a la gente, en su caso me lo voy a saltar porque le quiero preguntar a cuanta gente más va usted seguir menoscabando con sus comentarios, que según usted son veraces y poco dados al engaño.
Él respiró profundo, sabía que si le contestaba le daría pie a seguir hablando por lo que mejor no hablaría más. Aguantaría a otro paladín más de la ñoñería que seguramente se acordaría de él la próxima vez que sufriera a causa de un desilusión, de una traición o de un equívoco, tanto da. Él sabía que la realidad siempre le acababa dando la razón y que a pesar de ser como era, de detestar a la humanidad y a todos y cada uno de sus congéneres, éstos lo apreciaban porque con cada comentario, con cada gesto despectivo, sólo estaba siendo sincero. Es cierto que no siente la ternura, pero también es cierto y paradójico que para no importarle la gente se preocupa por ella, los aconseja, los previene y si tiene suerte evita muchos males.
Ha dejado de llover y ha llegado a su destino, la mujer para el coche, pero él le dice que por favor vaya hacia Central Park, que tiene tiempo para una conversación con ella, es lo único que le pide si quiere que no ponga una queja. La mujer estaba dispuesta a perder su trabajo pero, como siempre, ella no traicionará sus principios porque cree que todo ser humano debe ser escuchado.
Nube Negra le contó que igual que todo el mundo, él era producto de su biografía, que su abuelo era uno de los que se había suicidado en el 29 con la famosa caída de la bolsa, que un tío suyo había muerto en el desembarco de Normandía, que su padre había muerto en Vietnam, no conocía a nadie que fuera mejor víctima de la confianza que él y toda su familia, que no era así por miedo a la muerte si no por miedo a la vida, a la farsa vestida de extrema confianza en la que todos viven. Le explica que día a día, esa repulsa contra la humanidad no se sostiene por la pura antipatía, se sostiene por la paradoja de no poder dejar de advertir a los demás sobre las consecuencias de tomarse todo a la ligera. Cree que la gente no piensa si no que se deja llevar por las emociones inmediatas, que todo el mundo está perdido en este mundo de la fruslería autocomplaciente, que los han convencido con esas munsergas neoliberales del "si quieres, puedes", "eres dueño de tu destino", "tu creas tu propio futuro". Todos son unos omnicontentos, carecen del sentido trágico de la vida y eso les impide ver la luz. Él va vestido de negro porque él absorve la luz, él es un ser de luz, si fuera de blanco la rebotaría, la desperdiciaría. Y ahora, sólo le pide una cosa, ahora que le ha confesado su paradoja que está en las advertencias, críticas, pesimismo que denota, le pide que le juzgue como lo hizo antes, sólo que ahora sabe que la paradoja radica en querer que esa humanidad que tanto le causa repulsa como veneración infinita, continúa su rumbo sin romperse, sin deshumanizarse, sin seguir haciendo daño.
La mujer se le quedó viendo, ella también había sido lectora de Schopenhauer y de Nietzsche, sus palabras rezumaban todo el existencialismo de Camus y de Sartre. Lo miró fijamente, no dijo palabra. Sólo le tendió la mano y le dio las gracias.
En Le Bernardin los clientes lo adoran, sus compañeros lo estiman, su esposa lo ama y su familia también pero, todos ocultan ante él sus ilusiones, sus logros y sus alegrías porque saben que él es incapaz de dejarse arrastar por las ráfagas de felicidad. Nadie es perfecto.
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