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Oktoberfest

Ha pateado una lata de cerveza y de repente voltea porque al lado se le ha sentado un tipo árabe con su chilaba y sus babuchas. No es que sea racista, pero le parece que este tipo está fuera de contexto. Aún así, le mira y le pregunta si quiere una cerveza, el árabe le dice que si, esto lo desconcierta un poco, si bien le parece que es lo correcto porque beber cerveza en una fiesta de la cerveza es lo más recomendable.

Mientras va al mostrador de ese grandísimo Garden Beer, no le quita vista al árabe, quien sentado, ve a su alrededor como si disfrutara, por primera vez, de esas fiestas. Es evidente que desentona con su indumentaria en el Oktoberfest, y con su actitud serena ante la estridencia de la música, las carcajadas y los borrachos. El otro espera que no haya ningún xenófobo cerca porque, de alguna manera, ese árabe ya es su amigo y es su responsabilidad.

Llega con las dos jarras de cervezas, brindan y se las beben como hacen todos, con un sorbo enorme hasta que el dorado líquido chorrea por las comisuras de sus bocas. Le pregunta su nombre, soy Alí ¿Y tú?, Hans, dice entre sorbos de espuma. Creo que tenemos nombres demasiados comunes, ambos se ríen del comentario. El árabe, en adelante Alí, está risueño. La pregunta de Hans no se hace esperar y Alí le mira desconcertado como parte de un extraño y absurdo teatro. Le dice que, como todo el mundo, tiene derecho a disfrutar de la fiesta y que le encanta la cerveza. La verdad es que la descubrí hace poco y es muy buena. No soy musulmán, no te confundas por mi aspecto, yo me definiría como un viajero cosmopolita. Nací hace mucho tiempo, aunque mi cara no lo aparente, tengo más años de los que tú me puedes echar. Se rio y brindaron por esa autodescripción. Alí se le queda viendo como buscando una reacción a sus palabras, pero Hans comienza a estar un poco achispado, por lo que no hay reacción, sólo piensa que ha de ser muy especial para que un árabe quiera compartir la fiesta con él. Había venido solo, esperaba a unos amigos que han tardado lo suficiente como para conformarse con la compañía de este sujeto. Lo mira de arriba abajo y le pregunta que de dónde viene, o dónde vive, en verdad le da exactamente igual porque, una vez acabada la cerveza, piensa irse a casa. Él le contesta que es persa, y Hans no tiene ni idea de lo que eso significa. Hans es un tipo sencillo que no se complica la vida con nada, tiene un trabajo estable, sus relaciones son buenas, gana dinero suficiente para pagar sus gastos, y goza de buena salud. En el trabajo tiene fama de ser ordenado y pragmático. No es un adonis pero, es agraciado y agradable. No se puede quejar.

Hans toma el último trago, previo brindis con Alí y le dice, que ha sido un placer, pero que se tiene que ir. Alí también acaba su cerveza de un sorbo y se pone de pie. Hans insiste en que se va pero, Alí le sigue. Ya fuera del Garden Beer, emprende su camino y Alí le acompaña. No le gusta, no es su amigo, ya no están en el Garden Beer no quiere caminar con él y si es así, ¿hasta dónde? Le pregunta que adónde va. Alí le responde que lo acompaña, Hans se planta, se pone de mal humor, probablemente porque la situación le parece absurda o porque ya su nivel de alcohol en sangre lo está poniendo un poco más nervioso de lo habitual. ¡Déjame en paz y no quiero que me sigas!

Alí, inmóvil, se le queda viendo entre sorprendido y espantado por su reacción. Hans sigue calle abajo. Alí echa a correr y se le pone al lado. Hans lo empuja y siente que es mucho más fuerte de lo que aparenta. Ya muy contrariado le grita que qué quiere. Alí, lo coge por el brazo, lo lleva a un banco y lo sienta con una fuerza casi sobrenatural, Hans siente que se le ha pasado la borrachera, aunque no se le ha pasado la curiosidad por saber qué le pasa a este árabe loco.

Tú deberías saber cómo funciona esto, dice Alí, tú me encuentras, me reconoces y me pides tres deseos. Yo te los concedo y vuelvo a mi lámpara y ya está. Hans se queda boquiabierto, sabe que ha bebido un poco más de lo habitual y por eso se siente descolocado, le responde en tono muy serio, casi dispuesto a acabar el parlamento con una bofetada, porque si una cosa no soporta es que se burlen de él. Mira, yo no sé de qué me estás hablando, no he encontrado ninguna lámpara tirada en no sé dónde, no la he frotado y no creo que el genio de una lámpara tenga el aspecto que tienes tú.

En eso, Alí lo miró fijamente a los ojos y su mirada lo heló, era una mirada intimidante. Con una voz, esta vez muy hosca, le dijo, haciendo pausas para darle mayor fuerza a su discurso: no sé las tonterías que te habrán contado, sé que existe una versión muy extendida de Antoine Galland que habla sobre un genio que sale de su lámpara con humo y parafernalias extrañas. Yo estaba viviendo en una lata de cerveza, quizá por eso me he aficionado a su sabor. Claro que durante milenios viví en una lámpara, pero la última vez que aparecí fue en un mercado de antigüedades en Madrid, se ve que esas gentes compraron la lámpara y la trajeron aquí consigo. Un día, en la tienda de antigüedades en la que me guardaban, aparecieron en la noche un par de ladronzuelos, un poco drogados. Al ver la lámpara comenzaron a bromear sobre ella y sobre mí, la frotaron y salí yo a concederles los tres deseos reglamentarios, y como eran ignorantes e irrespetuosos con la tradición y se comenzaron a burlar de mí, enseguida pidieron sus tres deseos: uno quiso ser más alto, y así lo cumplí, el otro quiso tener novia y se la di y el tercer deseo fue que me metiera en la lata de cerveza que se acababan de beber y así lo hice. Acto seguido la tiraron por la ventana y a la lámpara también, a ésta la pisó un camión y la lata de cerveza en cambio comenzó a rodar calle abajo, quizá fue así como llegué a tus pies y salí sin necesidad de que nadie la frotara. Creo que ahora que no tengo lámpara no tendré tampoco dónde permanecer.

Hans lo miraba incrédulo, y le respondió: eso quiere decir que eres un genio sin lámpara y que probablemente yo haya de cargar contigo. Creo que tampoco sabrás cumplir deseos porque lo normal es que una vez que los cumplas te metas en la lámpara hasta que te encuentre otro. Sin ese protocolo ¿cómo lo harás?

Alí lo miró, un poco desconcertado. No sé, tienes razón, tampoco sé si ahora puedo cumplir deseos, porque como no tengo a dónde volver... antes tenía su lógica, pero ahora… ¿Me ayudas a pensar en algo?

Hagamos una prueba, pediré mi primer deseo. Me gustaría acabar con las guerras. Alí frunce el ceño y se le queda viendo. ¿Con todas o con alguna en particular? Hans le dice que con todas. No puedo complacerte. ¿Por qué? Porque yo he de saber exactamente lo que deseas, nunca he cumplido deseos en general, tienen que ser específicos. Oye, Alí, me estás poniendo trabas. ¡No, es que no sé con qué guerra acabar, hay tantas! Bueno, está bien. No desearé eso. Quiero una casa nueva. Alí pregunta: ¿dónde?

Hans se le queda viendo: ¿Tú estás seguro de que eres un genio que cumple deseos? Por que te estoy viendo un poco desganado.  Mira, quiero un coche, un Rolls Royce Boat Tail. No hay problema, respondió Alí. Y allí estaba, aparcado delante de ellos. Hans se sorprendió. ¿Y las llaves? Alí, se quedó perplejo: ¿qué llaves? ¡Tú me has pedido un coche! Ay, Alí, está va a ser una noche muy larga…

Hans se puso de pie, se dirigió a su casa mientras Alí le seguía. ¿Qué vas a hacer? Le preguntó. Mientras no me pidas los otros dos deseos no puedo volver a la lámpara. Alí, tú no tienes lámpara. Bueno, Hans tendrás que conseguirme una, antes de que yo te conceda los otros dos deseos. Mira, vamos a quedar claros, el Rolls Royce está ahí y no lo puedo usar porque no tengo llaves ni papeles de propiedad ni nada, además ¿cómo pagaré los impuestos, la gasolina y el mantenimiento de ese coche y dónde lo aparcaré? Tú no estás al día de cómo son las cosas en este siglo, ¿cuándo fue la última vez que cumpliste un deseo? ¡Contesta! Alí, muy serio y preocupado respondió que la última vez fue con los delincuentes que lo dejaron sin lámpara, y que cree que vivir en una lata de cerveza le ha afectado. Hagamos una cosa, dijo Hans, vamos a casa, descansamos y mañana arreglamos este entuerto. ¿Vale?  Alí asintió mas, quiso hacerle una última aclaratoria: todo eso de los impuestos, la gasolina, el mantenimiento y el aparcamiento son muchos deseos, he contado más de dos, no te podré conceder todos, tendrás que elegir...ah y se me olvida lo de las llaves y los papeles de propiedad. Hans respiró profundo y pensó para sus adentros: ¡Este genio es más tonto que hecho a encargo!

Al llegar a casa, Hans fue directamente a la cocina, estuvo rebuscando un rato. Mientras Alí estaba sentado en la sala, aparece Hans y le dice: tengo un deseo. Alí lo mira con ilusión, por fin se ha ganado su confianza, se siente de nuevo el gran genio de la lámpara, aunque no tenga una. Con tono autoritario Hans le ordena: métete en esta lata de atún y sólo saldrás cuando yo la frote, ¿entendido? 

Acto seguido Alí desapareció, Hans guardó la lata en el fondo de un armario de la cocina, pudo dormir tranquilo y seguir con su vida, por que, al fin y al cabo ¿de qué sirve desear por desear si se está conforme con lo que se tiene?



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