Desde tiempos muy remotos, por lo menos hasta donde llegaba
la memoria de los suyos y del pueblo que apenas había sobrevivido a la última
erupción del volcán y que, quizá por ello su historia era tan corta, es decir,
desde tiempos no tan remotos, todos señalaban a los Lucernarios como
especialistas en esa especialidad, o al menos así lo corroboraban dos que
habían pasado por ahí hacía tiempo.
La vida en aquellos lares nunca fue fácil con el Etna
amenazando siempre que le daba la gana, los Lucernarios estaban desesperados
porque no sabían en dónde ubicar su pueblo. Al final decidieron, según cuentan
unos papeles que alguno conservó no se sabe cómo, fundar uno llamado
Misterbianco por allá antes del siglo XVII. Allí la vida era tranquila, pero
debido al viento y las condiciones atmosféricas que no permitían el uso de las
ventanas tanto como se quisiera, además de lo absurdo que sonaba eso de tener
velas o lámparas en casa sobre todo si era de día, un día uno de sus habitantes
que había viajado al continente por casualidad trajo una sensacional idea que
acabaría con los días oscuros, ofreció sus servicios para hacer lucernarios y
fue así que todas las casas de Misterbianco tuvieron uno. Era hermoso verlas
brillar tanto de día como de noche. El pueblo se convirtió en la joya del valle
y en la envidia de los de Camporotondo, San Pietro y Nicolosia.
La cosa duró lo que duró y el Etna seguía en lo suyo, a
veces humeaba, a veces temblaba y a veces nada. La vida seguía su curso con sus
bueyes, sus vestidos rústicos y su dieta monótona, como debía ser en aquellos
tiempos mientras, muchos vecinos seguían entusiasmados con los lucernarios.
La cosa fue que un día el Etna empezó con sus tonterías de
siempre y escupía cenizas. Nadie podía imaginar que los de Camporotondo, los de
San Pietro y los de Nicolosia harían diana de las burlas más descarnadas a los
de Misterbianco, les decían: ahí vienen los cenizos, o María, ¿cuántas veces
has barrido la casa hoy?, qué bonito es tener luz cuando al sol lo tapa una
nube de cenizas. Y así hasta que la imaginación paraba a causa de las
interminables carcajadas.
Los lucernarios facilitaron la invasión de las cenizas en
las casas y por supuesto la entrada de gases y alguna piedra. Los de
Misterbianco no pudiendo controlar la situación decidieron abandonar el pueblo
para volver cuando el volcán dejara de fastidiar. Bajando por la ladera con
bueyes y burros cargados, tuvieron que soportar las burlas (otra vez) y
protagonizar todas las trifulcas derivadas de tal conducta.
Pero, un día, ¡ay, fue muy aterrador! El Etna estuvo
avisando con humos y temblores y como estaba alejado, los habitantes se lo
tomaron con mucha pachorra. Sabían desde siempre, que los volcanes son
benévolos, al menos con ellos, era cosa de esperar que se calmara, caprichoso
como es. Los de Camporotondo, los de San Pietro y los de Nicolosia estaban
tranquilos porque al fin y al cabo con cerrar las ventanas impedían la entrada
de las cenizas y de los olores fétidos, mientras los de Misterbianco buscaban
algún lugar donde esperar que al señorito volcán le diera la gana de dejar de
molestar.
Habían establecido un campamento, y pese a que las
condiciones eran muy precarias, se ayudaban entre ellos, aunque ya
comenzaban a surgir las discusiones y los roces propios de la convivencia
obligada. Un día el alcalde, pasado de vino y aguardiente, señaló a los
Lucernarios como los culpables de su situación, porque, según él, debieron
dejar sus casas por culpa de los malditos lucernarios, que antes todo estaba
bien y si no le creían que vieran cómo vivían los de Camporotondo, los de San
Petro y los de Nicolosia. Todos dirigieron sus miradas a los Lucernarios, éstos
cogieron sus dagas y las apretaron con fuerza ocultas bajo la sobrevesta. Unos
pusieron la paz al darse cuenta de lo que sobrevendría, pero otros contestaron
sin ningún tipo de remordimiento que si, que era culpa de los lucernarios que sus
casas fueran inhabitables. La tensión hizo poner en pie a los hombres, ahuyentó
a las mujeres con los niños y levantó gritos de amenazas y de contención, sonando
súplicas e insultos a la vez. Vecinos antes queridos, eran enemigos, todos iban
en contra de los Lucernarios, pero en ese preciso instante sonó una detonación
horrible: era el Etna que por fin había despertado. Todos corrieron espantados
hacia las cuevas en donde estaban seguros que la lava, ni los proyectiles de
piedra los alcanzarían, como pudieron arrearon a los animales con la misma
diligencia que a los hijos y a las mujeres. La noche fue terriblemente larga,
el ruido era infernal.
A la mañana siguiente el Etna calló, el humo lo llenaba
todo, pero ellos estaban a salvo. Desde aquel saliente de la montaña que les
había provisto de un par de cuevas y varias grutas, los
misterblanqueses fueron saliendo uno a uno o en pequeños grupos y lo que
vieron los dejó horrorizados: su pueblo había sido arrasado por la lava, igual
que Camporotondo, San Pietro y Nicolosia. Muchos lloraron, pues, aunque habían
sido objeto de sus burlas, eran sus vecinos, otros porque tenían en algunos de
esos pueblos algún familiar y otros porque eso de la tristeza se contagia.
Los Lucernarios, en cambio, sonreían no sólo porque habían
salvado sus vidas sino porque agradecían a Dios haber hecho explotar al Etna en
el justo momento en que Salvatore, Calogero y Liborio ya tenían empuñadas sus
Liccasapone para dar cuenta de los causantes de su desgracia. En eso Baldassare
Lucernario se dirige a los suyos y les hace saber que ahora que no tienen
ningún pueblo, era hora de hacer las cosas a su manera, porque, al fin y al
cabo, todos están vivos gracias a los lucernarios, que si fuera por ellos no
habrían huido y ahora estarían sepultados bajo la lava como sus vecinos.
Y sin esperar siquiera que Concreta diera su visto bueno,
Baldassare se dirigió a la multitud para hacerles saber que de ahora en
adelante él sería el alcalde. Extrañamente, entre exclamaciones religiosas y de
agradecimiento, todos coincidieron en que los lucernarios llegaron a Misterbianco
para salvarlos, que la luz que proporcionaron era la luz divina que los
salvaría, que haber dejado pasar el polvo y las cenizas, las piedras y los
olores fétidos a sus casas hasta hacerlas inhabitables era parte del plan
divino, y que ellos eran un pueblo escogido de Dios. A Baldassare le pareció
exagerada la explicación de Girolama, la beata del peblo, pero le vino de
perlas y más cuando el párroco le dio la razón y ofició ahí mismo una misa en
acción de gracias.
Los Lucernarios llevaron a los misterblanqueses cuesta abajo
y se establecieron en un valle lejos del Etna por más que muchos se negaron
aludiendo que aquella parte de la isla era su territorio amado. Baldassare lo
tenía muy claro porque era fundamental salir de ahí para poder sobrevivir, y
así fue.
Se establecieron en una zona mucho más amable y más plana,
lejos de los posibles ríos de lava del Etna, lo veían desde sus ventanas, pero
mientras más lejos mejor. Comenzaron a construir sus casas. Una noche cuando
estaba reunido el consejo con todas las autoridades: el cura, el alcalde, el
maestro, el monaguillo y dos policías, más el resto del pueblo que aún estaba
despierto, aprobaron por unanimidad, para sorpresa de Baldassare y de todos los
Lucernarios, construir todas las casas con lucernarios como forma de
agradecimiento a Dios. Baldassare no pudo menos que sentirse agradecido porque
eso significaba que por cada lucernario, los Lucernarios cobrarían su precio.
El pueblo aceptó pagar con gusto, era su forma muy particular de agradecer a
los Lucernarios esa nueva y maravillosa vida.
El tiempo pasa y la memoria es frágil. Los descendientes de
los Lucernarios estaban contentos viviendo en aquella ciudad que hicieron
propia, Mascali. Su pequeño pueblo sin nombre se convirtió un día en Condado y
tomó ese nombre, para muchos de ellos ridículo, pero con tal de tener
protección es igual cómo se llame, el Conde estaba contentos y ellos como los
más ricos del pueblo, también. Desde el siglo XVI hasta el siglo XX, los
antiguos habitantes de Misterbianco habían perdido sus tierras, pero se
quedaron con otras. Misterbianco existe todavía, porque unos salvajes se
aprovecharon de ls cuatro piedras que quedaron y se establecieron ahí, ellos se
burlaban secretamente, porque conocían la historia, porque pensaban que era
absolutamente descabellado seguir viviendo en el lugar en el que fue arrasado
el pueblo y salvado gracias a los lucernarios. Esa era una historia que no
todos conocían, sólo ellos, y la guardaban en secreto desde hacía más de tres
siglos. Los ahora masculinos eran gente muy reservada.
Un día del año 1928, el Etna comienza otra vez con sus eructos,
sus piedras, sus humos y sus cosas. Las casas de Mascali, las del casco antiguo
tienen como característica sus lucernarios, tapados con cúpulas de cristal, que
siempre miran al cielo como agradeciéndole a Dios la vida. Ese fatídico día las
cenizas ennegrecen los cristales de las hermosas cúpulas, los del pueblo se
asustan y se reúnen con los viejos, no saben si huir o quedarse. Los viejos del
consejo tranquilizan a la población, desde el consistorio se dirigen a la
multitud que espera las instrucciones. Ellos explican toda la historia, porque
era momento de explicarla y así fue atendida. Los miscalienses, antes misterblanqueses,
por primera vez conocen el porqué de los lucernarios. No había nada qué temer,
ellos eran un pueblo protegido por Dios y esta vez, como la otra vez, nada les
sucedería. Todos se fueron a casa a pesar de los estruendos y las cenizas del
lejano volcán. Y diga lo que se diga durmieron tranquilos.
Esa noche Mascali fue arrasada por los violentos ríos de
lava vomitados por el Etna. ¡Dios se apiade de los que usan su santo nombre en
vano! (Y de todos los idiotas que desafían a la lógica de la naturaleza), Amén.
Así es amén excelente relato
ResponderEliminarNi en Etna ni Vesubio, se puede creer, como en lágrimas de perro ni cojera de mujer jajajajaja buen cuento con ángulos reflexivos
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